lunes. 22.07.2024

125 años luchando por la causa obrera

Hace unos días se clausuró en Madrid el 41º Congreso Confederal de UGT, coincidiendo con la conmemoración de su 125 aniversario...

Hace unos días se clausuró en Madrid el 41º Congreso Confederal de UGT, coincidiendo con la conmemoración de su 125 aniversario; es comprensible, por lo tanto, que el concepto de memoria histórica en torno a UGT presidiera los debates congresuales y formara parte de las resoluciones finalmente aprobadas, encaminadas a responder a los problemas derivados de la crisis, al desempleo y al aumento de la desigualdad y de la pobreza. La memoria histórica nos remite a la revolución industrial y al nacimiento de dos figuras claramente antagónicas: el capital y el trabajo. La acumulación del capital necesario para financiar el maquinismo conduce a una feroz explotación de los trabajadores, sobre todo en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX.

En este escenario, y al grito desesperado de “Organización o Muerte”, surgen las Sociedades de Socorros Mutuos y más tarde la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), en 1864. El enfrentamiento entre los seguidores de Bakunin y Marx condujo a la creación de una nueva Federación Madrileña de la AIT, en 1879, de inspiración marxista, que apuesta por la total emancipación de los trabajadores: es decir, por la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores libres, iguales, honrados e inteligentes, para lo que luchará por la toma del poder político por la clase trabajadora. Había nacido el futuro PSOE y, de la misma manera lo hace, en 1889, la II Internacional.

En ese contexto se constituye UGT, en Barcelona, en agosto de 1888, por iniciativa de seis sociedades del Centro Obrero de Mataró, en un congreso al que asistieron 44 sociedades con 5.154 asociados, con el propósito de oponer a la fuerza del Estado burgués “la fuerza organizada del proletariado”. A este año se le conoce como el año de los “tiros”, en recuerdo de la masacre de la Guardia Civil y de los soldados del regimiento de Pavía a los más de 12.000 trabajadores de la empresa Río Tinto Minera, en Huelva, que se manifestaban por mejorar sus lamentables condiciones de trabajo y, en concreto, contra los humos tóxicos de las “teleras”, al grito de: ¡Abajo los humos, viva la agricultura!

Según la versión oficial, la masacre produjo 14 muertos y decenas de heridos, a pesar de que la prensa elevó la cifra a 48 muertos y más de 100 heridos y distintos historiadores calcularon que fueron cientos los trabajadores anónimos enterrados en las escorias próximas a la población.

En estas circunstancias, no resulta exagerado el contenido del informe del médico y militante socialista Jaime Vera a la Comisión de Reformas Sociales, denunciando con contundencia la lamentable situación social de la España de finales del siglo XIX, que afectaba, particularmente, a mujeres y niños con jornadas de trabajo interminables.

El congreso constituyente aprueba los Estatutos que se resumían en seis títulos y 32 artículos. En su artículo primero apuesta por la mejora de las condiciones de trabajo y por mantener estrechas relaciones con las organizaciones obreras de los demás países que persigan el mismo fin y practicar con ellas, siempre que sea posible, el principio de la solidaridad internacional.

Por su parte, en el 2º artículo, UGT se propone realizar su objetivo apelando a la huelga bien organizada y recabando de los poderes públicos cuantas leyes favorezcan los intereses del trabajo, tales como la jornada legal de ocho horas, la fijación de un salario mínimo, igualdad de salario para los obreros de uno y otro sexo, etc, etc.

El congreso elige, además, un comité nacional compuesto de siete miembros (tres socialistas) presidido por Antonio García Quejido, que lo seguirá siendo hasta el III congreso en 1892. Es de destacar que Pablo Iglesias no sería elegido presidente hasta el VI congreso en 1899; cargo que ocuparía -junto a la presidencia del PSOE- hasta su muerte en 1925.

De los comienzos de UGT hay que recordar cuatro hechos relevantes, de acuerdo con nuestro siempre recordado y añorado Gómez Llorente: el primero se refiere a la actitud desplegada en las “Casas del Pueblo” para divulgar las ideas socialistas, hacer proselitismo y formar a la clase obrera (en buena medida analfabeta); sobre todo a los jóvenes a los que se quería separar de las plazas de toros, de las iglesias, de las juergas y de los abusos alcohólicos.

