jueves 09.04.2020

Perder el norte

Coincidiendo con las manifestaciones de ira por el “asesinato” de una perra, se producía en el mar de Alborán el naufragio de una patera en el que perecían 13 personas y desaparecían otras 12, que venían a sumarse a las 146 personas muertas en el mes pasado

Estos últimos días hemos presenciado los altercados que han tenido lugar con motivo de la celebración de un Consejo de Ministros en Barcelona. Hemos podido comprobar las imágenes en las que los radicales independentistas mostraban su furia, su capacidad para destrozar el mobiliario urbano y provocar a los mossos. Apretaron, como les ordenó el descerebrado de su President. Qué lejos queda este personaje de antecesores suyos en el cargo, que demostraron una gran capacidad política, pero ha preferido ser el muñeco del ventrílocuo Puigdemont, que ya demostró también sus escasas dotes para resolver la complejidad que entraña administrar el sentimiento independentista. Jamás la Presidencia de la Generalitat ha podido caer tan bajo.

Siempre he tenido a los catalanes por gente inteligente, emprendedora, cordial, culta y con una gran capacidad creadora. Nunca han renunciado a marcar sus diferencias con el resto del Estado, desde niños y durante generaciones han sido educados en resaltarlas, pero ahora se utilizan para poner rumbo a un objetivo imposible de alcanzar. He discutido con independentistas que el camino de la unilateralidad no va a ningún sitio, pero he perdido el tiempo, no razonan, ningún radical lo hace porque habitan en el mundo de los sentimientos. Es asombroso escuchar los argumentos que esgrimen y su seguridad en que van a ser reconocidos por Europa, con un desconocimiento absoluto de la realidad. De pronto ha desaparecido el “seny”, que durante épocas ha definido el comportamiento de la burguesía y de gran parte de la sociedad catalana,  que tantos éxitos ha conseguido en el transcurso de la historia. Por el contrario ahora es una sociedad dividida y crispada que salta a la menor ocasión, con una violencia inusitada, que la incapacita para construir algo positivo, una cualidad que la caracterizaba.   

No es mi intención analizar aquí la indudable complejidad por la que atraviesa Cataluña. Me limito simplemente a destacar mi asombro e incredulidad por los acontecimientos que se están produciendo.
Al mismo tiempo tenía lugar otra manifestación de protesta, también en Barcelona y también violenta, protagonizada por un numeroso grupo de personas que protestaban contra el Ayuntamiento porque unos agentes de la guardia urbana habían matado  una perra. Se han podido ver en imágenes cómo tiraban objetos contra la fachada del Ayuntamiento con una agresividad que se reflejaba en sus rostros desencajados por la furia y gritando ¡asesino! al agente que disparó.

Coincidiendo con las manifestaciones de ira por el “asesinato” de una perra, se producía en el mar de Alborán el naufragio de una patera en el que perecían 13 personas y desaparecían otras 12, que venían a sumarse a las 146 personas muertas en el mes pasado y a las 6.174 víctimas que se calculan desde 1988. Los medios de comunicación han dedicado mucho más tiempo al incidente de la perra que a la tragedia de la migración y nos hemos enterado hasta de su nombre, “Sota”. ¿Sabemos el nombre de alguno de los fallecidos por buscar una vida en la que no sea perseguido y no pase hambre?

Que se sepa nadie se ha manifestado por la muerte de esas 25 personas, ni con ira ni sin ella. Al parecer para esta sociedad provoca más indignación la muerte de un perro que la de esos seres humanos. ¿Cómo es posible que se produzcan estos hechos tan irracionales en el seno de una sociedad que se denomina culta y solidaria? ¿Dónde están los líderes políticos y sociales que pregonen la sensatez? Necesitamos con urgencia dirigentes políticos que reconduzcan esta atmósfera de crispación que respiramos y que está fomentada por unos insensatos pirómanos que incendian con mentiras y falsedades, como los líderes independentistas, como Casado y Rivera, al frente de sus aguerridas tropas, que predican con furia contra el entendimiento y el diálogo como forma democrática de resolver los problemas y contra la acogida de inmigrantes, con discursos xenófobos, más propios de regímenes dictatoriales. Es hora ya de que la izquierda se ponga el mono de trabajo,  deje ya de mirar las encuestas como la madrastra de Blancanieves miraba el espejo mágico y empiece a imponer su discurso en medio de tanto griterío y tanta mentira. Difícil, pero no imposible.

Perder el norte