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jueves. 06.10.2022

Cuarenta y ocho años

Cuarenta y ocho años. Lo ha despeñado un ERE edad abajo. Y ahí está, en el hondón de la vida. Como yendo a ninguna parte. Como regresando de ninguna parte. Con la boca llena de besos. Con corazón suficiente entre las ingles. Con caricias crecidas cada noche. Pero aplastada la esperanza, pisoteados los sueños, con el futuro hueco porque ya no es futuro.

Cuarenta y ocho años. Lo ha despeñado un ERE edad abajo. Y ahí está, en el hondón de la vida. Como yendo a ninguna parte. Como regresando de ninguna parte. Con la boca llena de besos. Con corazón suficiente entre las ingles. Con caricias crecidas cada noche. Pero aplastada la esperanza, pisoteados los sueños, con el futuro hueco porque ya no es futuro.

España no es una país con seis millones de parados. Es un país detenido. Amputados los pies por eso que dicen déficit, prima de riesgo, crisis. Por esos navajazos que revientan la vida de muchas vidas, el vientre de existencias gris marengo, de andamios con tortilla española y piropo a un culo hermoso, de oficinas ahogadas en corbatas de rebajas, de funcionarios envidiados, de operarias mal pagadas porque la mujer tiene menos derechos, muchos menos, porque ser mujer al fin y al cabo es valer para decorar un despacho o sufrir en silencio como recomendaba Pilar Primo de Rivera o Ana Botella alcaldesa.

Dicen los gobiernos que andan preocupados –mentira- por el primer empleo. Obsesionados –mentira- en crear trabajo juvenil. Volcados –mentira- en iniciativas que pueblen de ilusiones las vivencias de los veinte años. Pero la juventud va por las calles de invierno arropados en el escepticismo, el fracaso que los reyes infames de sus gobernantes les dejaron en su ventana siempre abierta a la esperanza. Y se sienten desahuciados de la vida, lanzados de sus sueños, expropiados del futuro. No creen –no pueden creer- en una sociedad que los manda a Alemania a lavar copas de cerveza, a ser camareros sin idioma, a recoger cuatrocientos euros porque dice la Merkel -como aquí asegura Rossell- que más cornás da el hambre. Y dicen –mentira- que la juventud es una preocupación que quita el sueño. Mejor precariedad (qué anorexia de lenguaje) que vacío. Ni los gobiernos ni los empresarios admiten que la nada es una hidra con cabezas múltiples.

Cuarenta y ocho años. “Buscamos a alguien más joven” Recursos humanos, le llaman. Nos estamos poblando de palabras falsas. Ni recursos, ni humanos. Lo que buscan es alguien a quien darle de mamar a base de llanto porque no es su hora, que se conforme con una limosna, a quien se le curte con un horario sin descanso, a quien se le asusta en cada esquina con el despido, a quien se le inyecta el miedo porque hay kilómetros de aspirantes a la miseria de entrar a las ocho y salir a las ocho para que no les quede gana ni salario para una cerveza fresca con los amigos del barrio.

Cuarenta y ocho años. Ya le avisaremos. Deje su currículum aquí, donde están apilados tres mil más, tres mil esperanzas, con una voz en cada folio que dice no le avisaremos. Y lo cuarenta y ocho años se va, manos en el bolsillo, subidas las solapas del alma para ocultar el alma, con la pena rebosando, con el asco pegado a las tripas. Cuando vayan a avisarle a lo mejor lo encuentran abierto en dos bajo el Puente de Segovia, porque la desesperación se hincha como un globo y uno termina queriendo volar Giralda abajo. No será un suicidio. Será un empujón de los recursos humanos, del vuelva usted mañana, del ya lo llamaremos. Qué desgracia tener cuarenta y ocho años. Cómo aprieta ese ecuador de la vida. Tan joven. Tan viejo. Tan válido. Tan despojo. Tan vertical. Tan tronchado.

A nadie le preocupan los cuarenta y ocho años. Cuando muerde la hipoteca, cuando la adolescencia de unos hijos exige respuesta porque es pregunta, cuando el matrimonio se ama con la madurez de cada luna, cuando es promesa el mañana, cuando se va muriendo madre y hay que cuidar a padre harto de colesterol de posguerra. Cuarenta y ocho años despreciados por los gobiernos, ensartados por una crisis fabricada con todo lujo de detalles, despedidos después de veinte en una cadena de producción. Cuando acechan los bancos para quedarse con tres dormitorios-cocina-baño que ya te habían robado el día que firmaste ante el director amigo de siempre.

Buscamos a alguien más joven. Ya le avisaremos. Que tenga suerte. Deje ahí su currículum.

Mañana, a lo mejor mañana, nadie tiene cuarenta y ocho años.

Cuarenta y ocho años