sábado 19.10.2019

El relato de 'o César o nada'

Se atribuye el grito de “o César o nada” al compromiso del ejército con Julio César frente al Senado al cruzar el Rubicón e iniciar con ello la guerra frente a Pompeyo. La frase tiene también el objetivo propagandístico, que luego Julio César desarrolla en su historia de la guerra civil en Roma, de reclamar la legitimidad de su causa y la inevitabilidad de la misma y por contra para impugnar la cerrazón de su oponente Pompeyo. Uno de los primeros grandes relatos políticos de la historia.

También tiene un significado en el Renacimiento y la lucha por el poder de César Borgia. Algo así como que nada por debajo de la responsabilidad que le corresponde, que es por supuesto el máximo.

En España, a falta de una negociación política propiamente dicha, y casi después de tres meses desde las elecciones, todo va también de relatos. Relato sobre la no negociación, relato de la investidura fallida y posiblemente preparación de un relato preelectoral. La guerra por otros medios.

También va de poder sin disimulo, entre un César en alza que no quiere compartir el gobierno acogiéndose a la ausencia de precedentes, y otro a la baja que quiere aprovechar la oportunidad de hacerlo para ser un nuevo precedente. Todo legítimo aunque negociable.

Lo de preservar la coherencia del gobierno de uno, tanto como la garantía del cumplimiento del programa del otro, son racionalizaciones a posteriori, más que razones. Ha habido experiencias de todo: gobiernos monocolor sin coherencia interna alguna y gobiernos en minoría con procedimientos de garantía y evaluación de los acuerdos. Y lo contrario. Tampoco las discrepancias sobre Cataluña y la previsión de una sentencia contestada son convincentes, habida cuenta de lo que ya van a decir apoyos necesarios como Esquerra y la posibilidad de pactar las diferencias. Sin embargo, ambos han utilizado las posiciones de principio como pie forzado para ni siquiera poner las bases de una negociación mínimamente creíble. Ni interlocutores, ni mesas de negociación, ni calendario. Incomprensible en quien negoció antes de ayer.

Ni PSOE ni Podemos ha explicado por qué no valía como base la confianza generada para la moción de censura, y como argumento inicial el acuerdo presupuestario de hace unos meses

Ninguno ha explicado por qué no valía como base la confianza generada para la moción de censura, y como argumento inicial el acuerdo presupuestario de hace unos meses. Tampoco ha explicado nadie cómo es posible que los aliados de la moción de censura y los presupuestos no hayan compartido una mínima estrategia y un calendario electoral, conscientes de que lo que tenían por delante solo podían hacerlo juntos y aprovechando las sinergias.

Va solo de relatos, entendidos estos más como ficción que como historia de lo ocurrido, nada más y nada menos que una interpretación sobre lo que interesa que crean los ciudadanos, por parte de cada cual, de una no negociación (como los no cumpleaños de Alicia), y en relación a la legitimidad de cada uno en el conflicto abierto, este sí, entre las organizaciones de izquierdas.

El relato del PSOE y del presidente en funciones comienza con la celebración del resultado electoral y la filtración a los medios de la disposición inicial del Gobierno a contemplar un Gobierno de coalición. Lo que se responde entonces desde Unidas Podemos es la disposición a la aceptación del carácter social de los ministerios y no de los ministerios denominados de Estado.

El relato cambia radicalmente con motivo de las Elecciones Autonómicas y Municipales. El retroceso de UP, previsible por otra parte por la pluralidad de las confluencias y la división interna, sirve de argumento para considerar que han quedado mermadas las fuerzas de la contraparte en la negociación y, por tanto, que para el Gobierno en funciones queda descartada la coalición. Una sorpresa para UP que, por supuesto, no comparte que el peor resultado de Autonómicas y Municipales se proyecte con carácter retroactivo sobre las Generales y sus aspiraciones a un Gobierno de coalición.

Desde entonces, el presidente se ha dedicado a otro relato y a otro espectro político. Este, fundamentalmente retórico y de desgaste del oponente, aplicando toda la presión primero sobre Ciudadanos y sus rescoldos centristas, para culminar exigiéndole al PP lo que los socialistas (con los que por cierto no estaba de acuerdo Sánchez) le facilitaron a Mariano Rajoy.

La partida continúa con unas tablas 'aparentes' cuando en la primera reunión oficial entre Sánchez e Iglesias adoptan el eufemismo del Gobierno de cooperación. Eufemismo que les permite hablar de un punto de encuentro para dar continuidad al diálogo, pero todavía no a la negociación. Nadie al parecer está interesado en un movimiento que desbloquee la partida. Sin embargo, el eufemismo no era tal punto de encuentro, sino un término ambiguo con un significado a la carta para los interlocutores, y por tanto, materia de discordia y luego de más desconfianza.

Desde entonces, las coincidencias fueron cada vez a menos y las exigencias y divergencias cada vez a más: mientras Unidas Podemos mantenía la exigencia del Gobierno de coalición y añadía la representación proporcional en el mismo, el PSOE interpretaba cooperación como participación en determinados segundos niveles del Gobierno como límite absoluto.

Es entonces cuando el relato se complica con el relato del relato del oponente: con la especie de que el problema radica en la pretensión de UP de la entrada de Pablo Iglesias y la Vicepresidencia del Gobierno, y la correspondiente del veto de Sánchez a Iglesias, aunque finalmente uno y otro la hayan negado.

Solo in extremis, y no sé si decir in articulo mortis, han aparecido los programas y sus contenidos, aunque en ausencia de negociación, como posiciones de parte o para afear los términos del programa del adversario o de nuevo de las exigencias o vetos en la composición del Gobierno, motejándolo incomprensiblemente unos y otros como un debate de sillones, como si no fuese tan político el qué, como el cómo y el quién. Otra vez atrapados por los prejuicios populistas sobre la política. El relato, por tanto, también se encona sobre el contenido del programa, el uno que si irrealizable y el otro que un nuevo retroceso. Otra razón más para el disenso.

Más adelante el Gobierno en funciones vuelve a la propuesta inicial y acepta el gobierno de coalición, pero con la condición de que los de UP sean independientes de reconocido prestigio, desencadenando con ello el rechazo airado de UP al veto explícito a sus dirigentes, en vez de aprovechar el resquicio que se abre a su demanda de Gobierno de coalición.

Lo que sí han sido post mortem han sido los insultos y las posteriores llamadas a recuperar la negociación. Una negociación que por otra parte nunca existió. Ahora, prácticamente al borde del debate de investidura, vuelve por parte del presidente en funciones la llamada a la responsabilidad de las derechas. Un recurso inútil que mueve a la melancolía.

Solo queda saber si habrá una segunda parte. Eso sí, con mucha más desconfianza y menos posibilidades. Un septiembre de incertidumbre con la más que previsible sentencia del Procés. Entonces las palmas de la derecha a la participación de UP y al Gobierno de coalición se volverán lanzas y la exigencia de convocatoria electoral adquirirá tintes de drama. Precisamente, porque la derecha habrá culminado sus alianzas y tendrá las manos libres para una campaña que achique espacios propios y desanime la participación de las izquierdas.

El contexto también juega a apuntalar o desbaratar los mejores relatos. Porque César solo hay uno y solo el Cónsul era colegiado.

El relato de 'o César o nada'