martes. 18.06.2024

¿Para cuándo el primer antidisturbios muerto?

El pasado 22 de marzo más de un millón de ciudadanos se movilizaron para decir NO al pago de la deuda...

El pasado 22 de marzo más de un millón de ciudadanos se movilizaron para decir NO al pago de la deuda contraída por los banqueros, así como para mostrar su rechazo ante las medidas impuestas por la Troika y ejecutadas por el gobierno contra las clases medias y populares.

Y sin otra finalidad que favorecer a las grandes fortunas y capitales.

Pese al insidioso silencio mediático y la ausencia de los partidos y sindicatos mayoritarios, posiblemente haya constituido la mayor movilización de la actual democracia. Sin embargo, este hecho de calado descomunal ha pasado desapercibido.

Transcurridos los primeros compases del confuso, furioso y atronador ruido mediático y político, conviene utilizar la cabeza para lo que constituye—o debería constituir—su principal función: la reflexión…

¿A quién beneficia lo ocurrido?

Contamos con tres actores principales: manifestantes y organizadores, policía y gobierno del PP. En ese sentido, cabe preguntar: ¿beneficia a la policía recibir agresiones y ataques?, ¿beneficia a los organizadores y manifestantes ver eclipsadas sus reivindicaciones?, ¿beneficia al gobierno que ocurran disturbios que criminalicen a sus opositores?

Que cada cual razone, cuestione, analice y piense quien podría ser el beneficiario, si lo hubiere, de lo ocurrido.

En este sentido, conviene resaltar que losdías previos a la manifestación se sucedieron declaraciones incendiarias (y posiblemente delictivas) de responsables políticos del PP (más bien habría que calificarlos de irresponsables políticos) acusando a los manifestantes de nazis y comparándolos con los neonazis de Amanecer dorado.

Las declaraciones posteriores de Cifuentes asegurando que se perseguía “matar policías” o los rebuznos de Ana Botella (bien entendido que “rebuznar” ha de entenderse como “expresar desatinos e incongruencias”) solicitando limitar los espacios de manifestación evidencian la voluntad de estigmatizar y limitar el derecho de manifestación. Desde luego,  y siempre desde el terreno de la mera apreciación, no parece que persiguieran aplacar los sucesos. El reciente rebuzno (es decir, “hecho o dicho desatinado y sin razón, ciencia o fundamento”) de la señora Botella calificando de “Kale Borroka” los incidentes tras la manifestación confirma la referida intención.

De cualquier modo, creo que no hace falta insistir en la finalidad del PP y sus correveidiles mediáticos por satanizar las protestas no domesticadas, así como oscurecer el éxito de la masiva concentración del 22-M y, más aún, los lemas que la presidieron.  Desgraciadamente, en este caso y por el momento, se han salido con la suya.

Analizando con frialdad lo ocurrido

Superada la “resaca” y exaltación propia de los disturbios, conviene analizar con serenidad la secuencia de hechos,   a estas alturas tiznados por la negra sombra de la sospecha.

Así, como han denunciado los organizadores, la policía comenzó a cargar cuando aún no había concluido la manifestación. Según se narra, el motivo fue el lanzamiento de tres petardos por tres sujetos a los ni tan siquiera se pudo identificar.

Desde luego, no justifico el lanzamiento de petardos contra nadie, pero, sinceramente, ¿constituye suficiente motivo para cargar contra una manifestación en curso, de centenares de miles de personas?

Dado que la policía se incardina en una rígida cadena de mandos, cabe preguntarse quien pudo impartir una orden tan irresponsable y temeraria que, no solo pudo provocar una masiva tragedia (recordemos la catástrofe del estadio Heysel), sino que prendió la mecha de los disturbios posteriores.

En este sentido, a los organizadores de las marchas del 22-M no les duelen prendas en señalar que "Lo que sucedió es un montaje de las cloacas del Estado, basado en los preceptos de la propaganda de Goebbels, que es inventarse una noticia falsa para tapar la verdad. Las marchas fueron un auténtico éxito, con dos millones de personas contra el Gobierno y los gobiernos de la Troika. No podían permitir que los noticieros abrieran esa noche con ello; por eso hubo cargas policiales y crearon violencia… la cerilla que prendió el campo de cereal vino de la calle Génova”.

Antidisturbios utilizados como guerreros Ninjas y carne de cañón

En un excelente y agudo artículo titulado “Carne de cañón” cuyo enlace adjunto para evitar malas interpretaciones, el periodista Javier Gallego plantea: “¿Y si resulta que el Gobierno en el 22M utilizó a los antidisturbios como carne de cañón para disparar de muerte a las protestas sociales?”, ¿Y si los responsables políticos utilizaron a los policías como carne de cañón, poniendo en riesgo sus vidas, para criminalizar una protesta que fue mayoritariamente pacífica?”.

