domingo 20.10.2019

La tóxica campaña electoral del 10-N

Henchidos de santa indignación, Unidas Podemos y PSOE se prestan a darse de garrotazos e intentar abrirse la cabeza para hacerse entender. En los argumentarios oficiales de sus respectivas campañas electorales seguirán siendo el socio preferente para alcanzar un acuerdo programático progresista o el socio imprescindible de una coalición gubernamental de izquierdas. En la dura confrontación electoral que ya ha comenzado se han transformado en los enemigos principales de la otra parte, son ese oscuro objeto de deseo al que hay que derrotar y dar un escarmiento.

Se sienten cargados de razones, los que deben autocriticarse son los otros: no encuentran ningún motivo para cambiar sus estrategias de negociación o sus propuestas de partida. Los intentos de ambas partes de exculparse de responsabilidad acaban así en escepticismo de sus votantes y en bloqueo político. Ese es el gran riesgo moral que ha generado la inútil pulsión a imputar la mayor parte de las culpas a la otra parte y convertirla en la principal o única culpable del fracaso.

Comienza una larga y tóxica campaña electoral en la que las diatribas y los insultos van a ocultar los muchos puntos de acuerdo que existen entre PSOE y UP y la colaboración desarrollada durante la moción de censura a Rajoy y en los meses posteriores, con el gobierno de Sánchez

Comienza así una larga y tóxica campaña electoral en la que las diatribas y los insultos van a ocultar los muchos puntos de acuerdo que existen entre ambas formaciones y la colaboración desarrollada durante la moción de censura a Rajoy y en los meses posteriores, con el gobierno de Sánchez. Ni PSOE ni UP terminan de entender el monumental enfado que han provocado en una parte considerable de sus respectivos votantes del 28-A, entre los que se ha extendido un sentimiento de estafa que busca explicaciones, sin encontrar ningún tipo de interlocución en los líderes a los que votaron, y algún argumento que les devuelva cierta confianza, por mínima que sea, de que si finalmente deciden votar no volverán a desperdiciar sus votos.

Antes de la irrupción de Errejón en escena, se podían detectar cuatro grandes diferencias entre la última campaña electoral del 28-A y la próxima, del 10-N: en primer lugar, han menguado el temor de las corrientes progresistas al triunfo electoral de las tres derechas y el triunfalismo de éstas, que contaban con una fácil victoria electoral; en segundo lugar, se han desdibujado los muchos problemas económicos y sociales que sufren especialmente los sectores más afectados por los riesgos de pobreza y exclusión social que conllevan el desempleo, la precariedad laboral o, entre otros muchos factores, el recorte de los bienes públicos; en tercer lugar, se ha entronizado la confrontación entre PSOE y UP como el terreno de juego preferente en el que se dirime el proyecto de país, en sustitución de la gran confrontación en torno al eje izquierda-derecha y sus derivaciones, que concentraron la atención y los temores del electorado progresista en la anterior campaña electoral; y en cuarto lugar, se han sustituido las expectativas de cooperación política entre PSOE y UP, que se demostró posible y positiva para la mayoría social, por las de un enfrentamiento sin cuartel y de difícil reversión.

El resultado natural de esas diferencias era el aumento de la abstención y eso era lo que reflejaban todas las encuestas que se habían realizado hasta la entrada en escena del partido de Errejón, que suma una nueva y sustancial diferencia en la disputa electoral, añadiendo obstáculos al análisis demoscópico e incertidumbres en una coyuntura que ya era suficientemente difícil y compleja para las fuerzas progresistas y las posibilidades de un cambio favorable a la mayoría social. Hay que esperar a ver cómo acaba concretándose la propuesta (su extensión, componentes y aliados) y cómo encajan y se acomodan las campañas de UP y PSOE a la nueva situación; aunque no cabe prever grandes modificaciones en los argumentos centrales de sus respectivas campañas electorales, salvo que el PSOE lo vea con buenos ojos y UP tenga que dividir sus baterías críticas ante un nuevo y poderoso factor de riesgo que animará su declive político y del que puede depender su capacidad de negociación con el PSOE y, más allá, su propia supervivencia como actor político protagonista. Falta mes y medio para la votación y hay mucho tiempo por delante. Tiempo crucial en el que se concretarán algunos de los muchos riesgos que se apuntan en un borrascoso horizonte y que exigirán a las fuerzas políticas salir de las trincheras, dejar de ser problemas y construir soluciones políticas progresistas.  

