jueves 21/1/21

¡Hagamos algo!

El día después ya ha llegado. Madrid, al igual que antes tuvieron que hacer otras ciudades, ha tenido que poner en marcha medidas de contención de emisiones.

El día después ya ha llegado. Madrid, al igual que antes tuvieron que hacer otras ciudades, ha tenido que poner en marcha medidas de contención de emisiones ante la seria amenaza sanitaria que se cierne sobre millones de personas, y tras las restricciones llegarán las prohibiciones. Pero  todo tiene un límite. Cuando la atmósfera sea literalmente irrespirable, cuando las mascarillas pierdan su utilidad, ¿habrá suficientes escafandras y botellas de oxígeno para equipar a toda la población? Porque evidentemente no parece muy operativo limitar la frecuencia de inspiración de aire, o directamente prohibir que se respire hasta que vuelva a llover.

Hemos estado instalados algo así como tres décadas en un interesante debate de sofá respecto a si son galgos o son podencos; sobre si la aceleración del cambio climático era una exageración  científica, directamente una mentira de “los abanderados del apocalipsis climático”, o “un problema que quizá, o quizá no, tengan nuestros tataranietos” (Aznar dixit). Pues bien, al paso que vamos la duda que algunos tendrán que plantearse no será respecto a si llegará, o cuándo llegará el cambio climático, sino si será viable para entonces un Planeta en el que puedan sobrevivir sus tataranietos.

Hemos entrado en una nueva era climática mucho antes de lo que debería haberse producido el cambio, y lo estamos haciendo a unos ritmos muy por encima de los que los ciclos naturales del Planeta son capaces de atemperar, y sin embargo la respuesta política a un reto que se agranda a velocidad de reactor, no alcanza ni siquiera la cadencia de una carreta de bueyes. La política ha fracasado estrepitosamente en su principal encomienda, la de saber anticiparse a los problemas para evitar sus consecuencias, pero es que ahora deambula como un zombi en la gestión de su fracaso inicial, porque también en la tarea de mitigar los efectos dista mucho de estar siendo diligente.

La política y la economía, si es que estamos ante realidades diferentes en el mundo capitalista, han sido quienes nos han traído hasta aquí, pero no serán las únicas responsables de lo que pueda acontecer a partir de ahora. A poco que sondeen en estas fechas a la opinión pública madrileña, podrán constatar que la principal preocupación ciudadana frente a las medidas restrictivas aplicadas por el Ayuntamiento de la capital para rebajar los índices de polución atmosférica, tiene mucho que ver con la incomodidad que supone el ver limitadas las opciones de movilidad, y ello muy por encima de la inquietud que habría de provocar el grave riesgo que implica para su salud  la concentración de determinados gases nocivos en el aire que respiran. Tal parece que nos preocupase más nuestro ritmo de vida que nuestra calidad de vida.

Y ahora miramos todos hacia París exigiendo soluciones globales para un problema que es evidentemente global, cuando ni siquiera somos capaces de encontrar respuestas razonables de ámbito local a los problemas de nuestro barrio. Cierto es que llegamos a esta Cumbre con demasiados deberes sin hacer, con muchas tareas pendientes, y con una muy deficiente aplicación de los gobiernos en el cumplimiento de unos compromisos que ni siquiera hasta ahora habían sido exigentes. Veremos si los mandatarios acuden a este encuentro con la voluntad sincera de salvar el Planeta, o solo con el mero objetivo de salvar la Cumbre.

Pero sea cual sea el resultado de la COP21, nada nos exime de nuestras responsabilidades tanto individuales como colectivas. Cada minuto que perdemos hoy en actuar, es tiempo de vida que les estamos robando a nuestros hijos.

¡Hagamos algo!