lunes. 27.05.2024

El pago en bibliotecas… ¿deben los autores cobrar por su trabajo?

Hoy, si me lo permiten, me referiré a algo tan obvio como el derecho de los escritores a cobrar por su trabajo y a decidir sobre la  propiedad intelectual de su obra...

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Hoy, si me lo permiten, me referiré a algo tan obvio como el derecho de los escritores a cobrar por su trabajo y a decidir sobre la  propiedad intelectual de la obra que han creado.

Afortunadamente, las naciones más avanzadas de Europa en cuanto a políticas de bienestar y derechos sociales (Finlandia, Dinamarca, Suecia, Alemania…) pronto comprendieron algo tan elemental, y por ello fueron las primeras en establecer el canon de bibliotecas con el fin de compensar a los escritores por las pérdidas que les suponía el préstamo y disfrute gratuito de sus obras, habida cuenta que los autores no perciben un sueldo ni cantidad fija por sus libros, sino que la remuneración se ciñe a las ventas anuales, notoriamente mermadas si por cada libro adquirido por una biblioteca (no pocas veces donaciones) se dejan de comprar muchos más, pues libro que se presta, libro que rara vez se compra a después.

“¡Oiga usted, la cultura no se mercantiliza!”

La frase de este epígrafe ocupa uno de los primeros puestos en el ranking de "argumentos" de quienes se empeñan en que los autores no cobren por su trabajo.

En este sentido, por “mercantilizar” no puede entenderse otra cosa que percibir la retribución. De modo que no estará de más analizar otros personajes intervinientes en el funcionamiento de  los “templos del saber”, como algunos, acertadamente, denominan a las bibliotecas.

Deberíamos, pues, contar con los empleados de las bibliotecas, a quienes les asiste el bien ganado derecho a percibir su salario por las horas de trabajo y presencia. Algo que, en justicia, debe extenderse a las modestas señoras de la limpieza y a los celadores si los hubiere, por no hablar del personal de mantenimiento quien también es digno de su justa paga o cobro de factura.

Curiosamente, nadie  ha defendido el trabajo gratuito de los anteriores para mantener los fondos de libros o para evitar la “mercantilización” de la cultura. Al menos que yo sepa.

Además, por si alguien no se había percatado, en las bibliotecas hay libros. Muchos libros. Como no podía ser de otra forma. De hecho, cuesta creer en la existencia de  bibliotecas sin libros. Espero que algo tan sencillo también pueda entenderse.

Y… ¿saben algo más? Esos libros los han escrito personas. Y esas personas han invertido tiempo. Y esas personas han invertido esfuerzo. Y esas personas han empleado años de conocimiento. Y esas personas han dejado de realizar otras ocupaciones tal vez mucho más lucrativas (coste de oportunidad se llama esto en teoría económica). Y esas personas, con sus obras, pueden proporcionar entretenimiento y deleite a muchos lectores…

Pues bien, ese esfuerzo y tiempo, que proporciona satisfacción y solaz, debe retribuirse. Como resultaría poco equitativo cobrar directamente al lector (que no pocas veces puede ser de modesta condición)  por acceder a la cultura, ese disfrute proporcionado se retribuye  mediante la caja común, como el resto de los servicios públicos. Así ocurre en las naciones más avanzadas. Y, por fin, parece que sucederá en España.

Por el contrario, mucho me temo que si alguien propusiera “incentivar” la lectura abonando a cada lector  cincuenta céntimos o un euro por libro prestado, la medida sería recibida con entusiasmo y la puerta de las bibliotecas se asemejaría a la entrada de unos grandes almacenes en el minuto cero del primer día de rebajas. Las execraciones sobre la “pérdida de fondos”, la “mercantilización”, etc, se volatilizarían.

Ahora bien, todo cambia cuando de lo que se trata es de retribuir a quien ha invertido muchas horas de esfuerzo en un manuscrito, es decir, al autor. Y eso que no estamos hablando de un pago directo del lector al escritor quien, por lo visto, debería asumir sumisamente el disfrute de su trabajo por docenas, cientos o miles de lectores sin percibir compensación. 

¡Oiga, es que el autor ya ha cobrado cuando la biblioteca compra sus libros!

Sin ánimo de ofender, este “argumento” solo puede esgrimirse desde el egoísmo, la ignorancia o la inconsciencia, pues equivaldría a que la biblioteca comprara una entrada de un cine o concierto y con esa misma entrada  posibilitase que diez, cien o mil  personas asistieran y disfrutasen del evento musical o la sesión de cine, alegando que al grupo musical o a los actores “ya se les pagó el precio de la entrada”. Absurdo.

¿Cuánto cobran los autores?

No obstante lo anterior, veamos lo que “cobra” (si es que a eso se le puede llamar cobrar) un escritor cuando una biblioteca adquiere un libro para que sea leído por todo aquel que lo desee…

Los escritores reciben un 8% de PVP de cada libro. Si un libro cuesta 20 euros, al autor le corresponden 1,6 euros brutos por el ejemplar vendido (por lo general tarde, mal y nunca). Al descontar los impuestos (pues los autores no cobran en negro) quedaría, aproximadamente, 1,2 euros por el libro.

Obviamente, pretender que un trabajo de meses o años pueda proporcionar entretenimiento y disfrute a docenas o cientos de personas por 1,2 euros constituye una burla y una colosal muestra de egoísmo hacia el trabajador intelectual, el autor. Debería avergonzarse y recapacitar quien defienda este absurdo. Equivaldría, como dije, a la biblioteca que comprara una entrada para un concierto y esa entrada permitiera a cientos o miles el disfrute gratuito del evento.

Pero es que, además, lo que se retribuye no es en sí la compra o alquiler del libro, sino el disfrute del trabajo de un tercero. (De ahí que la propiedad intelectual pertenezca al autor o al editor por cesión). Y pretender el disfrute gratuito del trabajo de terceros constituye un abuso intolerable. Así lo han entendido las democracias más avanzadas y sociales. Por ello la directiva comunitaria que al respecto  se va a aplicar en España hace ya mucho que rige en naciones más avanzadas económica y socialmente.

Ahora bien, como el acceso a la cultura debe protegerse, no se “expide ticket” a quien saca un libro, lo cual no obsta  que quien ha trabajado para proporcionar esos momentos de  entretenimiento y placer deba recibir una retribución por los instantes de ocio y deleite que proporcione a cada lector. Ya sea más o ya sea menos, en función del número de lectores. Me permito, en este sentido, enlazar una web donde se trata este asunto con más amplitud y profusión de datos.  Sin duda, resultará muy esclarecedora.

En el más puro estilo de Andrea Fabra: ¡Qué se jodan… los escritores!

Obviamente, quien con su trabajo proporciona entretenimiento a otra persona, debe recibir la retribución por proveer  ese deleite. Lógicamente, quien se lo suministra a miles, debe percibir remuneración por satisfacer a miles, aunque aquella persona o esos miles no lo abonen directamente, sino a través de la caja común.

El “¡qué se jodan!” de Andrea Fabra referido a los parados no difiere una pulgada del “¡qué se jodan!”, implícito en quien pretende disfrutar gratuitamente de la labor y esfuerzo de otro, en este caso el escritor.

Nada más egoísta, injusto y antisocial, por tanto, que aprovechar el trabajo y la obra de un tercero sin retribuir a ese  trabajador  por el servicio suministrado, en este caso el placer, diversión y/o entretenimiento. Aprendamos de países más avanzados.

El pago en bibliotecas… ¿deben los autores cobrar por su trabajo?