miércoles 1/12/21

No quiero que me salven

Carlos Castilla del Pino

La Humanidad siempre ha tenido Salvadores. Unos religiosos, otros laicos. Los hay profesionales, que cobran por su trabajo y los hay que sólo piden la voluntad. Para aclarar las cosas nos referimos no a la salvación del cuerpo sino a la del alma o de la mente. El fenómeno del éxito de la autoayuda en todos los campos es un signo evidente. Sólo en el campo editorial se ha pasado desde unos años de ser una división marginal, a ocupar colecciones y estanterías de editoras y librerías. La desaparición de los rituales[1] y el vacío que nos ha dejado la desaparición de valores, sin su sustitución por unos nuevos, con la proliferación caótica de charlatanes con elixires mágicos sin solidez, nos ha sumido en una profunda desorientación.

Los predicadores americanos, las iglesias y sectas modernas agilizan las fórmulas de salvación a través de  espectáculos integrales: el sermón se parece más a una arenga electoral y se integra en un musical bien montado, que nos recuerda a Broadway. La verdad es que las religiones siempre han estado en la avanzadilla de las actividades en la salvación colectiva, las terapias individuales y de grupo. Ahora cuentan con competidores.

A excepción de en el Himalaya vivimos en una sociedad estresante y conflictiva, y los psiquiatras y psicólogos se enfrentan a una demanda que les desborda. Las soluciones individuales no sirven, porque las causas son sociales y políticas. El individuo, solo, no puede enfrentarse a un mundo que le acosa constantemente, le atosiga para que consuma, le obliga a decidir sobre disyuntivas y escenarios que no domina ni controla, se enfrenta a entes inaccesibles inhumanos que le imponen sus condiciones, como las eléctricas, las entidades de seguros, los bancos, los pequeños agricultores frente a las grandes superficies. Controlamos cada vez menos aspectos de nuestra vida.   

El capitalismo y sus expertos  realizan un trabajo planificado para debilitar, ayer física y hoy psicológicamente,  a  amplios sectores sociales de los países desarrollados. Los profesionales, que en su mayoría lo saben, no hacen otra cosa que tratar de fortalecer, adormecer, relajar, anestesiar o acorazar al individuo, puntualmente. La combinación de medicamentos relajantes y estimulantes o su sustitución por el consumo creciente de diversas drogas, es indicativo[2]. Pero saben que ahí fuera el ambiente es tóxico. Entornos laborales, familiares, escolares,  políticos, sociales, vecinales generan conflictos habitualmente. Y en ellos trascurre nuestra vida cotidiana que se ve directamente afectada por presiones, contradicciones, agresiones, conflictos, o que se producen en nuestra presencia.

Es muchas veces el poder dominante la causa origen de las patologías mentales. Algunos psiquiatras de izquierdas ya han planteado la integración consciente en la lucha de clases para superar estas patologías. Es el afrontamiento y no la huída la que nos salvará. Y el afrontamiento sólo puede ser organizado y colectivo, dada la potencia del enemigo. Porque también hay un ejército de psiquiatras y psicólogos que actúan de colaboradores activos y pasivos, consciente e inconscientemente del poder establecido y dominante. Para los que se sorprendan, sólo recordarles que psicólogos y psiquiatras han desempeñado un papel significativo en la manipulación, experimentación y en la tortura en guerras y dictaduras. En el franquismo es conocido el caso de los psiquiatras Vallejo-Nájera y de López Ibor. Y fue precisamente el psiquiatra Castilla del Pino el que discrepó y se enfrentó a una psiquiatría del poder[3]. En el caso más suave y descarado el tratamiento parte de un análisis que se explicita como culpabilización de la víctima[4]. En latín paladino: echarle la culpa al muerto.

En varios casos de procesos judiciales, por todos conocidos, el PP ha señalado como culpable a un individuo que había muerto o había “abandonado” el partido, que para ellos es lo mismo, con una “indemnización en diferido”. Paradójicamente,  en la sociedad actual los tramposos nos utilizan manejando sus cartas y las nuestras. Nos enfrentamos a la vez a una inducción a la victimización con la que el sujeto se disfraza para obtener beneficios materiales y psicológicos excediéndose en sus derechos. Es el caso de los tramposos profesionales en seguros, tanto privados como de coberturas de la Seguridad Social y Pensiones[5].  O el caso del comisario Villarejo que se considera víctima.

Se producen también situaciones traumáticas instantáneas y graves. Las estadísticas de las Administraciones españolas nos demuestran que durante los últimos años de crisis han crecido visiblemente los comportamientos suicidas con resultados, en muchos casos, luctuosos. Últimamente las estadísticas muestran que las muertes por suicidio han superado las muertes por accidentes de tráfico. Los especialistas se quejan de que el tratamiento por parte de las Administraciones sean más de ocultar estas muertes que de incrementar el personal público dedicado a prevenir este tipo de sucesos.

Pero lo más corriente son los microtraumas repetitivos que van produciendo un deterioro lento que acaba por causar daños graves e irreparables. El cerebro es un sistema complejo que vamos descubriendo lentamente y del que cada vez se sabe más. Las fases de su desarrollo y maduración, su sensibilidad y percepción de los fenómenos externos y su memorización; su plasticidad tiene aspectos muy positivos pero también negativos: podemos mejorar su funcionamiento pero también empeorarlo, en algunos casos irreversiblemente. La buena salud mental va a ser cada vez más importante en sociedades más envejecidas. Lo psíquico se soporta en un soma que debe de ser sano. Y sobre ello es posible levantar una mente sana, pero eso no está determinado solamente por el soma, que es necesario pero no suficiente.

