domingo 05.04.2020

Goya retrató la huella ecológica

La huella ecológica no tiene exclusivamente un impacto estático de orden espacial, sino que sus peores consecuencias han de medirse en el tiempo en términos dinámicos...

Emergió con las nuevas tecnologías un perfil de juegos que basa su estructura en un modelo muy similar: cada jugador cuenta de salida con una cartera igual de créditos que va consumiendo a medida que va a avanzando; éste concluye cuando los créditos se agotan, pero es posible sumar otros nuevos superando determinadas pruebas de habilidad, tal que si se fuesen ganando vidas que permiten ampliar el tiempo que dura la partida. De hecho en el lenguaje de los ciberjugadores se habla de “tantas vidas conseguidas”.

Muy probablemente estos mundos virtuales que se crean con fines lúdicos intentan superar, consciente o inconscientemente, las taras y limitaciones que la vida real presenta. Pero, también sin pretenderlo, nos aproximan a respuestas que deberían llevarnos a reflexión en tanto que nos colocan frente a nuestros fracasos como sociedad.

Veamos como se desenvuelve la lucha diaria en el juego de la vida que tiene lugar en el Planeta. Muy al contrario de lo que sucede frente a la pantalla, en este caso los jugadores afrontan la partida en desiguales condiciones; así los créditos con los que inicia su particular juego un alemán medio, un canadiense, un español o un japonés, se traducen en una esperanza de vida que prácticamente duplica a la de un ciudadano de Chad, Zambia, Lesotho o Afganistán, y a medida que el juego avanza, los primeros tienen tanta facilidad para incrementar los suyos como los segundos para ir perdiendo los propios.

Pero este juego brutal de la esperanza de vida, se torna aún más despiadado cuando incorporamos un nuevo elemento a la partida: “la huella ecológica”. Ya no solo se trata de que unos nazcan privilegiados y otros desahuciados, lo que ya de por sí implica una terrible malformación social de orden global, ni tan siquiera de que aquéllos además cuenten con la ventaja de poder acceder a mejorar su calidad de vida, en tanto que éstos han de batallar estrictamente por la supervivencia; hablamos de que esa pretendida calidad de vida de quienes habitamos en regiones privilegiadas, crece a costa de robarles expectativas de supervivencia a quienes sufren en territorios subdesarrollados.

Siguiendo las instrucciones de uso de los mencionados videojuegos, sería relativamente sencillo resolver el dilema de la inequidad, pero nada más lejos de la realidad. La utopía de que todos los seres humanos lleguen a la vida en igualdad de condiciones, y de que cada uno administre la propia hasta su fin sin menoscabo de las de los demás, implicaría la puesta en marcha de un colosal proyecto de reequilibrio global que precisaría, en el lenguaje económico clásico, de planes de crecimiento para unos y de decrecimiento para otros. Como dicha terminología asimila crecimiento a desarrollo, y decrecimiento justo a lo contrario, pedirle a un país que renunciase a su desarrollo sería tanto como pedirle peras al olmo.

Ahora superemos este falso dilema nosotros/ellos ¿Y si lo que sucede no es que les robamos a otros sino a los nuestros? La huella ecológica no tiene exclusivamente un impacto estático de orden espacial, sino que sus peores consecuencias han de medirse en el tiempo en términos dinámicos. ¿Y si cada crédito de vida que ganamos hoy lo hacemos a costa de robárselo a nuestros hijos? A este paso llegaría un momento en que los hijos llegarían al mundo con todos los créditos de vida ya consumidos por sus padres.  Así pues, cuando Francisco de Goya pintaba a Chronos devorando a uno de sus hijos, no reproducía una escena mitológica de pasado, sino una ecológica de futuro.

Goya retrató la huella ecológica