En las Casas del Pueblo se fomentaba el entusiasmo por la organización obrera, la militancia, la austeridad, la ética, la honradez y la solidaridad internacional. El mejor ejemplo de ello se reflejaba en la elección de los tesoreros: se elegían para ese cometido a los militantes más honrados; sin embargo, se les vigilaba férreamente como si fueran auténticos ladrones. A este comportamiento se llamaba el “Pablismo” en reconocimiento de lo que representaba Pablo Iglesias dentro de las organizaciones socialistas.

En aquel entonces se aspiraba a formar un hombre nuevo, distinto, cuando no opuesto al que se suponía había contribuido a crear la sociedad burguesa y la moral católica. El llamado obrero “consciente” que, posteriormente, se transformaba en el militante “organizado”; en este caso, primero se afiliaba al sindicato y, posteriormente, los más preparados al partido (PSOE), bajo el principio de que la emancipación de los trabajadores debería de ser realizada por ellos mismos.

El segundo hecho se refiere al antimilitarismo y por lo tanto a su radical oposición a la guerra, que conectaba fácilmente con lo jóvenes, y cuyos lemas eran “no a la guerra” y “todos o ninguno”, que hizo que Pablo Iglesias denunciara que “los esclavos de aquí luchan contra los esclavos de allí” a propósito de la guerra de Cuba y posteriormente de Marruecos.

El tercer hecho se refiere a las celebraciones del 1º de Mayo, que resultaban emblemáticas en aquella época (se celebra por 1º vez en España en el año 1890). El 1º de Mayo causaba horror a la burguesía, no tanto por el número de los participantes, sino porque aquellas banderas rojas, aquellos líderes obreros, aquellas masas, rompían el retablo, la organización del Estado, los moldes, la forma de estar en el escenario político. En definitiva, el 1º de Mayo representaba la movilización de una clase social contra la burguesía (lucha de clases), que se concretaba en el eslogan: “es necesaria otra política”.

Y, finalmente, tenemos que recordar las manifestaciones, motines y huelgas en contra de la carestía de la vida y particularmente de la subida del precio del pan -que se agudizan en torno a la 1º Guerra Mundial- y que contó con una gran participación de mujeres, lo que justificó el dicho de que “España no entró en la guerra pero la guerra entró en España”.

En todo caso, desde su constitución, la historia de UGT se confunde con la historia del movimiento obrero en España como lo demuestran infinidad de hechos relevantes.

La huelga general del 17 contra el despotismo en el poder, que acabó con el comité de huelga en la cárcel y juzgado por un tribunal militar, que lo condenó a cadena perpetua. Entre ellos se encontraba Largo Caballero que, posteriormente, fue elegido como secretario general de UGT, en 1918, cargo que ocuparía durante 20 años. Caballero era el discípulo más destacado de Pablo Iglesias: autodidacta, con grandes dotes de organización y del que Rodolfo Llopis dijo, después de su muerte, que “el proletariado español ha perdido al hombre más representativo de su clase”. Lugar destacado ocupaba el internacionalismo obrero, participando la UGT en la constitución de la OIT y de la Federación Sindical Internacional, en el año 1919; así como la pragmática actitud reformista de UGT, con Largo Caballero a la cabeza, participando en el Consejo de Estado de la dictadura de Primo de Rivera, a pesar de la carencia de libertades y de la oposición personal de Indalecio Prieto.

El protagonismo de UGT resultó evidente en la proclamación de la II República (un proyecto que generó una desbordante ilusión) y en la modernización del país a través de los logros conseguidos en la enseñanza, en la cultura, en las infraestructuras públicas y, sobre todo, en la promulgación de la legislación social más avanzada de la época, en los años que fue Largo Caballero ministro de trabajo, además de secretario general de UGT.

