¿Se puede reducir la brecha salarial que sufren las mujeres?

La brecha salarial es una manifestación y un componente más, que no menor de una discriminación de género que se remonta a la noche de los tiempos

Nadie se atreve a negar la brecha que separa las retribuciones salariales que perciben mujeres y hombres. Aquí y en todo el mundo. Hoy, con un capitalismo globalizado, desregulado y dominado por el capital financiero, y desde hace dos siglos y medio, en los primeros pasos de la primera revolución industrial y el primer capitalismo. Nadie o muy pocos se atreven a justificarla, pero esa brecha salarial tiene ya una larga historia y, previsiblemente, una larga vida por delante. Lo cual podría indicar que, pese a la negativa valoración social que se hace de esas diferencias salariales, su pervivencia es funcional para el mantenimiento del actual orden económico y social. La brecha salarial de género permite, en efecto, ofrecer a bajo coste bienes imprescindibles para la reproducción de la fuerza de trabajo. Las diferencias salariales de género casan bien con los objetivos de poderosos intereses económicos que desean que el mercado arrebate al Estado la oferta de bienes que cuentan con una demanda con capacidad de pago y que, para lograrlo, están presionando al poder político para que se recorte el gasto público, aunque sea a costa de reducir los bienes públicos y su calidad.   

La brecha salarial es una manifestación y un componente más, que no menor (dado que en la lucha por cerrarla se juega gran parte de las posibilidades de independencia económica de las mujeres), de una discriminación de género que se remonta a la noche de los tiempos.

Que esa brecha salarial tenga un carácter permanente no significa que sea fija, esté determinada de antemano su amplitud o pueda reproducirse, como relación social, al margen de la voluntad de las sociedades que la modelan. De hecho, su evolución depende de las políticas que diseñan y aplican las instituciones políticas y de la lucha ideológica y cultural, a favor del cambio y contra las discriminaciones, que se desarrolla en la sociedad, impacta en el ámbito de la política institucional y se concreta en normativa legal y mecanismos de regulación que permiten corregir (o asentar) las conductas e inercias que propician las diferencias salariales entre hombres y mujeres.

La evolución histórica de la brecha salarial clarifica suficientemente ese carácter móvil o elástico de las diferentes retribuciones que, en igualdad de condiciones, reciben hombres y mujeres. Veamos un ejemplo de su evolución (Gráfico 1) en cuatro países capitalistas desarrolladas durante el periodo 1980-2014 que aparece en  el excelente trabajo Children and Gender Inequality: Evidence from Denmark, de Henrik Kleven, Camille Landais y Jakob Egholt Søgaard, publicado en NBER Working Paper No. 24219, enero de 2018.

Obsérvese como los dos países (Estados Unidos y Reino Unido) que han sido vanguardia en los procesos de financiarización de sus economías y del conjunto de la economía mundial durante la actual ola globalizadora, que se inicia en los primeros años de la década de los 80, reducen de forma constante e intensa la brecha salarial de género a lo largo del periodo: las remuneraciones medias favorables a los hombres, que en 1980 eran superiores a las de las mujeres en un 37%, se habían reducido a menos de la mitad, un 17%, en 2014. La tendencia no deja lugar a dudas, aunque habría que matizarla, ya que los datos se refieren exclusivamente a contratos a tiempo completo, excluyendo por tanto a las personas que trabajan a tiempo parcial, que son empleos que en todas las economías capitalistas avanzadas han crecido intensamente en el periodo analizado y afectan con más intensidad a las mujeres que a los hombres.

graficobrecha salarial

Gráfico 1
Evolución de la brecha salarial entre hombres y mujeres (1980-2014)

¿Se puede reducir la brecha salarial que existe entre hombres y mujeres? ¿Se puede reducir sin romper con el sistema? La respuesta a ambos interrogantes es inequívoca y rotunda. Sí, se puede. Y no sólo se puede, sino que se ha reducido intensamente. Incluso en los modelos más desregulados y globalizados de los sistemas capitalistas en los que el capital financiero ha conquistado una posición de mayor dominio.

El caso de los países nórdicos (Dinamarca y Suecia) proporciona aspectos algo diferentes. Se observan movimientos más vacilantes y dispares en los años 80 y un descenso de la brecha salarial de género menos intenso en las décadas posteriores. Las diferencias retributivas, que eran del 20% en 1990, pasan a ser del 15% en 2014. Disminución mucho más limitada que da cuenta de las dificultades para reducir la discriminación salarial, especialmente en países que ya habían logrado con anterioridad una mengua significativa de esas diferencias. Probablemente esa dificultad nos remite a una insuficiente labor normativa en la lucha contra la discriminación, al escaso contenido contrahegemónico de la regulación aprobada o a la pervivencia de obstáculos ideológicos y culturales muy resistentes que dificultan que el cambio de comportamientos se extienda al conjunto de la sociedad. No parece tarea sencilla la eliminación, en el corto trecho de unas décadas, de una ideología patriarcal y de comportamientos machistas de dominación y sometimiento de las mujeres más que milenarios.

Queda, sin duda, mucho por avanzar y por experimentar. La huelga feminista del próximo 8 de marzo y la movilización social masiva que, sin duda, va a producirse son una palanca y una oportunidad para extender la lucha ideológica contra los prejuicios machistas y para forzar los cambios normativos, políticos e institucionales que permitan reducir la brecha salarial y otras brechas de género, más o menos visibles, que se resisten a desaparecer.