sábado 16.11.2019

La izquierda y el laicismo

El alcalde de Cádiz, Jose María González.
El alcalde de Cádiz, Jose María González.

Unos representantes de la izquierda no pueden otorgar distinciones civiles a una imagen religiosa, por mucho fervor popular del que goce

Desde que el hombre evolucionó y se convirtió en un ser inteligente, le preocupó lo que le deparaba el futuro. Así surgieron brujos, chamanes, adivinos, augures  y sacerdotes que por distintos procedimientos decían adivinar lo que iba a ocurrir. Esa dedicación les dio un poder y un estatus social predominante. Con el paso del tiempo y los fracasos en sus predicciones, ayudados de la soberbia humana, convinieron que lo mejor era inventar que después de la muerte había otra vida en la que, cumpliendo una serie de preceptos que imponían y controlaban ellos, se podía alcanzar la felicidad. Así surgieron los Valhalla, Paraísos, Cielos y demás lugares dónde se podía ser todo lo feliz que se podía soñar. Los sacerdotes se arrogaron la potestad de ser los interlocutores de los dioses, lo que les permitía seguir teniendo un enorme poder. La revolución que trajo consigo la figura de Jesucristo, alteró ese estatus, puesto que denunció y arremetió contra la casta de los sacerdotes, (sepulcros blanqueados) y la clase dominante (el ojo de la aguja y el camello), por el contrario se alineó con los más desfavorecidos de la sociedad. Naturalmente lo mataron. Sus seguidores “lo interpretaron” y crearon un entramado que con la inestimable ayuda del emperador Constantino y de su sucesor Teodosio en el siglo IV, alcanzaron el poder. Para mantenerlo en el transcurso del tiempo no dudaron en provocar guerras, eso sí, santas, quemar vivos a los disidentes y provocar espantosas matanzas (La noche de San Bartolomé en París en el siglo XVI, la más sonada). El poder divino del que se habían arrogado les permitía dominar al poder civil y dado que el poder venía de Dios, coronaban a emperadores y reyes en su nombre. Un ejemplo que tengo cercano: en el siglo XVI un obispo, Alonso Manrique, se empeñó en construir una catedral en medio de la Mezquita de Córdoba. El Cabildo se opuso y el Corregidor Luis de la Cerda dictó un bando condenando a muerte a quién trabajara en esa obra. El Obispo lo excomulgó y la obra se hizo, destruyeron 12 naves y 144 capiteles de un monumento único en el mundo, a mayor gloria de Dios.

La jerarquía eclesiástica siempre ha ambicionado controlar al poder civil, al que dominó durante siglos. La llegada de la Ilustración primero y el marxismo  más tarde puso en cuestión esa situación y en muchos países de Europa se supeditó al poder civil. En el frontón de una iglesia de París, cerca de Le Gard du Nord, está escrito con letras de piedra Liberté Egalité Fraternité, el lema de la Revolución francesa, todo un símbolo de la jerarquía popular. En España no ocurrió eso, más bien todo lo contrario. En la dictadura de Franco disfrutaron de un  poder impresionante, los obispos se sentaron en la Cortes y participaron en las decisiones tomadas por el poder civil. El certificado de bautismo era obligatorio para ocupar un puesto de trabajo en la administración.

La llegada de la democracia planteó un problema a las fuerzas políticas de la izquierda: su relación con el poder eclesiástico. El primer encontronazo fue en la redacción de la Constitución, Alianza Popular con Manuel Fraga a la cabeza, herederos del franquismo, intentaron, y consiguieron, que apareciera la Iglesia Católica en su redacción con un reconocimiento especial. La izquierda defendía la definición de un Estado laico que al final se quedó en aconfesional. Un triunfo para la Iglesia. En las elecciones municipales del 1979, el pacto PSOE-PCE consiguió gobernar en la mayoría de los Ayuntamientos y a los alcaldes se les planteó una dura papeleta: cuál debería ser su actitud en las numerosas manifestaciones religiosas que existían, en los que hasta entonces tradicionalmente asistía el Alcalde, por invitación expresa del Obispo que era en la práctica, inexcusable. Era la ocasión para haber utilizado la puerta que abría la Constitución y haber planteado seriamente que el poder civil no estaba sujeto a la jerarquía eclesiástica, algunos lo hicieron. Pero esa actitud no fue ejercida por la mayoría, de hecho muchos aceptaron ir detrás de los pasos de Semana Santa, asistir a la misa del santo patrón y lo que hiciera falta, el fervor popular era la razón que se aducía. Entre tanto cuando el PSOE llega al Gobierno en 1982, existió la esperanza de que se denunciara el Concordato con la Santa Sede de 1953, y los acuerdos de 1979, que otorgan a la Iglesia Católica los privilegios de los que goza, pero no se hizo. El Gobierno de Aznar los reforzó otorgándoles el poder de registrar a su nombre bienes de dominio público, inmatricular le llaman. Y en esas estamos, el poder eclesiástico ha salido fortalecido y ha conseguido que “los rojos” vayan detrás de sus santos, cristos y vírgenes, además vestidos de etiqueta.

El reciente otorgamiento del Ayuntamiento de Cádiz de la Medalla de Oro de la ciudad a una imagen de la Virgen ha suscitado una polémica porque su alcalde de Izquierda Anticapitalista, encuadrada en Podemos, se suponía un radical de izquierdas anticlerical. La explicación que se ha dado de que era un acto prácticamente obligado por el fervor popular a la imagen, no tiene mucho sentido, porque de lo que de verdad se trata es, una vez más, de un triunfo del poder eclesiástico frente al poder civil y democrático. La explicación que ha dado su jefe de filas, Pablo Iglesias, justificando el acto como un ejercicio de laicidad, provoca estupor y sonrojo. Es un hecho injustificable, sobre todo, para esa nueva izquierda en la que habían depositado sus esperanzas muchos desencantados. Todo un símbolo del poder civil sobre la Iglesia. Me viene a la memoria una discusión pública en 1980 entre el Obispo de Córdoba que criticó una decisión del Ayuntamiento. La respuesta del alcalde Julio Anguita dejó clara la cuestión, “Yo soy su Alcalde y usted no es mi Obispo”.

Soy consciente de la dificultad que entraña ejercer en estos casos, la autoridad democrática en Andalucía, la tierra de María Santísima, pero unos representantes de la izquierda no pueden otorgar distinciones civiles a una imagen religiosa, por mucho fervor popular del que goce. Eso indigna incluso cuando lo hacen los Ministros del PP, otorgando Medallas de Oro al Mérito Policial a imágenes de vírgenes y cofradías.

La izquierda y el laicismo