jueves 21/1/21

Un gran salto para los gobernantes, un pequeño paso para la humanidad

Parafraseando una feliz expresión de amplitud planetaria, “este ha sido un gran salto para los gobernantes, pero un pequeño paso para la Humanidad”.

Mientras en España andábamos ocupados en dilucidar el futuro del país para los próximos cuatro años, en París se debatían compromisos para que el Planeta pueda llegar a fin de siglo. Mientras aquí la disputa se centraba en el quién, allí la incertidumbre se centraba en el cómo y el cuándo.

Cierto es que la COP21 significa un sustancial avance en términos de compromiso internacional respecto al Protocolo de Kyoto, no en vano, a diferencia de lo sucedido allí, los 195 países participantes en la Cumbre han votado y aceptado los términos del acuerdo tan laboriosamente tejido (hago aquí un inciso para elogiar el extraordinario papel jugado por la ex Secretaria de Estado de Cambio Climático, Teresa Ribera, a lo largo de todo el proceso). Pero, al igual que ocurrió entonces con el adoptado en Japón el 11 de diciembre de 1997, el rubricado en Francia el pasado día 12 ya estaba siendo desbordado por la realidad antes de que el foro de autoridades hubiese culminado el unánime aplauso con el que se cerraba la Conferencia de las Partes.

Se inauguraba la Conferencia de Cambio Climático desde Pekín con una decisión de orden local sin precedentes; las autoridades de la capital china decretaban la alerta roja al registrarse concentraciones de PM2´5 que alcanzaban los 650 microgramos (no olvidemos que las recomendaciones de la OMS fijan un límite máximo aceptable de 25 microgramos). Quince días después Pekín vuelve a decretar la alerta roja, al prever un nuevo episodio de contaminación que califica como “el peor que ha experimentado el norte de China este año”.

Si alguien hubiese podido ingenuamente creer que con el acuerdo de París el problema estaba definitivamente resuelto, serán los hechos quienes se encarguen de devolverle al mundo real. Se inicia ahora una intrincada senda de trasposición de los contenidos pactados a las legislaciones de los países. Decenas de miles de reglamentos que han de fijar nuevas normas de muy distinto alcance, con calendarios exasperantemente lentos, y con resistencias de todo tipo que responderán a intereses diferentes y contrapuestos.

Entretanto el mundo seguirá girando impulsado por la misma inercia que nos ha traído hasta aquí. Las emisiones a la atmósfera seguirán creciendo según los márgenes autorizados y alguno más (a Wolkswagen me remito) en espera de unos calendarios de aplicación diferidos a un primer análisis en 2018 y una actualización en 2020, fecha en la que entrará en vigor el acuerdo.

¿Verdad que de aquí a 2020 las autoridades chinas pueden llegar a agotar el cupo de alertas rojas declaradas? Pues lo peor del caso es que no hay rango de alerta superior al rojo entre las señales convencionalmente aceptadas. Después del rojo ya se pasa directamente a negro. Me parecen acertadas las palabras de Laurence Tubiana, embajadora de Francia en la COP21: “quienes dicen que el acuerdo es débil es porque no lo han leído”; de un acuerdo que sólo implicó a 15 países se ha pasado a otro que incluye a 195, pero no estamos sino ante “un primer paso hacia una economía baja en carbono”. El matiz es que o aceleramos el paso, o no llegaremos a tiempo.

Parafraseando una feliz expresión de amplitud planetaria, “este ha sido un gran salto para los gobernantes, pero un pequeño paso para la Humanidad”.

Un gran salto para los gobernantes, un pequeño paso para la humanidad