sábado 14.12.2019

Unidad europea, globalización y avance de la extrema derecha

La unidad europea sigue siendo el instrumento más adecuado para influir en la imprescindible tarea de embridar la mundialización económica y sus potenciales efectos negativos con un reparto más equitativo de las ventajas y los costes que conlleva

Durante el último tercio del siglo XX y los primeros años del siglo XXI, coincidiendo con una tercera ola globalizadora asociada a la financiarización y desregulación de la economía mundial, la pobreza extrema se reduce en el mundo de manera notable, tanto en términos absolutos como relativos. Esa globalización y la llamada Gran Recesión han sido compatibles con la reducción drástica de la pobreza extrema en los países emergentes. Convendría, por tanto, poner en cuestión o, al menos, interrogarse sobre algunas de las ideas que la mayoría de los sectores progresistas del mundo desarrollado han incorporado como sentido común a su forma de interpretar y, más aún, sentir lo que está sucediendo en el mundo.

No siempre ha sido así. Durante muchos años, desde principios del XIX hasta bien avanzada la segunda mitad de la década de los 70 del siglo XX, la implantación y expansión mundial del capitalismo avanzó al tiempo que crecía el número de pobres en el mundo y se asentaban situaciones que mostraban la peor cara de la pobreza extrema. En siglo y medio la pobreza extrema se duplicó en términos absolutos y los 900 millones de personas que en 1820 malvivían en situación de pobreza extrema llegaron a ser más de 2.000 millones siglo y medio después. También en términos relativos (respecto a la población mundial) la pobreza extrema se redujo durante el mismo periodo, de suponer alrededor del 90% de la población mundial ha pasado a ser algo más del 50%, como consecuencia de un crecimiento más acelerado del total de la población mundial que del de las personas extremadamente pobres.

Desde hace 25 años, en cambio, 137.000 personas dejan cada día de formar parte de la población mundial que sufre pobreza extrema. En total, entre los años 1990 y 2015, cerca de 1.200 millones de personas han superado el listón de 1,9 dólares de 2015 por persona y día que definen esa situación extrema de pobreza.

Los 1.900 millones de personas que sobrevivían en 1990 con menos de 1,9 dólares diarios se han reducido a 705,5 millones en 2015. De superar ampliamente un tercio (el 37%) de los 5.200 millones de personas que sumaba la población mundial en 1990, no llegan al 10% de los algo más de 7.300 millones actuales.

Esos millones de personas que han dejado de formar parte de las estadísticas de la pobreza extrema se concentran especialmente en China e India y podrían ser considerados como los principales ganadores de la actual globalización, de no ser porque su vida sigue siendo bastante penosa y su situación tan amarga y precaria, aunque algo menos insostenible, que la de los millones de personas que siguen malviviendo cada día con menos de 1,9 dólares.

Lo más curioso del caso es que la crisis que estalló en 2007-2008, y en la que seguimos en parte todavía inmersos, no ha supuesto una modificación significativa de la tendencia a la disminución de la pobreza extrema, con las excepciones del África Subsahariana (donde sigue afectando al 35,2% de la población) y, en menor medida, del Asia meridional (con un 13,5% de su población padeciendo pobreza extrema).

¿Por qué está tan arraigada la creencia de que la globalización y el estallido de la crisis mundial en 2008 han acentuado las tendencias a la pauperización y han supuesto una explosión de pobreza y desigualdad mundial desconocidas hasta ahora? Me inclino a pensar que tal creencia tiene mucho que ver con ideologías que distorsionan la realidad y, complementariamente, con una visión miope que impide ver o no integra en la percepción lo que ocurre más allá de nuestro alrededor, fuera del mundo capitalista desarrollado en el que vivimos. Porque, efectivamente, en los países de la OCDE la reducción de la pobreza extrema en el mundo se percibe con mucha menos intensidad o nitidez que el aumento de la desigualdad y la pobreza relativa que se produce en el interior de los países con más altos niveles de renta per cápita.

El avance de la extrema derecha xenófoba y antieuropeísta

En Europa, especialmente en los países del sur de Europa, la nefasta gestión de la crisis propiciada por las instituciones europeas provocó una evitable doble recesión entre 2008 y 2013 y una injusta redistribución a favor de las rentas del capital y los beneficios empresariales. Retrocedieron las rentas del trabajo y se produjo un notable incremento de la vulnerabilidad y la exclusión social, que afectaron especialmente a la juventud, las mujeres y los trabajadores con menor cualificación; también ocasionó nuevas pérdidas de empleos y los correspondientes salarios en el sector industrial, que ya había sido con anterioridad golpeado por la deslocalización de actividades económicas y empleos hacia las economías emergentes.

La elección de Trump en EEUU probó que el fenómeno del aumento del malestar contra las elites políticas y la globalización rebasa el ámbito europeo. El descontento social va asociado a una polarización del mercado laboral y de la renta que ha tenido notables impactos redistributivos a favor de las elites y en contra de una parte significativa de las clases trabajadoras con empleos rutinarios y bajos salarios que producían bienes muy expuestos a su posible deslocalización o a la competencia internacional. 

Dicho de otra forma, una parte significativa y creciente de la ciudadanía de los países desarrollados considera que la suma de inmigración y traslado de actividades económicas hacia los países emergentes (especialmente, en los productos manufactureros menos sofisticados), con el consiguiente incremento de los salarios de equilibrio en aquellos países y la correspondiente reducción de empleos y salarios en las economías más desarrolladas, ha ido demasiado lejos.

