viernes 17.01.2020

A propósito del Plan B para Europa

¿Qué aporta el Plan B que propugnan parte de las izquierdas europeas?

¿Qué aporta el Plan B que propugna parte de las izquierdas europeas? Precisando un poco más la pregunta, ¿qué aporta el Plan B a un proyecto de unidad europea democratizador, sostenible, abierto, solidario y humanista que, mal que bien, intentan impulsar las izquierdas y las fuerzas progresistas europeas? 

Veamos lo que dicen sus promotores. Por ejemplo, uno de sus impulsores más conocidos, el ex ministro de Finanzas griego Varoufakis escribía en su artículo Europa: democracia o fracaso aparecido en Project Syndicate el pasado 22 de febrero de 2016: “Lo que debemos hacer es lo que los demócratas deberían haber hecho en 1930 para evitar una catástrofe que otra vez parece posible. Debemos crear una coalición paneuropea de demócratas radicales, socialistas, verdes y liberales para poner el ‘demos” en la palabra democracia y contrarrestar al establishment de la UE, que ve en el poder del pueblo una amenaza a su autoridad”.

No, no han leído mal. Según Varoufakis y su nuevo movimiento DiEM25 (el Movimiento Democracia en Europa 2025 presentado en Berlín el pasado 9 de febrero) se trata de promover una alianza democrática de amplio espectro que limite y socave el poder de unas instituciones comunitarias que, en opinión de Varoufakis y DiEM25, nunca han sido democráticas y se hayan voluntariamente inmersas en un círculo vicioso de autoritarismo y malas políticas económicas que está provocando la desintegración de Europa.

Olvidemos por un momento los excesos retóricos y la grandilocuencia que tanto abundan en manifiestos y declaraciones de buena parte de la izquierda. Pongamos sordina a la propensión a la ensoñación con la que sectores de izquierdas intentan entender lo que son o lo que hacen y tratan de explicar la precariedad de su representación social y de su papel en unos procesos de cambio con tantos actores principales como posibles estaciones de llegada cabe imaginar.

Vayamos a lo esencial, Varoufakis entiende la presión ciudadana a favor de la democratización de las instituciones de la UE como una herramienta imprescindible para prevenir la desintegración de Europa. Se trata de alentar, frente a la estrategia imperante de austeridad, devaluación interna y reformas desreguladoras del mercado laboral, una tercera vía que busque soluciones compartidas en el conjunto del espacio europeo y una estrategia alternativa de salida de la crisis que rompa con la austeridad. Se trata de crear un nuevo espacio político entre los que promueven la vuelta al Estado-nación en la búsqueda de soluciones nacionales para sortear la estrategia austericida y los que piensan y actúan como si no hubiera más remedio o alternativa que adaptarse a las políticas autoritarias e ineficaces que imponen las instituciones europeas con el propósito de suavizar la austeridad y reconducirla en lo que sea posible para proporcionarle un rostro más humano o menos brutal. Las ideas y los objetivos de Varoufakis y DiEM25 merecen ser consideradas con atención.  

Por si no estuviera suficientemente claro, Varoufakis vuelve a reiterar, en su respuesta de 2 de marzo, Soñar con una Europa unida y democrática, al portavoz de Equo en el Parlamento Europeo y a otros verdes europeos, su idea básica de promover un amplio movimiento democratizador: “Necesitamos crear una amplia alianza de demócratas europeos, de izquierda a derecha, verdes, liberales, progresistas y conservadores.”

Poco se compadece la pretensión de Varoufakis de promover esa amplia alianza plural para democratizar las instituciones europeas con una práctica discursiva de otros impulsores del Plan B que no paran de repetir que en el origen de esta iniciativa política se encuentra la lección estratégica que, en su opinión, se debe extraer de la capitulación de Tsipras y Syriza ante la Troika. No hay reparos ni matices al calificar la actuación de Syriza como capitulación. Y eso en el mejor de los casos, porque tampoco ahorran otros descalificativos como rendición o traición al pueblo griego y, de paso, a la auténtica izquierda griega y europea que ellos imaginan y sueñan con encarnar.  

