sábado 28/11/20

Discépolo se quedó corto

Si una única objeción hay que poner a la sublime letra de ‘Cambalache’ es que Enrique Santos Discépolo se quedó corto en su cálculo cronológico. No solo en el siglo XX “todo es igual, nada en mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”. En el XXI, al menos en este país hermano de la Argentina, el término equidistancia parece acuñado para favorecer un totum revolutum en el que todos parezcan lo mismo aunque no se sea ni parecido. Las responsabilidades políticas, como las jerarquías militares y las bebidas alcohólicas, tienen grados.

El empeño en poner a la misma altura a unos y a otros en la gestión de la gravísima crisis sanitaria actualiza otro concepto siempre latente en la sociedad. Aludo al de ‘Los Políticos’ escrito en mayúsculas porque, de tan uniforme, parece que es el nombre de un grupo de pop de la Movida madrileña en vez de una clase dirigente en que, como en botica y en el periodismo, hay de todo.

Si alguien, y claro que lo hay, pretende poner a la misma altura el talante del ministro de Sanidad con el orfeón de hooligans comandado desde la Puerta del Sol por el tal Miguel Ángel Rodríguez, está en su derecho. Como, en justa reciprocidad, uno está en el derecho de decir que no se lo creen ni ellos ¿Qué ha habido errores desde el Gobierno Central? Sin duda. No podía ser de otra manera en una pandemia desconocida y de estas dimensiones.

Unos momentos en los que dimite el consejero de Políticas Sociales de su partido y al de Economía, también de Ciudadanos, Ayuso ni se molesta en invitarle a una cumbre sobre la economía madrileña

Dicho lo cual, de equivocarse de manera puntual en la gestión a echar de manera estructural gasolina al fuego media un abismo. El que va de tratar de buscar soluciones a pelear para que no se encuentren aunque esté en juego la vida de miles de ciudadanos. Tan duro como constatable. No para el inefable Teodoro García Egea, personaje político que contrastada habilidad en el lanzamiento de aceitunas y a quien se espera para ver si, más allá de ese espíritu competitivo y su tendencia a la altisonante patraña, da algo más de sí.

Por lo visto, el Gobierno que todavía preside Ayuso siempre se ha guiado por criterios científicos mientras que Moncloa lo ha hecho por aviesas intenciones políticas. Tener tanta cara debe doler, pero Teodoro ni se inmuta. Tampoco lo hace mucho el cómplice necesario de que la presidenta madrileña siga en su cargo. Ignacio Aguado, el hombre-perfil, anda en las redes poseído por el espíritu de Confucio. Reparte citas de gran enjundia del tipo “la búsqueda de consensos no es una opción, es una obligación moral en estos momentos”.

Unos momentos en los que dimite el consejero de Políticas Sociales de su partido y al de Economía, también de Ciudadanos, Ayuso ni se molesta en invitarle a una cumbre sobre la economía madrileña. Pensaría que nada pinta la persona que gestiona, o debería, la economía en su gabinete en una reunión en la que se va a hablar precisamente de eso. Ella es así de transgresora. Unos desplantes que Aguado se come, con o sin guarnición, amarrado a ese duro sillón de la vicepresidencia que ocupa y que no quiere dejar caliente para nadie. Normal. No en cualquier oficio te hacen fotos y te graba la tele por inaugurar un dispensador de gel. Cualquiera en su situación lo entendería.

Discépolo se quedó corto