Hasta ahora, el PSOE estaba centrado en desvelar que UP se esconde tras un disfraz de izquierda populista que sólo es útil para la derecha, como demuestra que por cuarta vez consecutiva en cuatro años haya impedido un gobierno progresista del PSOE. Es un relato falso, parcial e interesado, que no tiene en cuenta nada de lo sucedido en el último año. UP, por su parte, pretende demostrar que al PSOE sólo le interesa conseguir su colaboración si acepta un papel subordinado que revalorice el papel central del PSOE en el escenario político. Es un relato que tiene bastante de verdad, pero incompleto e interesado que no casa bien con la necesidad de coalición que proclama UP ni con las luchas internas y los vaivenes de orientación política que han caracterizado el liderazgo de Sánchez y su lucha por alcanzarlo, recuperarlo y afianzarlo.  

Ambos son relatos simplistas y, en buena parte, intragables, por mucho que tengan mucho éxito en los medios de comunicación, relegados en la mayoría de los casos a la triste función de transmisores de intereses partidistas, y en las redes sociales, donde pululan los troles y una tropa de entregados activistas que se afanan en la imposible tarea de convencer sin dialogar, despachar con destemplanza todo tipo de críticas y contribuir a convertir la política en un remedo de religión en la que cada duda o interrogante se responde con un mandamiento que separa a los justos de la morralla. Son relatos simplificadores que sólo sirven para atizar el enfrentamiento entre PSOE y UP, desatender la complejidad y olvidar los beneficios que reportan el debate argumentado y un diagnóstico y una acción política menos enredados en intereses particulares de muy corto alcance y más orientados a impulsar un cambio progresista capaz de atender las necesidades, pretensiones y bienestar de la mayoría social.

En esta campaña también nos jugamos la calidad de nuestra democracia

En la campaña electoral en la que ya estamos inmersos hay dos grandes cuestiones que apenas reciben atención, a pesar de que tienen capacidad de agravar la crisis de representación política que se ha agudizado en las últimas semanas e impactar de lleno sobre la línea de flotación de la calidad de nuestro sistema democrático y, por consiguiente, sobre las posibilidades de convivir en una sociedad que respeta y valora la pluralidad, los derechos de todas sus partes y componentes y la confrontación política constructiva de los contradictorios intereses y proyectos existentes.

Por un lado, hay riesgos evidentes de que tanto en el PSOE como en UP triunfen por completo el cierre de filas y la intención de sacarse de encima el muerto de la responsabilidad en el fracaso de las negociaciones. Por otro, hay muchas posibilidades de volver a encontrarnos el día después de la votación del 10-N en la misma posición de bloqueo que ya hemos sufrido.

De entrada, el PSOE se ha atrincherado en su ofrecimiento a UP de negociar un programa gubernamental progresista asociado al establecimiento de algunos mecanismos conjuntos de seguimiento y control que excluye de forma explícita toda fórmula de coalición gubernamental. Y UP, por su parte, se ha reafirmado en su posición de retomar las negociaciones en el punto exacto que rechazó en julio y completar la oferta que entonces realizó el PSOE, de una vicepresidencia y tres ministerios de segundo orden, con la gestión de las políticas activas de empleo, considerando además que la nueva convocatoria electoral hace decaer la humillante aceptación del paso atrás de Iglesias que exigió Sánchez para proseguir las negociaciones. Si no hay ningún cambio en la formulación de esas posiciones negociadoras, aún si las derechas volvieran a salir derrotadas, la situación sería la misma, con un bloqueo similar a cualquier solución progresista razonable que daría toda la razón a PP y Cs para explorar y justificar otras opciones (gobierno de gran coalición, gran centro o emergencia nacional) que hasta ahora contaban con un rechazo masivo en el electorado. Ya veremos lo que dan de sí todos los riesgos y potencias que dejarán de ser musas antes de las elecciones y se convertirán en teatro en las próximas semanas e impactarán sobre el proceso electoral y el electorado.

PSOE y UP están siendo incapaces de entablar un diálogo con sus votantes que no acabe en moralinas, descalificaciones y reprimendas para responder a sus críticas

En estos primeros días de pugna electoral, más acá del exiguo tiempo reservado a la campaña oficial y de los riesgos evidentes de una poco probable, por ahora, victoria electoral de las tres derechas que les permitan gobernar o de una posible repetición del bloqueo, se multiplican los llamamientos a volver a votar y evitar que el cabreo y la desilusión existentes desemboquen en la abstención o se transformen en críticas a la política y a los dirigentes políticos que rehúyen hacerse cargo de su irresponsabilidad y de la arriesgada aventura de embarcar al país en la nueva y, en el mejor de los casos, inútil convocatoria electoral. A poco que se examinen con objetividad los hechos ocurridos, a ningún observador se le puede escapar la influencia alienante que demuestra ejercer la política sobre dirigentes y activistas que, a fuerza de defender relatos y justificaciones imposibles, se han desconectado de las preocupaciones y del enfado que muestran partes considerables de sus votantes. PSOE y UP están siendo incapaces de entablar un diálogo con sus votantes que no acabe en moralinas, descalificaciones y reprimendas para responder a sus críticas.  

