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miércoles. 10.08.2022

El discreto encanto de la clase ociosa

 

Las conductas medievales que diferenciaban al siervo del señor durante la Edad Media persisten hoy adaptadas (o sin adaptar, tampoco nos vamos a engañar) a los nuevos tiempos  y convenientemente camufladas.

Las exigencias del derroche impuestas por el decoro absorben la energía sobrante de la población en una competencia valorativa y no dejan margen para ninguna expresión de la vida que no tenga carácter valorativo……

Los cánones del decoro son resultado de una elaboración del principio de comparación valorativa y, en consecuencia, operan en el sentido de inhibir todo esfuerzo no valorativo y de inculcar la actitud egoísta. Thorstein Veblen. Teoría de la clase ociosa.

La descripción y análisis que realiza T. Veblen a todo lo largo de su libro parte de una diferenciación esencial entre trabajo útil y productivo, pero “vulgar”, rutinario de la clase trabajadora, como clase inferior, en todas las etapas históricas; y actividades, improductivas, no rutinarias, propias de una clase superior, como la guerra, la caza mayor, la política, los deportes, la ciencia, el oficio sacerdotal, etc. que conforman a “la clase ociosa”.

El juicio popular siente como intrínsecamente distintas tareas como la guerra, la política, el culto y las diversiones públicas, de un lado, y el trabajo relacionado con la elaboración u obtención de los medios materiales de vida, de otro. La línea de demarcación no es la misma que existía en el esquema bárbaro, pero la distinción fundamental no ha caído en desuso.

Nuestros reyes, desde antiguo, han sido habituales y reconocidos cazadores; y el Generalísimo practicó la caza mayor en los estupendos cotos del Patrimonio Nacional y la pesca mayor desde el Azor

Aunque este tipo de análisis parezca anticuado, y superado por la realidad actual, no lo es. Acabamos de conocer la noticia de la matanza masiva de venados en el próximo Portugal, en una montería en la que han participado, al parecer, un grupo de ciudadanos españoles. Evidentemente este tipo de acciones queda lejos ya de la primitiva necesidad fisiológica y se enmarca plenamente en el análisis de Veblen. Nuestro amado emérito abanderaba en éste, como en otros temas de los reseñados por Veblen, la representación patriótica de nuestra propia “clase ociosa”. Nuestros reyes, desde antiguo, han sido habituales y reconocidos cazadores; y el Generalísimo practicó la caza mayor en los estupendos cotos del Patrimonio Nacional y la pesca mayor desde el Azor. Es la actualización del “cazador” salvaje primitivo y la constatación de su pertenencia a la clase ociosa.

No es baladí el tema. Según el periódico El Mundo[1], nuestro país destaca en la actividad cinegética por el espacio dedicado a cotos de caza, por los ingresos obtenidos en esta actividad, por el impacto económico en actividad y empleos directos e indirectos y por la acumulación de la propiedad en un número reducido de familias, por otra parte muy conocidas. Como en otros temas, conviene diferenciar la cinegética como actividad de ocio y disfrute deportivo[2], con significados simbólicos, litúrgicos, teatrales, de ver y ser visto, de puro negocio (recordemos la famosas películas La Caza, Los santos inocentes o La escopeta Nacional) con la caza de supervivencia, complementaria de ingresos precarios del campo[3].

Como siempre nos enfrentamos a la cara y la cruz de  la moneda. Ocio versus actividad productiva, clase ociosa versus clase productiva. En todo caso, nos enfrentamos en algunos casos a unos excesos execrables que nos muestran las adicciones exhibicionistas de algunos que no son capaces de ocultar y disimular sus reales actitudes como clase ociosa y la ejercen sobre la masa. Sería conveniente que “se manifestasen”, en el sentido de que se expresaran públicamente sobre este hecho, los amantes del arte cinegético y nos expliquen la parte de arte que no hemos entendido.

En este y otros temas es habitual que los defensores de ese ocio traigan a colación análisis antropológicos, etnológicos, históricos, por supuesto económicos, últimamente incluso ambientalistas que, nos dicen, conforman una cultura propia, identitaria, con aportaciones peculiares a la humanidad.

Por supuesto se suelen aportar, para mayor solemnidad, frases y consideraciones de eruditos conocidos en otros temas. Se aportan menos  estudios de biólogos, ambientalistas, conservadores de flora y fauna, etólogos, expertos en evolución, etc. Algunos de estos últimos piensan que  esta y otras pandemias pueden tener alguna relación con la evolución actual de las especies y la influencia del ser humano en ese proceso.


[1] EL MUNDO. 15.11.2020.

[2] CONDE DE YEBES. Veinte años de caza mayor. Prólogo de José Ortega y Gasset. Ediciones El Viso. Fecha de publicación original 1943.

[3] LUIS Berenguer. El mundo de Juan Lobón. Editorial Clan. Prólogo de Miguel Delibes.  Fecha de publicación original 1967

El discreto encanto de la clase ociosa