En esta etapa también destaca la radical actitud de las clases obreras en defensa de la democracia y, particularmente, de la obra social de la República; pero, sobre todo, en contra del avance del fascismo internacional, de los intentos de restaurar la monarquía y de imponer la dictadura, convocando la huelga general de octubre del 34, que fue desencadenada por la entrada de tres ministros de la CEDA -el partido de Gil Robles- en el Gobierno. Una huelga plenamente justificada pero, sin embargo, muy mal organizada, convocada además en un momento poco oportuno y donde no funcionaron las Alianzas Sindicales (UGT y CNT), salvo en Asturias, que es precisamente donde tuvo un cierto éxito la huelga. 

La brutal represión del ejército causó más de 1.000 muertos, un sin número de condenas a muerte y más de 30.000 encarcelados, entre ellos Largo caballero.

Por último, es relevante el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 apoyado decididamente por UGT; la oposición frontal al levantamiento militar; la presidencia del Gobierno de Largo Caballero, además de ministro de la guerra, desde el 4 de septiembre de 1936 al 19 de mayo de 1937; y el combate decidido contra la dictadura, la represión, la cárcel y el exilio, que golpeó y desarticuló a las organizaciones obreras. Y, en este durísimo escenario, la supervivencia del movimiento obrero organizado (al que se suman CCOO y USO, el movimiento universitario y ciudadano, así como los movimientos obreros católicos en torno a la HOAC y la JOC) durante 40 años de brutal dictadura -que culmina con la muerte de Franco-, lo que significó el comienzo de la transición política y sindical a la libertad y la democracia, donde participa de una manera muy decisiva la clase obrera, cosa que todavía no se ha reconocido suficientemente, lo que acuñó el dicho de que los sindicatos fueron “los parientes pobres de la Transición”.

Sin embargo, para UGT, la Transición comienza en el 30º Congreso -un congreso memorable que se recuerda todavía con entusiasmo- que se celebró, en 1976, en el restaurante Biarritz de Madrid, bajo el eslogan “A la unidad sindical por la libertad”, 40 años después del levantamiento militar franquista.

El 30º Congreso certificó la ruptura con el sindicato vertical franquista, cuando en España la Transición política se llevaría a cabo más tarde a través de reformas políticas consensuadas. Defendió la estrecha relación histórica de UGT y PSOE (familia socialista), rechazando en este sentido la incompatibilidad de cargos; ratificó el rechazo al “entrismo” en el sindicato vertical, que practicaban USO y CCOO; apostó por impulsar el reconocimiento de las secciones sindicales en las empresas; y, finalmente, por el establecimiento de la pluralidad sindical en nuestro país en un marco de libertades.

En definitiva, el 30º Congreso significó tres cosas: la negación de cualquier continuismo, más o menos edulcorado del sindicato vertical; la irrupción de la libertad sindical; y la afirmación del pluralismo sindical realmente existente en España. Dicho de otra manera: que cualquier proceso de unidad sindical tenía que partir necesariamente del restablecimiento de la libertad sindical en nuestro país.

Sin lugar a dudas, el protagonismo de UGT resultó decisivo en la Transición hacia la democracia. Las únicas referencias que marcaron la política sindical desarrollada por UGT eran los trabajadores y, en consecuencia, la centralidad del trabajo en una sociedad democrática; también el movimiento sindical europeo y, por lo tanto, la solidaridad internacional; las ideas socialdemócratas (políticas redistributivas), que se seguían con el mayor rigor posible; y, desde luego, la memoria histórica que diferenciaba (en positivo) a UGT de CCOO y de otros sindicatos.

Precisamente, en defensa de los trabajadores, UGT se siente incomprendida al no ser correspondido -por el Gobierno socialista- su esfuerzo y el sacrificio de los trabajadores, en una etapa dedicada a modernizar las estructuras económicas y sociales.

Debemos recordar que UGT aceptó en los primeros años de la década de los 80, con lealtad, un duro ajuste industrial y de salarios justificado por la situación crítica de la economía española, esperando recuperar más tarde una parte de los beneficios que se generarían por un mayor crecimiento de la economía. 

Sin embargo, eso no ocurrió y, además, se comprobó que en el Gobierno predominaba una política sociolaboral que mantenía una permanente demanda de contención salarial y planteaba duras propuestas que chocaban con las demandas sindicales: la reforma de la seguridad social, en el año 1985, y el referéndum de la OTAN, en 1986, son dos motivos de grave confrontación.

