martes 27/10/20

Hacia una nueva organización poblacional

Se va confirmando la crisis de la Gran Ciudad ante una nueva fase histórica. En los tres artículos que publiqué en nuevatribuna.es al principio de la pandemia, allá por el mes de Mayo, analizaba entre otras cosas la estrecha vinculación del nacimiento y vida de la ciudad occidental actual a la burguesía (de burgo), como institución  en la que se desarrolla y desenvuelve el capitalismo y las transformaciones paralelas del capitalismo y su ciudad, como expresión y necesidad del tipo de organización poblacional que le ha caracterizado en cada una de sus fases. Lugar de mercado para los comerciantes y mercaderes; centro de poder para el capitalismo industrial y financiero; megalópolis para el capitalismo global.

Desde las ciudades se ha dirigido y se dirige el mundo. Alrededor del poder de la burguesía, instalado en la ciudad, se conforman las instituciones políticas, económicas, comerciales, financieras, jurídicas, culturales. Las sedes sociales de las grandes multinacionales se instalan en ellas para influir con sus lobbies. Infraestructura y superestructura y cada vez más de la última. Dialogan de tú a tú con los Estados y compiten con ellos por el poder político. He ahí Barcelona y Madrid.

A ellas acuden todos los ambiciosos, los oportunistas, los depredadores, los menesterosos, los pedigüeños, los cortesanos. Lugar en el que se desenvuelven con desparpajo los desconocidos, los delincuentes de guante blanco, los expertos en aglomeraciones, los embozados, los charlatanes.

También llegan los que huyen de la miseria, del despoblamiento ininteligible, de la falta de oportunidades, de la sed de conocer otros mundos, de empezar nuevas vidas, en busca de Eldorado. Éstos, cuando se sumerjan en el nuevo mundo, se van a sentir frustrados, engañados, desubicados, y van a tratar de volver a cargar sus pilas a sus orígenes. No saben nadar en sus tortuosas aguas y van a dar manotazos a diestro y siniestro para no ahogarse. Van hacer de tripas corazón. O van a enfrentarse conflictivamente con ese mundo desconocido e incomprendido para ellos. De aquí salen los jóvenes de “Deprisa, deprisa” y las canciones rotas de Los Chunguitos. Pero también los vendedores de humo, los políticos cuneros. Éstos, en la mandanga, como diría “el Bigotes”, aquellos en los fauburg: Vallecas, Usera, Villaverde, Fuenlabrada, y tantos y tantos sures.

Esa es la Gran Ciudad que nos ha dejado la burguesía. Una ciudad son sus ciudadanos, nos dejó dicho un conocido urbanista. Y hoy la mayoría de sus ciudadanos la sufren. Buen análisis el que públicamente han hecho estos días muchos ciudadanos de a pie: Nos prohiben beber cerveza pero nos fuerzan a servirlas.

En esa carrera por convertir un símbolo de clase en un desiderátum, a costa de todo, la burguesía se ha encontrado con la barrera de nuestra biología. Si fuera creyente diría que es la soberbia; y sin ser creyente, lo digo. Tantos años sometidos a reyes ineptos designados por los dioses, a una naturaleza que les ocultaba los secretos de la vida, han descubierto la verdad y han decidido matar al padre. Y han caído en el error de sustituirle. Es la soberbia del negacionista, del supremacista, del que no entiende sus posibilidades, sus medidas, sus límites. El hombre es la medida de todas las cosas (Protágoras), pero las cosas también miden al hombre.

A algunos les confunde lo que les parece una vuelta hacia atrás. En realidad se trata de una obsesión patológica, alrededor de la cual se construye un sistema que aparece imprescindible. Una huida hacia delante. El monstruo que hemos construido crece sin nuestro control desmesuradamente y nos obliga a dedicarle cada vez más recursos que resultan menos eficientes socialmente. En las grandes ciudades se generan las desigualdades más radicales, Los niveles más altos de vida y los más bajos. Los lujos más refinados y la diaria Busca en el Contenedor. ¡Ay!, si Don Benito levantara la cabeza en el centenario de su muerte. Ahora no tienen cocina para utilizar el carbón. Y lo mismo en la salud, en la cultura, en las infraestructuras, etc. Una minoría la goza y una mayoría la sufre y la mantiene.

Precisa recursos en grandes cantidades y genera basura en más cantidad. Su voracidad no tiene límites y con su lema, Citius, Altius, Fortius, compiten con otras ciudades del mundo en el nuevo Olimpo laico y burgués.

Nos roba nuestra salud, nuestro tiempo, nuestra voluntad, nuestro sueldo. Pero seguimos pegados a ella. La necesitamos y vivimos en ese malestar con nosotros mismos, como el adicto, incapaces de de-construirla y reconstruirla con otras funciones y formas radicalmente diferentes. En diez siglos nuestros genes se han configurado como urbanitas. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio; contigo porque me matas y sin ti, porque me muero.

Hacia una nueva organización poblacional