sábado. 20.04.2024

“Callaos”, como muertos

Se echa de menos la voz de los empresarios. Sería de agradecer saber si sus desvelos, convicciones y determinaciones, también están en crisis, y no sólo sus recursos económicos. Se sentirían arropados los empleados si supieran, de primera mano, a qué se dedican sus empleadores en lo que se refiere a sacar al país del atolladero en el que se encuentra.

Se echa de menos la voz de los empresarios. Sería de agradecer saber si sus desvelos, convicciones y determinaciones, también están en crisis, y no sólo sus recursos económicos. Se sentirían arropados los empleados si supieran, de primera mano, a qué se dedican sus empleadores en lo que se refiere a sacar al país del atolladero en el que se encuentra. Las empleadas no lo estarían tanto, porque al no pertenecer al mismo colectivo de empleados, podrían “disfrutar” de sentimientos diferentes. Las trabajadoras constituyen otra clase diferente, agraviada sempiternamente, sin que tengan conciencia de haber hecho nada indebido, pero castigadas sin culpa. Las primeras afectadas por la crisis, y las últimas beneficiadas en la nómina, tanto antes, como ahora.

El pasado día 22 de febrero nos recordaron una de las reivindicaciones más importantes de la igualdad entre mujeres y hombres que es la equiparación salarial. Precisamente, ese día es el Día Internacional de la igualdad Salarial. El último informe confederal de UGT nos arroja la cifra de que las mujeres tienen que trabajar anualmente, por término medio, 82 días más que los hombres, para lograr la igualdad salarial; es decir, perciben un salario 22.55 % inferior. Se agrava la cuestión por el hecho de que no incide en ello el nivel de formación de las trabajadoras o la distribución en los diferentes sectores. Incluso en aquellos en los que su presencia es mayoritaria, como comercio u hostelería, las diferencias salariales aumentan hasta alcanzar la cifras de 28.69% y 24.08% de las correspondientes a los hombres. Es decir, que en los sectores en los que su participación es mayor, la diferencia salarial es todavía mayor y es preciso trabajar todavía más días para igualar al salario por un trabajo equivalente de los hombres: 105 días más de trabajo en el sector comercio y en hostelería 88 días más.

Las triquiñuelas en las que se pretende justificar este desatino son la concentración en puestos de menor remuneración, menor dedicación y un largo etcétera, pero ocultan, en casi todos los casos, la menor valoración del trabajo que realizan las mujeres. Los mecanismos que soportan las diferencias salariales, desvelan aquélla apreciación, ya que se atribuye a las componentes variables de la retribución o las negociaciones que tienen lugar a nivel individual, al margen de convenios colectivos. Evidentemente, las consecuencias de un menor salario, no solamente son las menores percepciones dinerarias hoy, sino las implicaciones futuras de una menor cotización a la S.S., al estilo de los viejos regímenes en que las trabajadoras de las conserveras, por ejemplo, descubrieron en la década de los ochenta que no habían cotizado por ellas, como por tantos otros trabajadores, y fue necesario inventar las pensiones no contributivas para saldar el daño social infringido a tanta gente, durante tanto tiempo, por pago indebido, o, en otros casos, por ausencia total de contribución por ellos. La Reforma laboral y las repercusiones sobre la negociación colectiva, dejan desamparadas a lAs trabajadoras y quedan abandonadas a su suerte en una negociación individual, desigual y perjudicial para sus propios intereses.

La pregunta, que nos suscita todo esto, es relativa al papel de los empresarios en la Sociedad. No el que dicen tener. Ni siquiera el que imaginan que cumplen. Solamente el que conocemos, por lo que hacen y dicen, pero, especialmente, por lo que desvelan sus actuaciones. Cuesta conciliar en un sistema capitalista el afán por el beneficio, con la correcta y ponderada valoración de los elementos del sistema productivo y el endoso de sus correspondientes compensaciones. Optimizar recursos no puede amparar la explotación de personas, por incapacidad o falta de eficiencia de otros componentes de la producción. Una falta de tecnología nunca debiera compensarse con una disminución de salario para poder competir en precio y calidad, con el que ha resuelto de otra forma más inteligente y ha logrado disminuir el coste, con tecnología, organización, nuevos procedimientos derivados de investigación, o nuevos productos intermedios logrados con una combinación de estos factores. Pero si aquello resulta execrable per se, mucho más lo es cuando se trata de la arbitrariedad de pagar por trabajo, en función del sexo. Es una forma descarnada y descarada de discriminar gratuitamente, solamente por cuadrar contablemente ingresos posibles y gastos, o cuando está en el objetivo obtener beneficio desmedido para uno, empresario, a costa de la discriminación arbitraria de muchas personas trabajadoras. Hasta el Corte Inglés ha infringido su Plan de Igualdad, según ha dictaminado la Audiencia Nacional este año. De las diferencias salariales entre hombres y mujeres, no ha justificado convenientemente sus razones. Ha resultado condenado el Corte Inglés. Ni que decir tiene que son cientos de miles los casos en que tal cosa ocurre a nivel individual.

Los empresarios no suelen contestar a casi nada, menos si se trata de protagonismo de malas o condenables actuaciones. El problema como Sociedad lo tenemos en que siendo necesarios, no nos gusta la cultura que han desarrollado, en gran cantidad de casos, en que en honor de la eficacia y la eficiencia, optimizan el rendimiento dinerario a costa de aspectos fundamentales y derechos que afectan a las personas directamente. Discriminar por el sexo, es sectario, además de injusto y antisocial. ¿En qué escuela aprenden estas formas nuestros empresarios? Que conste que consintiendo en estas actuaciones, sus organizaciones, se hacen cómplices de un atentado a la dignidad de las personas, también colectivamente. Los decentes, que tiene que haberlos, deberían dar un paso al frente. También los estamos esperando desde que comenzó la crisis, ¿qué esperan ellos para hacer algo? En todo caso, si depuran sus miserias y lodos, bienvenidos serán. Alguna vez tendrían que comenzar. Después, podrían dejar de estar “callaos” como muertos, porque seguro que saben hablar, ¡al menos!.

“Callaos”, como muertos