El cerebro es el órgano más complejo del ser humano y el que se ha desarrollado más para que seamos humanos. El cogito ergo sum de Descartes nos define. Hay que hacerlo trabajar, hay que ejercitar el cerebro. La intensificación de las sinapsis neuronales detectadas por los neurólogos en sus investigaciones sobre cerebros en vivo y en tiempo real, cuando el sujeto piensa, o debe tomar decisiones,  o es sometido a conflictos, denota esta influencia del exterior. El mayor desarrollo de determinadas áreas cerebrales y sus conexiones sinápticas, de individuos que desempeñan actividades relacionadas con esas áreas, es indicativo de la plasticidad y de las posibilidades de mejora  y desarrollo del funcionamiento cerebral del ser humano. Es el caso de músicos, invidentes, matemáticos, etc.

Las adicciones comportamentales generadas, bien por sustancias químicas exteriores o por acciones repetitivas, que pueden tener sus orígenes en la descarga de dopamina y sus resultados placenteros, y estimulantes de nuevas recaídas, son otros de los mecanismos cerebrales de preocupación actuales. Su estudio nos debe permitir intervenciones curativas y desarrollos saludables del comportamiento cerebral y humano. Se puede controlar desde el exterior, tanto por el propio individuo como por un conductor externo. Y aquí aparece la bioética en la medida en que se manipulan comportamientos íntimos del individuo. Al igual que el conocimiento del ADN de cada individuo, hoy perfectamente posible, puede ofrecer información muy sensible a terceros, la capacidad de intervenir y manipular los comportamientos individuales desde el propio cerebro nos coloca socialmente en posiciones muy peligrosas.

Sobre estos temas, las películas de ciencia ficción han partido siempre de laboratorios secretos y sofisticados que manipulan a sujetos individuales con aparatos complejos. La realidad, como siempre, supera a la ficción. Con un aparato como la televisión, las poderosas cadenas privadas llegan a millones de personas, trabajan con éxito para cambiar los comportamientos de consumo, políticos, ideológicos, religiosos, culturales, sociales.

Sólo tenemos un arma para luchar contra el poder, la fuerza, la capacidad y el dinero de estos medios que se retroalimentan con nuestros datos personales y nuestras características que les ofrecemos inconsciente y gratuitamente: La información plural y contrastada, pero sin ruido (sin exceso inabarcable), la formación y la crítica[6] como fundamento de una verdad propia pero sujeta al debate y revisión permanente.

Si no es así caeremos en las formas más simples de referencias, para el aprendizaje y la mímesis, con las que inconscientemente vamos a operar en nuestra vida cotidiana. Vamos a actuar como los personajes conocidos de los programas de reality, con los que más nos sintamos identificados en cada momento, vamos a sufrir  y a ser felices cuando, y por las mismas o parecidas causas, que ellos lo son. Vamos a interpretar el mundo como sus guionistas nos dictan. Vamos a amar y a odiar como ellos quieren. Vamos a condenar a “sus malos” y perdonar a “sus buenos”.  Nos inoculan con comportamientos que están perfectamente programados y planificados  por guionistas y psicólogos profesionales de su modelo de sociedad. Por eso las marcas los utilizan cada vez más  para convencernos en la compra de sus productos, desde el mismo canal y programa.

Ahora que estamos confinados tanto tiempo y recurrimos al Gran Hermano que nos “entretiene”, o al twitter, o al whatsApp, tengamos precaución con el “diablillo” que se esconde dentro. Al igual que el personaje de Defoe, el náufrago Robinson Crusoe, salvémonos con nuestros propios medios y saldremos más fuertes. En el peor de los casos seguro que Dios nos ayuda sin intermediarios. O nos envía a Viernes en compañía desinteresada para salvarnos solidariamente.

[1] BYUNG-CHUL HAN. La desaparición de los rituales.  Herder. 2020.

[2] Las encuestas y estadísticas sobre consumo de fármacos del Ministerio de Sanidad así lo reflejan.

[3] CARLOS CASTILLA DEL PINO. Casa del Olivo. Autobiografía (1949-2003).. Tusquets. 2004.

[4] LUIS MONTIEL , ISABEL PORRAS (Coordinadores) De la Responsabilidad Individual a la Culpabilización de la Víctima. El papel del paciente en la prevención de la enfermedad.  Doce Calles. Colección Actas.. Madrid 1997.

[5] Son algunos de los hechos probados en el conocido caso de los EREs de Andalucía.

[6] Crítica es una palabra que remite al griego krino, que significa  “juzgo”, “valoro” “interpreto”. Cada juicio, cada valoración implica una crisis de las ideas que hasta ahora han regulado nuestra vida, y que tal vez ya no son adecuadas para  acompañarnos en la comprensión de un mundo que se transforma incluso sin nuestra colaboración. El que no tiene el valor de abrirse a la crisis, renunciando a las ideas-mito que hasta ahora han rendido su vida, no gana en tranquilidad, sino que se expone a la inquietud propia de quien cuanto menos entiende menos se orienta.

Los mitos de nuestro tiempo. Umberto Galimberti. Ed. Debate.

No quiero que me salven