Partiendo de la base, nada endeble, de que el PP buscara criminalizar la protesta (como así hizo caldeando el ambiente previo) alude al hecho extraño (más que extraño, insólito) de que un grupo de tan solo quince antidisturbios quede aislado en mitad de una auténtica batalla campal (¡ni que fueran guerreros Ninjas!). Conviene resaltar que, para bien o para mal, la policía española está considerada la más eficaz del mundo en el llamado “control de masas” por lo que “errores” de esta clase resultan difíciles, muy difíciles, de entender.

A lo anterior se añade: “Los policías piden auxilio pero se produce "un silencio en la emisora durante unos minutos. Pasan demasiados minutos sin apoyo… Además de que sea muy poco creíble que se equivoquen de posición en un área tan abierta y cercana al núcleo del dispositivo, eso no explica los minutos de silencio en la radio ni por qué avanzan 15 policías solos sin la cobertura habitual de los furgones y de otros compañeros… Además habían recibido una orden estricta y anormal: no utilizar pelotas de goma, lo que les hace infinitamente más vulnerables”.

Con una sagacidad que se echa en falta en el actual periodismo, Gallego prosigue: “La clave está en quién daba las órdenes allí. No fue el jefe de la UIP que no estaba en la calle como es habitual. Su lugar lo ocupaba extraordinariamente el Comisario General de Seguridad Ciudadana, un cargo de confianza del ministro del Interior, nombrado por Jorge Fernández Díaz. Lo normal es que el comisario hubiera estado en su gabinete coordinando el dispositivo, ¿por qué entonces sustituyó en su puesto al jefe de la UIP que desapareció del mapa? ¿A qué se debe este cambio tan inusual? ¿Y a qué se debe que no respondiese a la llamada de auxilio de sus hombres y dejase la emisora en silencio "durante minutos"?”

Unas conclusiones más que razonables

Aún sin ánimo de prejuzgar, lo cierto es que llegados a este punto, el PP ha conseguido lo que buscaba: criminalizar una protesta pacífica de más de un millón de personas, que no se hable de las reivindicaciones que la encabezaron y, no menos importante, caldear la situación hasta un punto de ebullición de imprevisibles consecuencias.

Los dos primeros aspectos me parecen propios de la maldad y el desprecio al ciudadano que, día tras día, segrega y destila este gobierno. Pero lo último se antoja de una colosal irresponsabilidad. Basta sumergirse en los foros policiales para leer escalofriantes arrebatos y calentones (“la próxima vez, los gomazos de cuello para arriba”, “tendrá que morir alguien”, “desenfundaré la pistola…”). La perversión e irresponsabilidad de este gobierno, en las lindes, sino en el terreno, de la psicopatía, parece orientada hacia la apertura de la espita venenosa de  “acción-reacción-acción” que, en la historia de España, ha demostrado resultar incontrolable.

Por ello, me atrevo a barajar la tesis esgrimida ya por otros: junto al silencio y desprecio de las vías pacíficas de la ciudadanía, se está utilizando a la policía como carne de cañón para matar las protestas. Cuesta creer que durante el 22-M se produjeran tantos “errores humanos” a la vez. Y cuesta creerlo, sobre todo tratándose de un gobierno que ha ubicado su norte en el desprecio, el cinismo y la mentira.

Ciertamente, no pocos opinan, y así retruena en las redes, que el PP busca un muerto. “¿Para cuándo el primer antidisturbios muerto”? me preguntaba un internauta ayer. Policía, manifestante, da igual. Algo que permita escenificar, con la hipocresía secular de la derecha, el réquiem de las protestas. Con la música de la inconstitucional “ley de seguridad ciudadana” de fondo y la resonancia ciclópea propiciada por  los medios de comunicación apesebrados.  Esa desgracia provocaría tal alarma social que las manifestaciones quedarían, a su vez, heridas de muerte. En suma, un país convertido en una gigantesca “mayoría silenciosa” a la que se permitiría, eso sí, parodiar la democracia cada cuatro años para, acto seguido, ignorar su voluntad y laminar sus protestas… ¿a quién beneficia ese lamentable escenario? Quien use la cabeza para pensar, que se responda a si mismo. Quien la use para embestir, continúe en la funesta dinámica de odio y crispación.

Expreso una opinión, ciertamente, no una afirmación pero aún así... ¡Cuánto me gustaría equivocarme!  Y… ¡cuánto me gustaría también que la policía entendiera, de una vez por todas, que, a día de hoy, se encuentra en el bando equivocado y, no menos importante, errando respecto de sus verdaderos enemigos! ¡Cuánto me gustaría que comprendieran cómo  son usados a la manera de carnaza para inconfesables intereses de poder y codicia!

¿Para cuándo el primer antidisturbios muerto?