domingo. 21.04.2024

Crítica política de la política

Ha expresado recientemente en los medios de comunicación el profesor Julián Casanova que “parte del periodismo se ha pasado a la crónica rosa, a las lisonjas que da el chismorreo...

Ha expresado recientemente en los medios de comunicación el profesor Julián Casanova que “parte del periodismo se ha pasado a la crónica rosa, a las lisonjas que da el chismorreo. Así, el pensamiento se convierte en algo inútil”. En mi opinión, el comportamiento de buena parte de la prensa y de los periodistas en donde nos encontramos programas de televisión que analizan los comportamientos políticos y las relaciones privadas de la política con un tono sensacionalista y amarillo, tiene que ver con la situación de la propia política que ha dejado de hablar de ideología.

Hace unas semanas, tuve la ocasión de leer un buen artículo de Soledad Gallego Díaz en EL PAÍS, Deshonestos discursos políticos, en el que reflexionaba sobre lo liviano del lenguaje y los contenidos de la política en la España actual. En verdad, la situación política de la política admite una crítica en toda regla. No hay un solo partido político que convoque a la esperanza o a la ilusión con un discurso claro de salida de la crisis. Pero lo que realmente espanta a los ciudadanos es que el mensaje político de los que están en el Gobierno sea siempre mirar hacia atrás, para legitimar políticas que no gustan a muchos sectores de la sociedad. Por tanto la crítica a la política es doble: por un lado, la forma y por otro, el contenido.

Queda claro en cualquier caso, que las palabras de la política hoy no convocan a transformar la sociedad, sino simplemente a describirla. Formalmente los discursos del FMI, del Gobierno de España, de la Comisión Europea, de Ángela Merkel, se limitan a glosar la realidad, sin aspirar a enunciar medidas que tiendan a producir cambios. Solo se aspira a decir que las previsiones auguran tal crecimiento o decrecimiento, pero no se dice absolutamente nada sobre cómo corregir las desigualdades que se generan, qué políticas se van a impulsar para acabar con el paro o cómo se va a conseguir que se produzca de nuevo el crecimiento económico. Se nos convoca simplemente a un esfuerzo titánico que no tiene una finalidad definida. Incluso en el caso del Presidente del Gobierno, las ruedas de prensa, las comparecencias fuera del Parlamento, son a través de pantalla de plasma, sin permitir a los periodistas siquiera preguntar. Los análisis no son mucho más comprometidos: tenemos que recortar el gasto público, las prestaciones sociales, para poder reducir nuestro déficit, pero nada se dice sobre cómo salvar a las Pymes. Formalmente los discursos carecen de fin y de medios, solo se trazan objetivos, planes, medidas que olvidan la situación concreta de la sociedad. Con todo, lo peor son los contenidos. El discurso vacío de contenidos provoca que la política pierda su valor de confrontación de ideas y de proyectos. Nada se habla sobre la función que se quiere dar al Estado en los próximos años, sobre cómo se pueden garantizar los servicios públicos o hacia qué modelo de sociedad caminamos con los problemas estructurales que tenemos: envejecimiento, el paro estructural, etc. 

Muy al contrario, las ideas son sustituidas por cotilleos que analizan las relaciones de los políticos, sus comportamientos y actitudes, sus sentimientos, se escrutan sus reacciones, sus movimientos. Y los políticos contribuyen a que proliferen estos análisis en vez de profundizar la democracia, las relaciones entre sociedad y política y reivindicar a los ciudadanos creando conexiones entre los partidos y los ciudadanos a través de las asociaciones en los barrios o promocionando diálogos y actividades donde pueda participar la sociedad en muchas actividades que organicen los partidos. Tenemos así una política que camina hacia la alienación de la sociedad a la que quiere representar que, además,  es convocada sistemáticamente a una realidad inmutable.

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