martes 16.07.2019

El centro político y los fantasmas de la derecha

La derecha en nuestro tiempo ha conseguido dibujar en el imaginario colectivo de nuestra sociedad un elemento que se ha configurado como una de sus más poderosas armas a la hora de hacer política, esta arma es el centro

Uno de los elementos que siempre me pareció más grave en esta política del espectáculo que se ha adueñado de nuestro tiempo, es el hecho de que se ha renunciado, prácticamente por completo, incluso desde la izquierda, a escapar de las normalizaciones discursivas inherentes al capitalismo de nuestro tiempo. Pareciera que tras la caída del Muro de Berlín y la restauración neoliberal el capitalismo efectuó una serie de gigantescos golpes de efecto en cuanto se normalizó a sí mismo, a los ojos de las masas, como la única encarnación de elementos como la democracia y el progreso, escorando así inmensamente el eje político hacia la derecha. Esto no sería en sí tan grave, si no fuera porque la casi perenne crisis existencial y de indefinición de la izquierda y las debilidades asociadas a ella permitieron e incluso espolearon este proceso, cediendo un gigantesco espacio a la derecha en lo que se refiere a la definición del tablero donde se habría de jugar la batalla política. El hecho de que un candidato de la ultraderecha como sin duda es Pablo Casado se necesite definir en términos de un liberalismo progresista de centro derecha es muy representativo de este fenómeno (indica de hecho su inmensa capacidad para desplazarse en el tablero político), de la misma manera que lo es que Podemos se haya escorado considerablemente hacia el 'centro' desde su nacimiento, en busca de un discurso que puedan vender dentro de los 'sentidos comunes' y la 'sensatez política' definidos por la hegemonía y la normatividad que el poder define en nuestra sociedad. El resultado por lo tanto fue, en cierto modo, previsible en las últimas elecciones, el juego de la sensatez y la centralidad que intentó de alguna manera Unidad Popular, en un tablero enormemente escorado a la derecha, benefició a la derecha, y el error, probablemente fuera jugar en el terreno político del adversario tratando de usar sus cartas. En resumen, la definición de la hegemonía cultural de una época y los sentidos comunes que la conforman, están inmanentemente definidos, atravesados, por el poder, así como por su estructura económica y material. Y las múltiples formas en las que este materializa la opresión de clase, son por lo tanto constante objeto de la normalización, son trituradas, maquilladas, absorbidas por el gigantesco poder de la normatividad y los sentidos comunes de una época. En consecuencia lo que se viene a defender en este artículo, dentro del creciente debate en la izquierda, es que las aspiraciones de esta deben ir siempre dirigidas a deconstruir, destruir, o reimaginar este marco de los sentidos comunes que le son ajenos en vez de tratar de comprenderlo y asumirlo para jugar dentro de él, pues la derecha tiene de sobra ganada la batalla por la 'sensatez' y la normatividad, así como las formas que las encarnan, como por ejemplo el centro político (que es de hecho inmanentemente suyo).

La derecha en nuestro tiempo ha conseguido dibujar en el imaginario colectivo de nuestra sociedad un elemento que se ha configurado como una de sus más poderosas armas a la hora de hacer política, esta arma es el centro. El centro político, no existe realmente ni políticamente, lo creó la derecha para encarnar, materializar físicamente el 'sentido común', la normatividad hecha política, la sensatez hecha dialéctica. Algo que todos encontramos un poquito como nuestro en cuanto todos somos hijos de los sentidos comunes de nuestro tiempo. No obstante, el centro no es más que una ficción, y jugando un poco con el eje político es fácilmente desmontable. En España hay tres partidos que pueden jugar con la normatividad, y han luchado por la encarnación del centro, PP, Ciudadanos y PSOE sin embargo los tres tienen hoy en día una posición muy clara en el eje político, social democracia liberal, liberalismo, y liberalismo conservador, o dicho de otro modo, tres formas de encarnar el capitalismo de nuestro tiempo, con suaves matices a la desigualdad, con fascinación, y con un fuerte apunte al conservadurismo social, pero en cualquier caso las tres reflejan una posición política. La definición de una neutralidad geográfico-política entre la izquierda y la derecha, pensada quizás para aquellos que no tienen la claridad o la capacidad para decidir una posición, existe únicamente en el discurso y no en la política real, pues toda política implica una postura. La centralidad, además es siempre relativa a su punto de referencia, el nuestro, es el capitalismo globalizado y eso hace que la centralidad, (y con ella la normalidad, la sensatez) se escoran inmensamente a la derecha. Es precisamente por eso que Pablo Casado puede esconder bajo la bandera de esta centralidad, de este 'sentido común' políticas propias de la ultraderecha más reaccionaria, y tóxica mientras tacha a un partido como el PSOE que es prácticamente neoliberal en lo económico de reconstruir el Frente Popular. Es una suerte de combinación entre la política-espectáculo de nuestro tiempo donde todo vale amparado por la post verdad y la utilización de un eje político, de un sentido común escorados a la derecha, lo que le permite camuflar y naturalizar bajo un supuesto 'centro sensato' un discurso profundamente reaccionario y extremadamente escorado a la derecha. En definitiva, el centro, no es más que una herramienta del discurso inmanentemente ligada a la normalización, un supuesto punto intermedio irreal que sibilinamente escora la política hacia la derecha encarnando una falsa sensatez, y que no tiene por qué pertenecer a la derecha, aunque en España y en la mayoría del mundo occidental lo hace, víctima de la implacable máquina apisonadora, normalizadora y mercantilizadora que es el capitalismo de nuestro tiempo. En definitiva, el juego de la post política es el de la carencia de los sentidos y las ideas dentro del mercado de los discursos y la estética, uno debe llamar a lo que la gente reconoce como suyo, el fondo político es casi intrascendente, y ¿qué le es más propio al capitalismo? Pues el alma, la piedra angular sobre la que se sostienen sus imaginarios, sus fetiches y su hegemonía, el 'sentido común'. El centro no es más que una forma de definir físicamente (aunque irrealmente también) conceptos e ideas largamente trabajados por el aparato de la normatividad que la gente fácilmente reconoce dentro de sus esquemas del bien y el mal, al fin y al cabo, ¿quién querría huir de la 'sensatez'?