Además de las medidas impopulares, lo que preocupaba a los responsables de UGT era el tono con que eran tratados los sindicatos en las altas esferas del Gobierno: la visión creciente de los sindicatos como organizaciones opuestas al progreso social; como grupos de presión a los que había que limitar su capacidad de acción.

Todo ello unido a un discurso sobre el fin de la clase trabajadora en un mundo post- industrial, defendiendo que las clases medias profesionales abandonaran la alianza con la clase obrera. Ésta pasó de ser considerada vanguardia de la transformación social a un grupo social en declive, conservador y retardatario.

Como consecuencia de ello, UGT encabezó la contestación obrera, junto a CCOO y otros sindicatos, cuyo máximo exponente fue la huelga general del 14 de diciembre de 1988 -que constituye la huelga de mayor seguimiento en la historia de nuestro país-, donde se reivindicó el reparto de una parte de los beneficios que se estaban generando por un mayor crecimiento de la economía, en compensación de la deuda social contraída con los trabajadores desde años atrás. El enfrentamiento tuvo su continuidad en las huelgas del 92 y 94 y respondió, por lo tanto, a las profundas diferencias en políticas económicas y sociales -entre UGT y el Gobierno- y no a las diferencias personales entre Nicolás Redondo y Felipe González, como se ha publicado de manera absurda y simplista.

Todo ello se llevó a cabo desde la autonomía del sindicato y defendiendo en todo momento la unidad de acción con CCOO y, cuando fue posible, con otros sindicatos. De manera natural y en unas circunstancias que facilitaron superar la confrontación con CCOO y reafirmar la autonomía de UGT en relación con el PSOE (declarado “interclasista”) y con el Gobierno ante su deriva neoliberal.

La consecuencia más negativa de todo ello fue el enfrentamiento del sindicato con el Gobierno socialista -y con su política económica en concreto-, en coherencia con la defensa de los trabajadores más débiles. La parte positiva del enfrentamiento fue que el sindicato se hizo mayor de edad; rearmó a sus cuadros en la defensa de unas siglas centenarias; y reafirmó la autonomía de UGT y el carácter constitucional de los sindicatos en defensa de los trabajadores en una sociedad democrática. El sindicato hizo músculo y ello le hizo más fuerte y seguro de sí mismo. 

En todo caso, los avances fueron extraordinarios: la consolidación de la libertad y de la democracia, el saneamiento de las estructuras económicas (reconversión industrial), la integración en la Unión Europea, la lucha contra la inflación, el considerable avance en políticas sociales, la universalización de la educación y la sanidad y, finalmente, la consolidación de un marco de relaciones laborales y, en particular, de la negociación colectiva.

Desde 1994 hasta nuestros días, los sindicatos han conseguido notables avances y sufrido algún retroceso. En todo caso, en la actualidad, tienen nuevos retos y deben asumir nuevos compromisos en la lucha contra el incremento exagerado del desempleo; el aumento de la desigualdad y pobreza; la privatización de los servicios básicos; la presencia creciente del capitalismo financiero en las empresas; el cambio climático; el fenómeno de las migraciones; el déficit en protección social; la pérdida de los salarios en la renta nacional; el desarme fiscal; la baja participación de los jóvenes en los sindicatos; o, si se quiere, el fenómeno de la globalización -el nuevo orden mundial, el pensamiento único-, que se ha convertido en una pesadilla para todos, salvo para unos pocos. 

Efectivamente, los años finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI aparecen como testigos del fracaso del capitalismo realmente existente, que es precisamente el que gobierna y domina el fenómeno de la globalización.

En este escenario, muchos partidos de izquierda han desmoralizado a sus miembros al no haberlos defendido contra las políticas de sus enemigos o, lo que es peor, haberlas adoptado como propias (Tercera Vía); se han quedado sin impulso, sin ideas. A veces parece como si se hubieran quedado sin futuro aparente, como se puede comprobar en los partidos de la Internacional Socialista y del Partido Socialista Europeo.

