lunes 06.07.2020

Ideología, centro y normalidad. ¿Por qué la neutralidad es una posición política?

Mirar la política desde el clásico eje izquierda-derecha puede ser útil para explicar un campo difuso y complejo como es el de la ideología. No obstante, se trata de una mirada que puede ser engañosa, pues no deja de ser una representación, una forma de simplificar algo más complejo. La ideología es algo bastante importante, mucho más que una afinidad política o una propensión al voto, es una forma de mirar la realidad, de comprender y explicar procesos que suceden a nuestro alrededor. Si bien izquierda y derecha son conceptos que simplifican una realidad ideológica compleja, sus valores y principios, es decir el relato con el que explican la realidad, es más o menos comprendido. Existe, sin embargo, una cierta confusión respecto a un gris intermedio que habitualmente se sitúa entre ambos, un terreno que a veces se define como apolítico, o no ideológico, y que puede aparecer representado por conceptos como el centro. ¿Qué representa esta neutralidad? ¿existe? Estos conceptos son el resultado obvio de mirar la política como un eje, de forma que haya un espacio a medio camino entre izquierda y derecha, pero lo cierto es que en términos ideológicos no existe esa neutralidad.

El centro no existe como realidad ideológica, pero sí existe en el discurso de los políticos y, por tanto, en la forma en que la sociedad imagina la política. El centro es muy útil en el dicurso pues aparece en la imaginación de la gente como un punto intermedio, una encarnación de la normalidad y la sensatez, representa, por tanto, el sentido común de un determinado momento y define los márgenes de lo razonable y de lo realizable. Por esta razón la disputa entre partidos es siempre, en cierto modo, una batalla por el centro, es decir, una pugna por normalizar y expandir entre la sociedad ciertos principios, ciertos valores, hacerlos sentido común para la mayoría. Por tanto, podríamos decir que el centro es un indicador de la correlación de fuerzas de una época, un punto de referencia que cambia con el tiempo, pues representa valores y principios que son ideológicos, pero que consiguen hacerse hegemónicos, pasar a ser normalidad, sentido común.

Un buen ejemplo para ilustrar esto es mirar a la historia del siglo XX. Tras la Segunda Guerra Mundial el intervencionismo y el gasto social, es decir el estado del bienestar, se erigió como normalidad en Europa de tal forma que incluso fue asumido por partidos conservadores. Esto fue posible en un contexto en el que la sombra de la URSS se extendía sobre el continente y el movimiento obrero estaba en una posición de fuerza. De esta manera, el miedo de la derecha al proyecto soviético y el desprestigio del neoliberalismo hicieron hegemónicos los principios socialdemócratas situándolos en la centralidad. A partir de los 70, el debilitamiento de la URSS y del movimiento obrero, paralelos a la contraofensiva ideológica neoliberal, abrieron un nuevo ciclo. Desde entonces y hasta día de hoy el neoliberalismo ha sido hegemónico, y ha colonizado el imaginario del centro arrastrando hacia sus posiciones a los partidos socialdemócratas europeos. La pelea por el centro podría ser algo así como una guerra de trincheras, la posición ocupada por la centralidad varía lentamente a lo largo de los años, las pequeñas escaramuzas electorales no suelen ser capaces de influir significativamente, pero cuando la correlación de fuerzas de una época cambia y un bando se impone, los perdedores retroceden, es decir, asumen las posiciones del adversario.

Por tanto, el centro no existe como neutralidad, el centro siempre encarna una posición política e ideológica, pero no siempre la misma. En España es fácil ver que, durante toda la democracia, el centro, la normalidad política, ha sido económicamente neoliberal con algunos matices de diferencia entre un PP neoliberal y un PSOE socio-liberal. Los partidos que, como Ciudadanos, se definen de centro, nunca ocupan una centralidad en el campo de lo ideológico, pues esta no existe, pero si pueden ocuparla a ojos de la sociedad en un momento determinado, por ejemplo, situándose entre el PSOE y el PP. En un contexto de hegemonía neoliberal como el de las últimas décadas, un partido neoliberal como Ciudadanos pude efectivamente ocupar el centro a ojos de la sociedad, más fácilmente aun si se desmarca de posiciones conservadoras, pero no es una neutralidad ideológica, sino una neutralidad para con un contexto y una correlación de fuerza determinados. En definitiva, la realidad es siempre política, es decir, siempre está definida por una correlación de fuerzas cambiante, y el centro, las posiciones que la gente asocia con la moderación y el sentido común, dependen de ella.

La idea de centro aparece a veces acompañada de otra que últimamente se oye frecuentemente, la de lo apolítico. Es habitual oír a figuras públicas ajenas al mundo de la política rechazar los extremos alabando las virtudes de la centralidad. A veces, incluso apelando a lo apolítico como una posición intermedia vacía de ideología “ni de izquierdas ni de derechas”. Esta concepción de la política tiene mucho que ver con este imaginario del centro. Si asumimos que existe un centro, una neutralidad entre la izquierda y la derecha que no es ideológica, pues no toma partido por unos o por otros, damos pie a la existencia de un terreno apolítico. Lo cierto es que lo apolítico no existe, de la misma manera que no existe el centro, pues la realidad es política, y uno siempre se posiciona respecto a ella. Lo apolítico, igual que el centro, es un concepto en disputa, uno que todo político querría conquistar, pues hacer algo apolítico es hacerlo dado, sentido común, normalizarlo a los ojos de la mayoría, pero seguirá siendo una posición. Lo apolítico dependerá, por tanto, igual que el centro, de la correlación de fuerzas de una época y de la normalidad que nace de ella.

