Vacaciones, desigualdad social y cambio político

Fotografía: Fundación Educo
Fotografía: Fundación Educo

Algo más de un tercio de la población en 2007 y en 2017 no pudo irse de vacaciones fuera de su casa al menos una semana al año, según la Encuesta de Condiciones de Vida 2017 del INE

Segunda mitad de julio y agosto, el gran periodo vacacional. Millones de viajes y turistas. Congestión de carreteras, aeropuertos y estaciones de Renfe y autobuses. Imágenes repetitivas de caravanas a las playas y en gran parte de las carreteras del litoral. Oportunas huelgas que intentan ejercer la máxima presión para lograr sus reivindicaciones y crean trastornos varios a turistas comprensivos o cabreados. ¡Gran ocupación hotelera! Muchos turistas extranjeros que siguen siendo el gran negocio y soporte de la economía española. Y nuevos empleos que, pese a su precariedad y baja remuneración, suponen un gran alivio para cientos de miles de personas en paro.

Intentamos escapar de la rutina por muchas razones: por gusto, costumbre, necesidad o, sencillamente, porque nos lo merecemos. Infinitas razones: porque nuestras amistades también se van; para demostrar que hemos estado allí; por postureo, porque deseamos posteriormente contarlas y mostrarlas a nuestros sufridos prójimos… Las vacaciones de verano también forman parte nuestra vida social y del status y la imagen que queremos dar.

Las grandes ciudades se vacían de residentes habituales y pequeños pueblos vacíos se llenan. Descanso, probablemente, merecido, pero no al alcance de todas las personas que lo necesitan. Disfrute generalizado y masivo, pero no para la mayoría. Sí, conocemos o sabemos de gente que no se va de vacaciones por diversas causas: familiares, enfermedad, salud, profesionales, prefieren irse en otro momento del año… Y suponemos, aunque no la tratemos directamente, que otra mucha gente no se va de vacaciones porque no tiene suficiente dinero. Pero, ¿cuánta gente no se va nunca de vacaciones por falta de dinero?

Pese a la impresión que dan las playas, los destinos turísticos más publicitados o los bares, la mayoría no se va de vacaciones en verano: tiene vacaciones, pero no se va de vacaciones. No es una más de las consecuencias de la crisis, es una realidad de esas que se dicen de toda vida. La crisis, con sus dos recesiones (entre el tercer trimestre de 2008 y el cuarto trimestre de 2009, la primera, y entre el primer trimestre de 2011 y el tercer trimestre de 2013, la segunda), sólo ha consolidado la situación, sin que pueda hablarse de un cambio sustancial: antes y después de esas dos recesiones, algo más de un tercio de la población en 2007 y en 2017 no pudo irse de vacaciones fuera de su casa al menos una semana al año, según la Encuesta de Condiciones de Vida 2017, del INE. Y de los dos tercios de la población total que se fueron de vacaciones, tan sólo la mitad (15 millones de personas) se fueron en julio o agosto entre una y dos semanas.

Pese a las apariencias, el gran logro de las vacaciones pagadas no se tradujo nunca en España para la mayoría social en vacaciones veraniegas fuera de la residencia habitual. Se hicieron masivas a partir de los años ochenta del pasado siglo, pero no han sido nunca mayoritarias.

El gran invento de las vacaciones pagadas surgió en Francia

El gran invento de las vacaciones pagadas surgió en 1936 en Francia, donde ya habían inventado antes cómo quitarse de encima de forma drástica a los Borbones. El 7 de junio de 1936, mientras aquí buena parte de los jefes del Ejército ataba los últimos cabos del golpe fascista contra la República, el Gobierno francés del Frente Popular firmaba con los sindicatos los Acuerdos de Matignon, por los que se establecían las vacaciones pagadas y la jornada laboral de 40 horas. No sé si debemos estar más agradecidos a Francia por su hazaña de 1789 o por las vacaciones pagadas que nos brindó como ejemplo en 1936.

