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miércoles. 30.11.2022

Recordando a Lola González Ruiz

A Lola la democracia no la trató bien, siendo como era una gran profesional y una gran trabajadora...

Con la muerte de Lola se va una parte importantísima de nuestra vida y de nuestros afectos

Conocí a Lola González Ruiz a las pocas semanas de entrar en la facultad de Derecho en el otoño de 1966. En aquellos tiempos, en una facultad de 5000 estudiantes, no llegaban a 10 las mujeres militantes: Aurora, Marian, Mercedes, Margarita, Anabela y Lola.

En la célula del Frente de Liberación Popular de Derecho era la única mujer. Nos tenía a todos un poco o un mucho enamorados. Lola, con 20 años, guapa, melena rubia, muy sonriente, llena de energía y también de genio, fumando un cigarro tras otro, destacaba inmediatamente. Siempre estaba en las asambleas, en las concentraciones, en las manifestaciones en el Campus o en la calle Princesa y también en las cervezas en Zulia o en Casa Manolo.

Después dejó la célula y pasó a realizar tareas del “aparato” y al impulso del escuchimizado sector obrero, trabajo mucho más peligroso. Por razones de seguridad no podíamos relacionarnos con ella ni con Enrique Ruano, su novio, también en las mismas tareas, pero aun y así a veces quedábamos para ir al cine o a tomar unas cañas.

En enero de 1969 son detenidos y Enrique es asesinado al ser arrojado desde un quinto piso por policías de la Brigada Política Social.

La muerte de Enrique fue un terrible mazazo para todos sus camaradas del FLP y sobre todo para Lola. Encima la organización estalló en mil pedazos y quedamos durante un tiempo flotando en el limbo político del izquierdismo postmayo francés. Lola lentamente fue recuperando su vida y su alegría de la mano de Javier Sauquillo, que la idolatraba como pocas parejas he conocido.

Con el estimulo de José María Mohedano y de algunos otros, fuimos evolucionando hacia el PCE, no sin reticencias y en 1971 volvimos a encontrarnos en el mismo proyecto político. Javier, Lola, el Panfle y yo formamos un núcleo de profunda amistad. Teníamos los mismos gustos: íbamos mucho al cine, clásicos norteamericanos de los años 40 y 50, nouvelle vage francesa, cine comprometido italiano, la generación angry británica; salir al campo los fines de semana; leer lo ultimo en marxismo o en novela latinoamericana; comprar cacharritos y figuritas de cerámica; pasarnos por la librería Cultart de la Glorieta de Quevedo. Hicimos viajes a París yendo de un museo a otro y de un cine a otro, volvíamos cargados de libros y discos prohibidos, que nos pasaban escondidos los camaradas del tren “Puerta del Sol”, a los que Lola y Javier defendían…

Lo único que se me hacía muy cuesta arriba en la convivencia con ellos era su pasión noctámbula, esa manía de irse a tomar algo al VIP de Velázquez o al Pub de Santa Bárbara al salir de una reunión de célula, me caía de sueño y ni Lola ni Javier, habla que te habla, querían marcharse a casa.

Ya he escrito recientemente cómo Lola y Javier me acogieron con inmensa generosidad en su despacho de General Oraa al terminar yo la carrera y como me llevaron en la mochila cuando se creó el superdespacho de Españoleto 13. Lola se especializó sobre todo en la defensa de los trabajadores de RENFE y de Artes Graficas, realizando un magnifico trabajo que nunca olvidaran por ejemplo los compañeros de Hauser y Menet. Lola en la Magistratura del Trabajo y en el Tribunal de Orden Publico era, como se suele decir, puño de hierro en guante de seda, con su dulce aspecto y sus suaves maneras no dejaba pasar una y los abogados contrincantes la temían y respetaban. Lola era especialmente valiente cuando se encaraba con los grises o con los sociales, como lo fue en la facultad cuando se defendía a bolsazos de los ataques de los extremistas de Defensa Universitaria.

Lola y Javier hicieron muy buenas migas con Elena y los cuatro juntos viajamos a la Lisboa revolucionaria en mayo de 1974, fuimos a Cazorla, a Riaza, a San Rafael, a Atienza. Lola y Javier siempre eran generosos con nosotros. Después ampliamos el círculo de amistades nocturnas con Antonio Gallifa, Antonio Sama y Pepa o Juan Senra y junto con ellos y otros, montamos la fracción clandestina, OPI (Oposición de Izquierdas del PCE), que nos costó una sanción de separación del Partido de varios meses.

Nos detuvieron juntos a los cuatro en el coche de Javier y Lola cuando en una manifestación por la Amnistía íbamos parando el tráfico en el Paseo del Prado. En las postrimerías del franquismo, Lola y Javier decidieron encargarse de los nuevos despachos que fuimos abriendo en las ciudades dormitorio, que suponía un trabajo mucho mas incómodo materialmente, ya que había que desplazarse y los horarios eran mucho peores y había que bregar con una legislación mucho mas difícil y dispersa que la laboral y con abogados aun mas trileros. Pero no les importó.

Elena y yo nos fuimos a vivir cerca de su casa en el barrio de Chamartin, una casa donde eran frecuentes las reuniones más clandestinas de los comités directivos del Partido a los que nunca ponían pegas.
Tras la muerte de Franco los cuatro decidimos ser padres y Lola y Javier además hacerse una preciosa casa en la costa de Miengo en Santander. Recuerdo la alegría que se llevaron cuando Elena les dijo que ya estaba esperando un hijo.

La matanza de Atocha rompió una vez más la vida de Lola en lo físico y en lo psicológico. Todos sus amigos y amigas pensamos que ese segundo mazazo, mucho más duro aun que el primero, no lo iba a poder resistir. Y resistió y salió adelante entre operaciones y operaciones y un sin fin de dolores del cuerpo y del espíritu.

Ni abandonó su compromiso político ni fue de mártir por la vida, aunque bien de derecho que tenía. Lo único que cambió fue su juvenil sonrisa que quedó velada por un inevitable tono de tristeza.

En el verano de 1978 fuimos a su casa de Miengo con nuestro hijo Javier que con un año no hacia más que subir y bajar a gatas por las escaleras. Lola prácticamente no lograba dormir por las noches, que pasaba oyendo música y con la luz de la casa encendida. Pero no se abandonaba a la apatía o al cansancio, recorríamos con ella los puestos del mercado de Torrelavega buscando el mejor queso o las pastas más ricas, aunque ella apenas comía.

A Lola la democracia no la trató bien, siendo como era una gran profesional y una gran trabajadora; otros que durante la transición en lugar de pelear habían hecho curriculum en universidades extranjeros consiguieron consejerías, asesorías, puestos creados ex profeso. Lola ni tenía padrinos ni renunció a su militancia comunista.

Nos seguimos viendo en manifestaciones, en actos políticos o en cenas y tertulias de viejos camaradas. Nunca le abandonó la lucidez para recordar el pasado, analizar el presente y pensar en el futuro.

Con la muerte de Lola se va una parte importantísima de nuestra vida y de nuestros afectos. Sus amigos y seguro que muchos de los trabajadores a los que defendió no la olvidaran.

Y un recuerdo cariñoso para José María, siempre tan solícito con ella y qué tanto la quiso, que decidió acompañarla de inmediato en su marcha de este mundo.

Recordando a Lola González Ruiz