Ahora que se habla tanto de ese concepto de nueva normalidad es buen momento para recordar que la normalidad es siempre política. Mirando a la historia es fácil apreciar que las múltiples formas de violencia y opresión que han existido en las sociedades humanas han sido siempre parte de la normalidad de una época, han sido siempre sentido común para una sociedad. En ese sentido, la lucha contra la opresión racial, la lucha por la igualdad de la mujer, la lucha por el trabajo digno, entre muchas otras, han sido siempre un desgarro de la normalidad, una forma de encontrar y quebrar injusticias que atraviesan el mundo en que nacemos, y que muchas veces aceptamos como dadas. En este sentido es imprescindible mirar siempre críticamente nuestra normalidad, nuestro presente, pues la realidad nunca es neutral, es política, está repleta de jerarquía y desigualdad, de formas de violencia y poder. Es por eso que la neutralidad en política no existe, y que los marcos que la pretenden encarnar, como el centro o los discursos apolíticos, son en realidad profundamente políticos, pues ocultan y asimilan la injusticia que es inherente a la normalidad.

Más allá del ruido, lo que subyace al contexto político español, y en muchos sentidos al mundial, es precisamente una disputa por redefinir el proyecto que ha sido hegemónico durante las últimas décadas, encarnando la centralidad y definiendo la normalidad política. La globalización neoliberal, la quimera de las grandes élites económicas, ha construido un orden profundamente interconectado, pero muy frágil en esencia, como ha demostrado la pandemia. La brutal y creciente desigualdad, las crisis cada vez más frecuentes y devastadoras, la dependencia de una insostenible depredación de nuestros ecosistemas, todos estos elementos han abierto grietas que hacen que la normalidad neoliberal se resquebraje, han abierto un terreno de disputa. Esto no significa, sin embargo, que esta hegemonía esté próxima a caer, pues su debilidad la ha hecho mucho más violenta. El mejor ejemplo de ello es el crecimiento global de una cierta ultraderecha (que no toda) ligada a lo ultra neoliberal y a los grandes capitales, figuras como la de Bolsonaro, o partidos como Vox y AFD encarnan esta reacción.   

En España, el gobierno encarna la disputa contra lo neoliberal, pero muy tímidamente. Podemos nació precisamente de una de las grandes heridas de la normalidad neoliberal, cabalgando la ola de indignación y el inmenso desgarro social que supuso la crisis de 2008 y su famosa austeridad. Se suele decir que las crisis económicas dan alas al radicalismo, es cierto, porque esto quiere decir que la verdad del sufrimiento material rehace rápidamente el sentido común de un determinado momento, desplaza la centralidad, y puede desequilibrar rápidamente la correlación de fuerzas de una época. La inercia de aquel momento, la lucidez anti neoliberal que supuso aquella debacle social fue tal que, aun tras la larga travesía por el desierto que han sido estos años para Podemos, ha llegado hasta hoy. Este gobierno recoge, en parte, algo de aquella inercia, pero tan débil que la correlación de fuerzas tan solo le ha permitido darle forma en una propuesta tímidamente socialdemócrata, pelear la hegemonía neoliberal desde una defensa de lo público y el gasto social. La derecha por su parte, neoliberal en sus tres versiones y casi indistinguible en lo económico, ha lanzado en respuesta una ofensiva total contra este intento.

En un escenario como el presente, donde la política se convierte en espectáculo y el debate público es cada vez más emocional y subjetivo, es importante reivindicar el rol de la ideología frente a estos difusos marcos apolíticos que pretenden ser neutrales. Más aún si atendemos a los profundos cambios que suceden en el mundo. La ideología, no necesariamente entendida como partidismo, ni como fe ciega, pero si como herramienta para una mirada crítica de la realidad y de la política. Como se sugería al principio, la ideología es mucho más que una propensión al voto, es un marco a través del cual comprender y explicar procesos que rodean e influyen nuestras vidas. En cierto modo, la ideología es una herramienta para entender el poder en las sociedades humanas, en algunos casos a favor de los oprimidos, desvelando la desigualdad y la opresión que asoma a nuestra normalidad, y en otros construyendo castillos de naipes, espejismos destinados a que nada cambie. La mirada apolítica siempre es política porque es servil al poder, refuerza lo establecido, y asienta las injusticias, a menudo veladas, que atraviesan nuestra normalidad. En este sentido, lo apolítico y lo equidistante nunca representa una posición neutral, sino más bien una ceguera voluntaria con respecto a la realidad.

Ideología, centro y normalidad. ¿Por qué la neutralidad es una posición política?