Dice Attali en su libro 'El Orden Caníbal' que “para negar la muerte, el capitalismo necesita comer la salud, hacer de la vida una mercancía, hacer del hombre un robot, consumidor del robot, robot caníbal” 

Leía hace unas semanas, con sorpresa y alarma, en los datos de la Encuesta Nacional de Salud, que casi nueve de cada diez españoles acudieron al médico a lo largo del año pasado. Dato que, además, no ha dejado de crecer desde el inicio de la encuesta en los años 80 del pasado siglo, y que sigue haciéndolo de forma progresiva.

En paralelo, la medicamentalización se ha incrementado casi el doble que la frecuentación de las consultas: en 2012, el 56% de la población había tomado medicinas en las últimas dos semanas. Ahora dicho porcentaje asciende hasta el 65%. Este dato objetivo va unido a otro subjetivo: el deterioro en la percepción del estado de la salud de los españoles, que así mismo es peor que hace un lustro. Hoy son más los ciudadanos que creen que su salud es "mala o muy mala" (757.800 contra 604.600), mientras ha descendido ligeramente -del 75,27% al 74,02%- el porcentaje de población que considera gozar de buena salud. En resumen, somos una sociedad enferma o, mejor dicho, que se percibe a sí misma como tal y que recurre a la sanidad como solución a sus malestares.

La consecuencia de tan alta frecuentación son, con esta alta velocidad de incremento, las consultas eufemísticamente llamadas de alta resolución que, por su escaso tiempo, acaban en más medicamentalización o en la utilización de técnicas diagnósticas, en parte innecesarias, y en las consiguientes listas de espera convertidas en listas de desespera para los pacientes y el sistema de salud.
En este clima se ha visto favorecida, con un incremento del 3%, la privatización de la atención sanitaria entre aquellos sectores minoritarios que pueden permitírselo, provocando con ello una merma en la equidad en materia sanitaria.

Según la misma encuesta, en España hay un 12,4% de la población que no puede acudir al dentista, un 3% que no puede adquirir medicamentos y un 2,32% que no puede permitirse la atención médica por razones económicas. Las políticas de austeridad y los recortes han tenido como víctimas a los más débiles. Frente a esta deriva, resulta prioritaria la recuperación del carácter universal en el acceso a la atención sanitaria y, por otro lado, han surgido estrategias preventivas de No Hacer para reducir la yatrogenia. Unas medidas claramente insuficientes ante la magnitud de la crisis de la relación médico-paciente y de la medicina clínica, ahora sustituidos por la técnica y la tecnología sanitarias.

La salud pública y los determinantes sociales de la salud siguen siendo los grandes olvidados, aunque la misma encuesta demuestre su enorme importancia. Casi una de cada diez mujeres sufre ansiedad crónica o depresión, en un porcentaje que duplica al de los hombres y, si bien el tabaquismo ha descendido, éste ha sido más que compensado con el incremento del consumo diario de alcohol, el sedentarismo y la obesidad. 

Pero lo más importante sería abordar las causas económico-sociales, ambientales y de género que llevan a la ciudadanía a auto percibirse como enferma y susceptible de tratamiento médico. Ese es el reto estratégico del modelo social. Nada apunta a que el cambio demográfico o las nuevas formas de enfermar, crónicas y pluripatológicas, sean causa suficiente para tal explosión de la demanda sanitaria. Una parte de la explicación es la dinámica de mercado introducida en el sector sanitario, tanto en las ofertas de medicamentos y prótesis, como en la demanda como consumidor inducida en la población. Otra buena parte de esta demanda sustituye malestares personales y sociales no cubiertos, que finalmente acaban medicalizándose y medicamentalizándose.

La pregunta es: ¿cuáles son estos desórdenes y patologías políticas o sociales percibidas que no encuentran salida en el ámbito familiar, afectivo, colectivo e institucional? ¿Cuánto del malestar del desempleo, la precariedad, la desigualdad social, ambiental y o de género, las relaciones de dominio o competencia, la insatisfacción, la anomia, la neurosis o el acoso en sus diversas formas acaban en las consultas médicas o psicológicas?

Otra noticia reciente ha sido la decisión del Gobierno de devolver el derecho ciudadano a la salud y la respuesta de algunos consejeros del PP interrogándose por el coste de la medida. No se han preguntado, sin embargo, cuánto nos ha podido costar volver atrás en la universalización del modelo sanitario en términos de salud y en gasto sanitario. Algunos estudios recientes demuestran que demasiado.

Ambas noticias, no sé muy bien por qué, trajeron a mi mente el libro que más me impactó en mi época de estudiante politizado de Medicina: “El Orden Caníbal”, del intelectual francés Jackes Attali.

La tesis del libro es el ocaso de la medicina, y en particular de la relación medico-enfermo tal y como la conocíamos el siglo pasado, para convertirse en una técnica de reparación de los cuerpos y de administración de los riesgos para la salud. En el inicio fue el orden de los dioses y el sacrificio para acallar al mal; luego surge el orden de los cuerpos en que se trata de aislarlo; ya con el nacimiento de la economía industrial surge el nuevo orden de las máquinas, donde el médico ocupa el lugar del sacerdote y el policía con la higiene y la clínica. Hoy nos encontraríamos en plena crisis de transición entre el orden de las máquinas y el de los códigos, donde el saber informático y genético sustituyen a la dinámica.

Casi cincuenta años después de su publicación, el libro no ha perdido apenas su vigencia, mostrando además una envidiable capacidad de anticipación. Dice Attali que “para negar la muerte, el capitalismo necesita comer la salud, hacer de la vida una mercancía, hacer del hombre un robot, consumidor del robot, robot caníbal”.