domingo 31.05.2020

La frustración olímpica: cuando la caspa ideológica impide el crecimiento

La concesión de los JJOO de 2020 era una oportunidad, una extraordinaria excusa, para sortear las argollas de los ajustes presupuestarios impuestos por la Troika...

@imuroben | Decía en un artículo publicado en El Diario.es del pasado viernes, el día antes de la gran decepción, que la concesión de los JJOO de 2020 era una oportunidad, una extraordinaria excusa, para sortear las argollas de los ajustes presupuestarios impuestos por la Troika. Una oportunidad, por tanto, para relajar las políticas contractivas y complementarlas con medidas que facilitaran el crecimiento. Y es que es obvio reconocer que como programa de estímulo keynesiano, la organización de unos JJOO no tiene precio. Las ciudades (y los países) que lo han conseguido, Tokio ahora, siempre se han aprovechado del tirón económico producido por la intensidad de las inversiones durante los seis años previos a su celebración: Beijin generó alrededor de 600.000 empleos, Londres alrededor de 200.000.

No negaba que los grandes acontecimientos, como la celebración de JJOO o la puja por ser sede de Exposiciones internacionales, suelen ser ejemplo de modelos de crecimiento especulativos e insostenibles, con inversiones desorbitadas que superan, con mucho, los presupuestos iniciales y que terminan generando profundos desequilibrios financieros. No negaba la conexión de los fastos del 92 con la profundidad de la crisis del 93, fuente de endeudamiento y corrupción. Pero, destacaba la experiencia de Barcelona por su capacidad para desarrollar un conjunto de políticas públicas con voluntad transformadora y democratizadora de un país. Esos balances exigen una perspectiva amplia. Y transcurridos 20 años desde aquella fecha nadie puede negar que cambiaron enteramente la faz de Barcelona como ciudad moderna, algo que desde entonces, ha capitalizado con creces. 

La política es la guía que permite construir voluntades de cambio, no es solo el arte de lo posible. Saber optar por el camino más favorable al progreso en cada caso concreto es esencial. Aprovechar el recurso excepcional que suponían unos JJOO no era una elección libre entre otras equivalentes y posibles. El dogal que la hegemonía del ajuste impuesto desde las cúpulas europeas lleva aplicando en los últimos años, la cerrazón con la que el catecismo alemán se impone, nos cierra otras salidas. Seguimos reclamando un esfuerzo extraordinario que nos acerque al modelo tecnológico coreano, en el que el impulso público es determinante para el desarrollo de la innovación más puntera, pero, al parecer, ese camino sigue siendo imposible en esta Europa que se deja arrebatar la hegemonía tecnológica por EEUU y Asia. Sabíamos que los 6.000 millones comprometidos para los JJOO hubieran sido empeñados, con muchos mejores resultados, en la investigación que representa el CSIC, en programas de impulso a la educación avanzada o en los desarrollos punteros desarrollados por la sanidad pública. Pero no hay caso: la confluencia entre una Europa miope y un gobierno cerril parecen dispuestos a cegarnos de momento todas las opciones. 

Desgraciadamente, el boato y la propaganda de la España casposa había hecho abrigar esperanzas de que, al menos, podríamos contar con un estímulo tradicional como el que representan los JJOO. El hecho de que buena parte de las instalaciones estuvieran realizadas permitía pensar en destinar algunos recursos a aspectos tecnológicos, deportivos y de gestión que son parte de los programas necesarios para la modernización de España. Pero no ha sido posible. Con este Gobierno, constructor de vídeos de promoción de la España más cañí, con una alcaldesa robotizada en los gestos e incapaz de articular pensamientos coherentes, representante genuina de una derecha vieja sin un proyecto para España más allá que el seguidismo al pensamiento dominante, el que representa la devaluación salarial y el debilitamiento de lo público, no es posible el más mínimo reconocimiento internacional. Al gobierno le es suficiente con conseguir en dos años unas pocas palabras amables y un apretón de manos de Obama en un pasillo.

Si el desarrollo de unos JJOO gestionados con transparencia, generosidad democrática y eficiencia hubiera requerido cambiar los gobiernos del consistorio, la comunidad y el de la nación, el fracaso de esa opción no hace más que acelerar la imprescindible necesidad de ese cambio. Si la estrategia de éxito que habían montado se ha demostrado que no pasaba de ser mera propaganda basada en el desprecio a los otros candidatos, con falsas filtraciones de los votos que ya tenían garantizados, con encuestas mentirosas que afirmaban un apoyo del 91% en toda España, el camino que nos espera después de quedar excluidos a la primera, será más de lo mismo. Más mentiras y más deterioro democrático quiero decir: encontrar estadísticas que digan que no hay crisis, aunque todo siga igual; negar una y otra vez los próximos recortes; presionar a todos los grupos mediáticos, para eliminar o descafeinar los programas de debate en el que hubiera representantes críticos; privar a los jueces más valientes y honestos de los casos de corrupción más señalados.. son los objetivos inmediatos del Gobierno.

No es que con un gobierno así se nos incapacite para una salida de la crisis que aporte las mínimas señas de un desarrollo equilibrado, es que la grisura de este poder nos niega oportunidades para engancharnos al crecimiento más ramplón. La construcción de una alternativa se impone. El balón está de nuestro lado.

Economistas Frente a la Crisis

La frustración olímpica: cuando la caspa ideológica impide el crecimiento