Cada día, en nuestras sociedades desarrolladas crece el número de personas que teme y rechaza la continuidad de unos procesos de deslocalización de empresas e incremento de la inmigración y las importaciones. Procesos que sufren directa y especialmente las personas con menores niveles de formación y cualificación laboral que han perdido empleos y poder adquisitivo, se sienten desprotegidos por las instituciones democráticas y sus representantes políticos y se saben más vulnerables y con mayores riesgos de caer en situaciones de pobreza y exclusión social. De forma más o menos indirecta, buena parte de la población de los países desarrollados sufre el estancamiento de la oferta de empleos  y el deterioro de bienes públicos y derechos laborales y sociales, al tiempo que observa atónita la mayor capacidad de los grandes grupos empresariales y los  millonarios para apropiarse de las rentas que genera el crecimiento, con el consiguiente aumento de la desigualdad social.  

Y esa ola de transformaciones económicas, productivas y tecnológicas es la que han sabido aprovechar los partidos neoproteccionistas y antieuropeístas para alentar el rechazo de la opinión pública a algunos aspectos de la globalización y tintar el malestar social con una ideología nacionalista y xenófoba. Es en ese cuadro de temor a lo foráneo donde ha calado un discurso del miedo al que el terrorismo yihadista le ha dado alas y consistencia.

La extrema derecha malinterpreta, intencionadamente, la extensión de la pobreza relativa y de los empleos precarios y mal pagados en nuestras sociedades relativamente opulentas como el fruto de una conspiración exterior que está implantando un nuevo orden mundial que favorece a los países emergentes. Una conspiración exterior que hace desaparecer, por arte de palabrería, la lógica depredadora y de acumulación de capital que sustentan los procesos de globalización económica y los poderes económicos interesados en impulsar tales procesos. Armados con ese relato simplificador sostienen que no podemos seguir consintiendo que el aumento del nivel de vida relativo de los países emergentes se produzca a nuestra costa. Y señalan como cómplices a los políticos burócratas, corruptos y cosmopolitas que desde instituciones supranacionales han propiciado este desastre. No se puede continuar así, claman. Volvamos a ser lo que fuimos. Recompongamos nuestro liderazgo y el viejo orden mundial que nuestros enemigos exteriores pretenden resquebrajar. Primero nosotros y nuestros compatriotas.

De esta forma, llegan a la conclusión de que la disminución de la pobreza extrema en los países emergentes se ha logrado a costa del incremento de la pobreza relativa y la desigualdad en nuestras sociedades del mundo capitalista desarrollado. Y de tal razonamiento extraen una rústica pero muy eficaz guía de acción política: levantemos muros, recuperemos la soberanía que nos han arrebatado instituciones supranacionales, protejamos a nuestros vecinos, familias y compatriotas. Y cerremos las fronteras a la inmigración y a las importaciones.     

Comprender ese discurso y su probada eficacia para lograr apoyos sociales y corromper conciencias y valores que creíamos asentados en nuestras sociedades es el primer paso para empezar a trabajar por la desconexión entre los sectores sociales que se sienten abandonados por sus representantes políticos e instituciones y las falsas promesas xenófobas, nacionalistas y neoproteccionistas de las fuerzas de extrema derecha.

Las fuerzas progresistas y de izquierdas podrían retomar la iniciativa si logran entender que la modernización económica y la globalización financiarizada, sin reglas y sin instituciones democráticas para gobernarla, que muchas de ellas contribuyeron a vender e implantar, han tenido malas consecuencias económicas y nefastos impactos sociales y políticos. Es urgente proponer y llevar a cabo reformas, con reglas consensuadas y flexibles e instituciones democráticas, que promuevan una mundialización democrática e inclusiva que aliente la cooperación internacional y ofrezca confianza, protección efectiva a los sectores más vulnerables y seguridad a la ciudadanía y a todos los países que participan en la mundialización.

La unidad europea sigue siendo el instrumento más adecuado para influir en la imprescindible tarea de embridar la mundialización económica y sus potenciales efectos negativos con un reparto más equitativo de las ventajas y los costes que conlleva. Pero Europa necesita también, para llegar a ser ese instrumento útil capaz de ofrecer certidumbre, un cambio de políticas y de rumbo que se concrete en reformas precisas y viables de las instituciones europeas y de la estrategia de salida de la crisis seguida hasta ahora.

El mundo que conocíamos hasta ahora está en profunda mutación, sometido a graves tensiones que han comenzado a poner en cuestión lo mejor del acervo cultural europeo. Si se consigue levantar una alternativa progresista que derrote a la extrema derecha y deje en minoría la estrategia de austeridad impuesta hasta ahora, el proceso de unidad puesto en marcha hace 60 años en Europa puede convertirse en el mejor refugio para proteger a su ciudadanía de los impactos y sacudidas que provoca un escenario mundial plagado de conflictos y tensiones.

Lo que nos estamos jugando en Europa no es solo una economía que sirva a la mayoría social en lugar de atropellar a la gente y destruir recursos naturales no reproducibles. Nos jugamos también los valores democráticos, el respeto a los derechos humanos y la consolidación del bienestar social. Porque, al final, esos valores son los que están siendo puestos en cuestión por la elites y los poderes económicos empeñados en sacar provecho de la crisis a costa de la mayoría.

Unidad europea, globalización y avance de la extrema derecha