A esta situación hay que añadir las exigencias de una competitividad sin límites, no suficientemente regulada, que se traduce en el deterioro de las condiciones de trabajo; la precariedad en la contratación; la pérdida del poder adquisitivo de los salarios; la deslocalización de actividades; y en un lamentable aumento de los riesgos laborales. Además, todo ello se lleva a cabo a sabiendas de que esta competitividad sin límites es una carrera que no se gana. No hay una llegada en la carrera hacia el abismo, porque no se puede competir con el trabajo de esclavos.

Una economía en la que las grandes empresas basan su actividad en la generación de valor bursátil en un entorno de libertad absoluta de movimientos de capitales y en el que los paraísos fiscales no son combatidos ni siquiera en situaciones extremas.

A todo ello ha contribuido -de acuerdo con Tony Judt- la obsesión por la riqueza, el culto a la privatización de los servicios públicos y la elevación del sector privado a nuestra iconografía, así como a las crecientes desigualdades entre ricos y pobres. Y, sobre todo, a la acrítica admiración hacia la desregulación de los mercados, el desdén por el sector público y la quimera de un crecimiento sin límites.

La expresión “más mercado menos Estado; más empresa menos sindicato” resume de forma lapidaria la orientación de la actual política económica neoliberal y el fundamentalismo del mercado que ha resultado nefasto; porque, como bien manifestó en su día Alejandro Dumas, “el dinero es un buen siervo pero un mal amo”.

Será difícil que semejante programa pueda ser impuesto en toda su magnitud en las democracias industriales sin abolir la democracia, pero ésta no puede darse por sentada, ni siquiera en sus bastiones más tradicionales de la Unión Europea, como se está demostrando en la actual situación de crisis económica, particularmente en España, donde se están incumpliendo por el actual Gobierno todos los compromisos contraídos con los electores en su programa electoral. 

La respuesta sindical a esta agresión no puede ser otra que la organización global reafirmando la centralidad del trabajo en el mundo en que vivimos, porque no estamos ante el fin de la sociedad del trabajo como manifestó en su día el sociólogo Juan José Castillo; “ni siquiera ante una cesión del papel del valor trabajo: trabajo fluido, disperso, invisible, intensificado, desregularizado, pero trabajo al fin”.

Razones poderosas para manifestar que -125 años después- los principios que inspiraron la constitución de UGT tienen plena actualidad. Sobre todo siguen vigentes en medio de la profunda crisis política, económica y social que estamos sufriendo. No es la primera vez, ni será la última, que el sindicato y los trabajadores tengan problemas. 

Por eso, se debe seguir apostando por un sindicalismo en permanente contacto con la realidad social: más democrático, más participativo, más abierto, más de combate y, por lo tanto, más creíble y capaz de ilusionar, sobre todo a los más jóvenes. Un sindicalismo con capacidad de asimilar los cambios sociológicos que se expresan a través de las redes sociales a la velocidad de la luz; un sindicalismo capaz de conectar con los movimientos sociales emergentes y de llegar a acuerdos con ellos en defensa de los más desfavorecidos.

No podemos perder de vista que nada será posible si los sindicatos no inspiran respeto y mejoran sustancialmente su correlación de fuerzas, única manera de acrecentar su capacidad de negociación y de movilización social. Y eso requiere cuatro cosas, sobre todas las demás: aumentar la afiliación, aumentar la representatividad, fortalecer la autonomía del sindicato y potenciar el desarrollo de la acción sindical a través de la negociación colectiva a todos los niveles. No debemos olvidar que los gobiernos y los empresarios nunca regalan nada. Prueba de ello es que el movimiento sindical está sufriendo una campaña antisindical sin precedentes conocidos en democracia.

Por eso, una sobreactuación sindical de carácter burocrático, institucional y administrativa, o, si se prefiere, una acción sindical acomodaticia, encaminada simplemente a limitar daños y a conseguir logros a corto plazo, está condenada al fracaso. Sobre estos hechos se ha discutido en el 41º Congreso y, desde luego, serán motivo de nuevas discusiones en los próximos meses. En todo caso, recordar la historia es el mejor homenaje que podemos hacer a nuestros fundadores, a nuestros mayores y a los miles y miles de héroes anónimos que han luchado desinteresadamente desde hace más de cien años por la causa obrera. A todos ellos, nuestro más sincero y profundo agradecimiento.

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