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jueves. 06.10.2022

D. Fernando del Pino, la sabiduría y educación de ayer que tanto se extraña hoy

Algunos sucesos actúan como bombas enterradas durante décadas, y con su detonar revientan con fuerza de obús...

Algunos sucesos actúan como bombas enterradas durante décadas, y con su detonar revientan con fuerza de obús la atascada esclusa  de los recuerdos. Hoy, esas remembranzas me han permitido comparar dos modos de afrontar la existencia y en los que, tal vez, se encierre la mayor de las lecciones sobre la vida y la política…

Con mucha tristeza recibí hace unos días la noticia del fallecimiento de un antiguo y ya anciano profesor de matemáticas en los escolapios de San Antón. don Fernando del Pino.

“Los errores se pagan”

A él debo una de las lecciones más duras pero necesarias de la vida… contaría yo unos catorce años cuando, una tarde, comenzó a repartir los exámenes corregidos de la segunda evaluación. Me sorprendí mucho al recoger mi hoja encabezada por unas grandes letras rojas con la palabra “suspenso”. Indignado, me dirigí a su mesa. Escuchó atentamente mi reclamación y, acto seguido, me señaló el eje de abcisas y la palabra “error”, grande y en mayúsculas junto a un tachón en forma de aspa, dos rayas firmes y rojas, rotundas, como dos puñaladas sangrantes que todavía recuerdo

“Cuente usted cada punto de las abcisas y comprobará su error”, me dijo. Efectivamente, me había equivocado. No eran ocho espacios, sino siete. Como si leyera el pensamiento, añadió: “Los errores se pagan. A usted esto podrá parecerle una tontería, pero no lo es. Aprobará en el siguiente, pero esta vez tengo que suspenderle.”. Enmudecí. De nuevo, adivinando mi pensamiento, concluyó: “Y dé gracias, Vidal, que esta vez puede subsanarse, pero aprenda que muchas veces erramos en un simple momento y ese error se puede arrastrar durante muchos años o para toda la vida.”.

Aquella tarde, examen en mano, mi padre me echó una bronca monumental. Recordé que él se estaba pluriempleando para que yo pudiera estudiar en un buen colegio y hube de reconocer que le asistía toda la razón.

Jamás olvidé aquella lección de don Fernando. Considero que nuestra sociedad sería mucho más próspera y justa si todos asumiéramos las consecuencias de nuestro mal hacer, de nuestros errores, en lugar de buscar culpables, si cada vez que algo sale mal, comenzáramos a plantearnos hasta donde llega nuestra responsabilidad individual en lugar de desplazar la culpa a terceros, si valorásemos el éxito ajeno en vez de envidiarlo, comprendiendo el esfuerzo y sacrificio que  ese tercero ha invertido para cosechar sus frutos.

Un mensaje a los “ninis”

Temido por su dureza, muchas tardes don Fernando abría el libro registro negro, alargado. Y con parsimonia británica repasaba visualmente la lista de alumnos. El silencio invadía el aula, pues “salir a la pizarra” con aquel exigente profesor superaba el rigor de cualquier otro examen. Pasados unos segundos, levantaba la mirada y pronunciaba, casi deletreado el nombre de algún alumno: “Vi-dal… Manza-na-res”… a la pizarra”. Al punto, los suspiros del resto de alumnos se escapaban con disimulo.

Aquellos momentos, propios de  alguna película de Alfred Hitchcock, estremecían. Sin embargo, hoy pienso que nunca agradeceré bastante haberlos padecido, pues sin aquellos fielatos creo que nunca habría podido superar otras pruebas que, a la postre, me han servido para ganarme honrada y dignamente la vida.

No pocas tardes, don Fernando del Pino extrapolaba la vida escolar a la vida real y nos exhortaba a estudiar. “Procuren aprender todo lo que puedan, jamás dejen de estudiar, no se conformen con un trabajo prematuro, pues a cambio de unas pocas monedas que van y vienen, se apartarán de la máxima cualificación posible, y esto último es el mayor de los patrimonios.”.

Hoy, al contemplar los cientos de miles de jóvenes sin trabajo ni cualificación que, en plena burbuja, abandonaron los estudios para trabajar en la construcción, comprendo cuan importantes y sabios eran los consejos de don Fernando y, ¿por qué callarlo?... cuanta irresponsabilidad y egoísmo en docenas de miles de padres que, al olor del dinero “que trae mi hijo a casa” permitieron  tamaña irresponsabilidad.

La vida es como un combate de boxeo

El pugilismo constituye una de las metáforas más nítidas y hermosas de la existencia. El rival (la vida) puede golpearte con la mayor dureza, abrirte las cejas, partirte la nariz, espanzurrarte en la lona mientras el rugido del público y los focos conforman una película gelatinosa que desfila macabra y burlona ante tus retinas. 

Pero aún así, con la cabeza aturdida y vagando en la habitación del medio sueño, los oídos zumbando y las piernas de trapo… debes levantarte antes de la cuenta de diez y seguir el combate. Y debes hacerlo tú, sin la ayuda de nadie, pues el auténtico valor que construye una sociedad próspera y justa no consiste en pensar lo que los demás puedan aportarte, sino en lo que tú puedes aportar a los demás… ¡cuántas tribulaciones personales y sociales se ahorrarían en la España actual si se hubiera aplicado este sabio esquema del boxeo, que, a su vez, era también el de aquel viejo maestro!

Olvido lo malo que don Fernando pudiera tener y uno mi gratitud a la de otros antiguos alumnos, pues gracias a él y a otros como él, muchos pudimos aprender que todo cuesta y que, además, todo debe costar. Sí, porque entre las paredes de aquellas aulas enormes y polvorientas, de altos techos y ventanales que inundaban de sol cada rincón, nos transmitió el valor de la disciplina, el esfuerzo, la perseverancia y la paciencia… Gracias, don Fernando. Descanse en paz.

D. Fernando del Pino, la sabiduría y educación de ayer que tanto se extraña hoy