jueves 21/1/21

Volkswagen ha muerto, viva Volkswagen

Hay quienes opinan que Obama perdió una oportunidad de oro con su intervención pública en la maltrecha industria automovilística estadounidense.

Hay quienes opinan (me encuentro entre ellos) que la Administración Obama perdió una oportunidad de oro con su intervención pública en la maltrecha industria automovilística estadounidense, para dar un salto cualitativo hacia la necesaria descarbonización del transporte por la vía de su electrificación. Pero tampoco hay por qué despreciar la posibilidad de que, habiendo valorado tal alternativa, se hubiese preferido optar por la menos arriesgada en el corto plazo de preservar el empleo y el entramado económico petrolero que sustenta una nada despreciable cuota de su PIB. El precio de esta medida de rescate, de perfil marcadamente conservador, será que Estados Unidos seguirá perdiendo protagonismo mundial en el mercado del motor, a poco que otros apuesten por la innovación tecnológica y unas ciertas dosis de anticipación; bien es cierto que el gigante norteamericano cuenta con recursos suficientes para reconducir sus estrategias económicas e industriales sobre la marcha en función de la dirección del viento.

No está siendo una coyuntura de orden económico la que está golpeando muy duro a uno de los gigantes europeos del motor en estos momentos. Volkswagen, en un intento de aparentar más de lo que era, ha convertido su propia estrategia tecnológica y comercial en su mayor problema, hasta el punto de ver amenazada seriamente su estabilidad, sin posibilidad de anticipar hoy durante cuánto tiempo y con qué intensidad. Su diagnóstico era correcto; se trataba de ganar el espacio de la sostenibilidad, anticipándose en lo posible a medidas políticas de orden mundial que han de dar respuesta al reto del cambio climático. Si, su diagnóstico era correcto, pero el tratamiento no podría haber sido más equivocado, pues ni siquiera llega a la categoría de placebo; simplemente se trataba de engañar al paciente cambiándole los resultados de sus análisis para ocultarle la realidad de que su enfermedad seguía agravándose.

Pero, a diferencia de lo que hacen los gobiernos y las instituciones públicas europeas, que siguen el guion Obama para evitar una posible catástrofe industrial de ignorado alcance, y buscan gateras legales para garantizar la salida de una inquieta industria del automóvil que no acierta a encontrar justificación para un fraude injustificable, el gigante de la uve doble ya está explorando recetas para reinventarse.

La estafa ha sido ambiental sin ningún género de dudas, aunque el foco de la atención mediática se centre en el engaño a las administraciones y a los consumidores, e incluso en la cuantificación del fraude económico derivado de la mentira corporativa. Volkswagen lo sabe, y por eso va a intentar dirigir todos sus esfuerzos a recuperar la credibilidad en ese terreno. El anuncio de que suspenderán todas las inversiones previstas con anterioridad que no tengan una justificación casi de supervivencia, y que reprogramará el grueso de su apuesta hacia el impulso de la I+D+i con una referencia nada casual a los motores eléctricos, indica con claridad que la apuesta alemana pasa por dar el salto definitivo hacia el vehículo libre de emisiones. Esto no va ya de reducir en unos gramos la agresión atmosférica de los tubos de escape (entre otras razones porque la sospecha ya no se irá), sino de eliminar los malos humos.

Y entretanto en España nuestro Gobierno pretende aparentar que se mueve, y lo hace, eso sí como pollo sin cabeza que no sabe a dónde va. La consigna es no perder ni un euro de los presupuestados para seguir haciendo lo mismo. El problema es que lo mismo tiene los días contados, y no va a haber recursos suficientes para invertir en lo viejo y en lo nuevo a un tiempo.

Volkswagen ha muerto, viva Volkswagen