Creo que, a pesar de las buenas intenciones que pueda abrigar el rechazo a la abstención o a iniciar un proceso de valoración autocrítica que pudiera convertirse en combustible a favor de la abstención, se equivocan. En primer lugar, porque al demonizar la abstención e identificarla con una posición antidemocrática evitan hacerse cargo del más que justificado hartazgo de las muchas personas que consideran que ya cumplieron con su obligación de votar y que son las incapaces e irresponsables cúpulas partidistas las que han incumplido con las suyas, al no responsabilizarse de su fracaso y rehuir tomar nota de sus errores. Y en segundo lugar, porque están contribuyendo a confundir la democracia con el mecánico hecho de votar, que por muy importante y consustancial que sea a la democracia nada nos dice sobre su calidad, sobre el complejo y delicado mecanismo de representación y construcción de acuerdos sometidos al imperio de la ley que supone un régimen democrático y sobre las responsabilidades específicas de los representantes elegidos y sus partidos respecto a sus votantes y al conjunto del electorado en la tarea de traducir en acuerdos, mediante el diálogo, las cesiones y los compromisos, el resultado electoral.

¿No sería mejor acompañar ese llamamiento a la participación electoral con la exigencia a los partidos progresistas y de izquierdas para que aclaren qué cambios harán en sus estrategias y propuestas negociadoras y nos aseguren un programa y una alianza gubernamentales progresistas si el resultado electoral del 10-N lo permite?

¿Es asumible por un régimen democrático que siga existiendo tan poco control del electorado sobre sus representantes, tan escasas explicaciones de éstos, tan poca fiabilidad en su comportamiento tras su elección o tanto desapego por el respeto a sus promesas electorales y a las formas democráticas que exigen la transparencia, la rendición de cuentas y la asunción de responsabilidades? Más aún en el caso español, con un sistema democrático que ha estado sometido a múltiples tensiones institucionales y a la labor de zapa que se ha ejercido desde las instituciones del Estado a través de la corrupción y el saqueo sistemáticos de bienes y dineros públicos que han practicado líderes significados y estructuras de poder interno de los principales partidos políticos

¿Se puede seguir aceptando que el voto sea poco más que un contrato de adhesión y que la tarea de los votantes acaba al depositar su voto, sin que tengan ningún derecho o control posteriores sobre la utilización de sus votos y el trabajo de sus representantes?

Poco favor hacen a la democracia los partidos políticos si lo único que se les ocurre, tras el desastre negociador y el incumplimiento del mandato electoral dado el 28-A, es llamar a repetir el voto, olvidando toda autoexigencia de cambio de comportamientos y despreciando las exigencias a las cúpulas dirigentes de los partidos que han hecho fracasar la negociación y han perdido el tiempo y el respeto por sus votantes.

errejon

¿Qué aporta en este borrascoso panorama, la decisión de Más Madrid y Errejón de participar en las elecciones del 10-N? Es, de entrada, una buena noticia que permite que corra el aire en un ambiente político muy viciado y que puede reducir la toxicidad en las relaciones entre las izquierdas y de éstas con sus votantes. Se abre una nueva opción en la paleta de las formaciones progresistas que puede contribuir a reducir la tendencia dominante a que se reduzca la participación electoral de los votantes progresistas y de izquierdas en las provincias en las que finalmente acabe presentándose. Pero, evidentemente, no está exenta de múltiples problemas e incógnitas.

Habrá que ver si suma más de lo que reduce los votos y escaños de PSOE y UP. Sólo en ese caso se podrá decir que ha realizado una aportación positiva a la situación y responderá a las expectativas de la mayoría social. ¿Es posible? Nadie lo sabe ni puede saberlo. El juicio definitivo tendrá que esperar al 11 de noviembre, cuando se tengan los resultados electorales en las manos que, al margen de las potenciales bondades y efectos de su campaña, determinarán qué pesa más en la balanza de esta decisión.

La tóxica campaña electoral del 10-N