Domingo 16.06.2019

El estado de la desconfianza

El editorial de Financial Times del 4 de febrero decía sobre España: “Sus instituciones, desde la Monarquía hasta el Poder Judicial, muestran signos de putrefacción”.

El editorial de Financial Times del 4 de febrero decía sobre España: “Sus instituciones, desde la Monarquía hasta el Poder Judicial, muestran signos de putrefacción”. La crisis económica se ha convertido en una tormenta poliédrica extendiendo los factores críticos al ámbito político y social con el perverso maridaje de la corrupción incrustada en intersticios sensibles de la actividad política y las élites económicas. Es una crisis sistémica, de índole estructural, que sitúa en estado comatoso al entramado político de la Transición. La ciudadanía que sufre un acelerado empobrecimiento, la falta de trabajo, la reducción de salarios, la constricción de derechos y libertades públicas, la imposibilidad de un proyecto de vida digno, percibe que instituciones y partidos políticos transitan de forma divergente a sus necesidades, demandas e intereses, conformando núcleos de poder cerrados. La política se ha convertido en un ejercicio de desconfianza. Es la estación término de un pacto político nacido del recelo como fue la Transición española.

Porque la Transición no ha sido otra cosa sino la historia de una desconfianza. Desconfianza con la que se consagraron los instrumentos de participación ciudadana, como los referendos o la iniciativa legislativa popular y que es un reflejo de este modelo de democracia de baja intensidad; que concentró en las cúpulas de los partidos los resortes sobre el acceso, ascenso y exclusión de la política, haciendo de las organizaciones entes cerrados al objeto de que se mantuvieran dentro del sistema; que impidió una verdadera ruptura con las élites económico-financieras del franquismo mediante un pacto que consolidara una democracia débil donde el poder del dinero prevaleciera sobre el político. Desconfianza que ha producido el paulatino descrédito de la actividad pública y partidaria y el alejamiento entre el sistema y los ciudadanos al igual que aquella inmensa suspicacia que llevó a Felipe II a simular ser un cadáver y encerrarse en la tumba del Escorial negando y negándose la percepción de la realidad.

La inmunodeficiencia ideológica que sembró la Transición en las organizaciones políticas a cambio de un pragmatismo que se compadeciera con el positivismo jurídico y los intereses de los estratos dominantes, teniendo en cuenta que el poder económico es el único capaz de actuar libremente bajo los autoritarismos, pero también de superponerse y condicionar la libertad política en los sistemas democráticos, ha colapsado un proceso del que no hay que olvidar que partió de la sombra de un Estado construido piedra sobre piedra durante cuarenta años de caudillaje y donde el agente de la reforma era el propio Estado, no la sociedad, aunque la voluntad estatal pudiera acabar formándose mediante el sufragio.

El burdo y halconero aprovechamiento de la crisis económica por la derecha y los poderes fácticos económicos para empobrecer a las mayorías sociales para concentrar la riqueza en las élites dominantes, laminar los instrumentos de autodefensa de los ciudadanos y demoler al Estado para que los bienes públicos pasen a manos privadas y el poder político quede sometido al económico, todo ello junto a una izquierda carente de metafísica, ha propiciado que los albañales del sistema muestren lo detritus que circulaban por ellos.

“La cuestión del siglo XX fue: totalitarismo o democracia. La cuestión de hoy es: democracia o corrupción”, escribe André Glucksmann. Y ningún daguerrotipo de la corrupción más plástico que el Estado fallido en el que los derechos cívicos, las libertades públicas, la igualdad son menos importantes que el balance de un banco. Como nos advierte Tzvetan Todorov, se trata de un sistema que “se caracteriza por una concepción de la economía como actividad completamente separada de la vida social, que debe escapar al control de la política.”

Los ciudadanos le han dado la espalda al sistema porque el sistema previamente le ha dado la espalda a los ciudadanos. Por ello, hoy los movimientos sociales de autodefensa son la principal fuerza de regeneración democrática. Este es un ámbito en el que debe reflexionar seriamente la izquierda de nuestro país.

El estado de la desconfianza