¿Qué le queda a la izquierda entonces en todo esto? Bueno en tanto a que el juego de la 'sensatez'es difícilmente compaginable con una crítica estructural del sistema económico le queda salirse de él, le queda la distintividad, le queda pretender ser reales en un mundo político de plástico. Una autocrítica que es imprescindible en estos días para la izquierda, es la de por qué la derecha populista está siendo mucho más eficaz en toda Europa a la hora de captar el desencanto producido durante las últimas convulsiones del sistema económico, y no solo eso sino que está siendo más valiente en muchos casos a la hora de hacer política que escapa a los sentidos comunes del capitalismo y a lo políticamente 'razonable', aunque por la derecha, como por ejemplo ha hecho Trump. La izquierda necesita construir un nuevo marco de sentidos comunes para nuestro tiempo, necesita desgarrar tanto el tablero político como el eje de la derecha, necesita virar a la izquierda, mucho, e imbuir una crítica estructural del sistema capitalista dentro del más ardiente y luminoso de los sentidos comunes, no solo pensando en la política inmediata y como respuesta al giro conservador de la derecha, sino de forma inevitable a la hora de empezar a pensar el modelo alternativo de sociedad, post capitalista, ecológico, feminista y radical e indudablemente democrático que el futuro va a requerir y que la izquierda tiene que plantear. Para ello en el futuro próximo seguramente habrá de enfrentar difíciles debates, duras confrontaciones para con los distintos significados de lo que la 'izquierda' es, más allá de una crítica en distintos grados de las maldades del capitalismo. Estos debates habrán de incorporar seguramente una profunda reinvención de la dialéctica y la estética, una dura autocrítica, y un gigantesco esfuerzo de imaginación en cuanto a la fabricación de nuevas formas de apelar a la unidad de clase (o algo parecido). Un giro a la izquierda, en definitiva es necesario como forma de constituir una primera frontera contra el giro radical de la derecha, dialécticamente, políticamente hay que resquebrajar los viejos consensos de la normatividad que hoy en día le hacen el juego a la derecha, hay que desnudar el 'centro político' y la falsa sensatez que encarna, y mostrarlos como la ficción que son. Para eso hay que estirar el eje político, hay que redescubrir una desconocida frontera a nuestra izquierda que permita reabrir un camino para la deconstrucción progresiva de las normalizaciones culturales y discursivas que son el sustrato de la derecha, solo así se le puede disputar el eje político. No pasa nada por decir que renegar de la memoria histórica, el aborto, y la inmigración como hace Casado o apelar al ultranacionalismo excluyente como Rivera es propio de la ultraderecha más radical y reaccionaria, no pasa nada tampoco por decir que una sociedad donde el 10% de la población posee el 53,8% de la riqueza es una sociedad estructuralmente enferma (de hecho es de sentido común). No pasa nada por decir que el capitalismo genera monstruos que atentan contra el propio significado de la democracia, como el hecho de que algunas grandes empresas y grupos de presión tengan más poder político y económico que muchos países, quebrando la soberanía popular, y en definitiva, no pasa nada por decir que hay riqueza en el mundo y en nuestro país en concreto, sobradamente suficiente para que todas y cada una de las personas tengan el mínimo material necesario para una vida digna, pero que la forma en que nuestras sociedades han evolucionado ha naturalizado y normalizado la desigualdad y el sufrimiento como un aspecto inherente a la vida humana. En definitiva no pasa nada por decir de una vez por todas que no tenemos por qué considerar normal lo que no lo es, y qué hacer política es también eso, darle a la gente la oportunidad de encontrar nuevos sentidos que reconozcan como suyos y que en cuanto enraizados en su realidad material les permitan en definitiva avanzar hacia la libertad y la felicidad, pero esos sentidos hay que crearlos y lucharlos, hay que arrancarlos de la oscuridad donde los conservan sus dueños.

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