Que la mayoría de la población no salga de vacaciones en verano no es una realidad exclusivamente española. En un país como Francia, con niveles de renta neta disponible para gastar o ahorrar significativamente mayores que los nuestros (21.713 euros de renta mediana en 2016 frente a los 13.681 euros en España), sólo un 47% de los obreros con empleo se fue de vacaciones alguna vez en el año 2014 (últimos datos disponibles del Crédoc). El porcentaje disminuía hasta alrededor del 40% entre las personas con ingresos totales (procedentes de rentas salariales, mixtas, de la propiedad o del capital) inferiores a los 1.200 euros mensuales por persona, frente a un 82% de los cuadros superiores o un 85% de las personas con rentas mensuales superiores a los 3.000 euros, que se fueron varias veces al año y durante más tiempo. La desigualdad también se juega en vacaciones.

En España, un tercio de la población nunca se va de vacaciones

En España, más allá de ese tercio de la población que no se va nunca de vacaciones, los datos socioeconómicos de hogares y personas que no dejan su vivienda habitual para disfrutar de las vacaciones veraniegas (ni siquiera en casas de amigos o familiares) no son fáciles de encontrar. El INE no ofrece datos de los niveles de renta de esos hogares y personas (la mayoría) que no salen de vacaciones por no disponer de suficiente dinero. Sabemos de forma indirecta e imprecisa que son mayoría entre las personas desempleadas y entre las que perciben los ingresos más bajos, que coinciden con las de menos niveles de formación y cualificación. Ese decir, que abundan entre ese 21,6% de la población (10 millones de personas) en riesgo de pobreza (que no hay que identificar con pobres, porque la tasa de pobreza o población en riesgo de pobreza, pese a su nombre, no mide la pobreza) con rentas inferiores a 8.522 euros anuales en hogares con una persona o 17.896 euros en hogares con 2 adultos y 2 niños menores de 16 años.

Y sabemos también que es mucho más abundante entre la población inmigrante (un 10% de la población total), que entre las personas con nacionalidad española, porque también el riesgo de pobreza es mucho mayor entre la población extranjera de países no pertenecientes a la UE (entre la que las tasas de pobreza doblan con creces las de la población española) y de países pertenecientes a la UE (con tasas de pobreza que superan en un tercio las de la población española).

El cambio no sólo se mide en los gestos que permiten ensanchar el campo electoral de las izquierdas, también se ve en la preocupación de los nuevos gobernantes por los niños de las familias más modestas

El crecimiento de la economía española a partir del último trimestre de 2013 y más aún desde 2015 (con tasas de crecimiento real del PIB superiores al 3% en el trienio 2015-2017) ha conseguido en 2017 reducir ligeramente la desigualdad medida por el índice de Gini (21,6%) respecto a los niveles de 2014-2016 (unas décimas por encima del 22%), pero no respecto a los niveles de los años más duros de la crisis, entre 2008 y 2013 (en los que el índice de Gini se mantuvo en torno al 20,5%). La salida de la crisis que propician las políticas de austeridad presupuestaria y devaluación salarial ha permitido generar un crecimiento efectivo importante (mayor que el crecimiento potencial y que el de la mayoría de nuestros socios comunitarios) pero no inclusivo, que consolida la desigualdad y niveles significativos, aunque minoritarios, alrededor de 5% de la población total o 2,5 millones de personas en situación de pobreza severa o privación material.

Las políticas económicas del cambio deben dejar atrás la obsesión por crecer más y demostrar que son eficaces para modificar el modelo de crecimiento, haciéndolo más inclusivo y más austero en el consumo de energía y materiales, al tiempo que se preocupan de que el cambio también llegue a los sectores en riesgo de exclusión y haga real el derecho a las vacaciones efectivas de los hogares más modestos, empezando por los niños. El cambio no sólo se mide en los gestos que permiten ensanchar el campo electoral de las izquierdas y los sectores progresistas, también se ve y se siente en las políticas de rescate social y en la preocupación de los nuevos gobernantes y de las instituciones democráticas por los niños de las familias más modestas, por su educación, salud, posibilidades de jugar, opciones de ocio y vacaciones de verano.

Este verano, disfruten sus vacaciones si todavía las tienen pendientes y cuando vuelvan recuerden que la mayoría de los hogares no veranean, muchos porque no les alcanza el dinero. Y que tampoco se irán de vacaciones en otra época del año. Interésense por esas personas, indaguen sobre su situación (hay mil formas de ayudarlas) y exijan a sus representantes políticos, a los que han votado o piensan votar, que la igualdad de oportunidades para los niños y las niñas de los hogares más modestos se haga real y que las instituciones tengan una mayor preocupación práctica por hacer efectivas sus próximas vacaciones de verano. En eso también se mide el cambio.