El Plan B pone el acento en la unidad de la izquierda para democratizar las instituciones de la UE y romper con su estrategia de austeridad y devaluación salarial. Y al mismo tiempo traza una gruesa línea roja que deja fuera a la mayor parte de las izquierdas realmente existentes, también a Syriza, en la tarea de lograr esos objetivos. No parece una propuesta demasiado coherente. ¿Cómo se puede impulsar un amplio movimiento de la ciudadanía europea a favor de la democratización de las instituciones de la UE y en contra de la austeridad sin contar con todas las fuerzas que ya forman parte de ese impulso o que pueden sumarse a esa amplia alianza que se necesita para plantear una alternativa viable?

Veamos el caso de Syriza. No parece tan difícil distinguir una capitulación de una derrota. Un Gobierno de izquierdas de un pequeño país, con una sociedad empobrecida, buenas razones para sentirse amenazada y una economía en situación de insolvencia sufrió una indudable derrota frente a fuerzas muy superiores y poderosas que no estaban dispuestas a dar oxígeno a organizaciones contrarias a la austeridad que en los países del sur de la eurozona amenazaban el discurso y la práctica de las instituciones europeas. Lo ocurrido en Grecia tras el magnífico resultado del referéndum de 5 de julio de 2015 fue una derrota de la izquierda que no cabe esconder ni conviene maquillar, pero tampoco desvirtuar achacándola a la conspiración o la traición de Tsipras y la mayoría de Syriza. Una derrota. Ni más ni menos.

No es tan difícil entender que raramente se hacen amigos tildando de traidores a los interlocutores con los que se quiere hacer buenas migas o compartir tareas y afanes. Syriza y buena parte de la izquierda europea que se dejan al otro lado de la raya roja que trazan fuerzas que conforman la iniciativa del Plan B para Europa son parte imprescindible del movimiento de cambio a favor de la mayoría social, si se quiere que llegue a ser efectivo. Syriza y la mayoría social griega son los más interesados en que ese movimiento de cambio se fortalezca, alce el vuelo y consiga algo de lo que pretende. Pero, para que sea posible cambiar algo, sobran sectarismos, discursos y propuestas que en lugar de unir buscan la exclusión y dividen a la ciudadanía y a las fuerzas que dicen querer agrupar.

Y ya que estamos hablando de democracia y de una propuesta que pretende la democratización de las instituciones europeas, convendría que los que acusan a Syriza de haberse rendido o capitulado frente a la Troika explicaran qué justificación política podría haber alegado el Gobierno de Tsipras para emprender un movimiento de salida de Grecia de la eurozona y la UE que habría supuesto desdeñar el mandato de sus electores y forzar la voluntad de la mayoría social griega. En mi opinión, ninguna justificación. En ningún caso. Se puede ser una rocosa y orgullosa minoría con aspiraciones de mayoría. Pero mientras tanto, cuando la ciudadanía coloca a una fuerza política en una posición marginal o minoritaria, resulta absurda la pretensión de  representar la voz o la voluntad de la mayoría social. 

¿Qué consideración cabe hacer de los que critican con extrema destemplanza a Syriza y al actual Gobierno de Tsipras por firmar las duras condiciones del tercer rescate en lugar de dirigir la salida de Grecia de la eurozona sin tener en cuenta la opinión de la mayoría social griega respecto a esa salida de la UE? Syriza aceptó las duras condiciones que impusieron las instituciones europeas con el tercer rescate, pero ni las hizo suyas ni renunció a seguir calificándolas de antisociales, destructivas e ineficaces. Y, tras la imposición, Syriza puso en manos de la mayoría social griega su futuro y su continuidad como partido gobernante. En las elecciones de septiembre de 2015, que siguieron al referéndum de 5 de julio que rechazó las condiciones del tercer rescate y a la posterior derrota política del Gobierno de Tsipras frente a la Troika, la ciudadanía griega volvió a respaldar a Syriza y le concedió de nuevo la oportunidad de formar Gobierno. Votaron a Syriza para que, entre otras cosas, mantuviera a Grecia en la UE y la eurozona, gestionara con el menor daño social y económico posible las políticas de austeridad impuestas y afrontara con mano izquierda, transparencia, democracia y solidaridad con los sectores sociales más vulnerables o excluidos el empeoramiento de las condiciones de vida, los inevitables conflictos sociales que la imposición del tercer rescate iban a generar y la consiguiente incertidumbre política.

Pongamos de nuevo sobre la mesa los datos electorales de las últimas elecciones generales griegas de septiembre de 2015. Son de sobra conocidos y un dato esencial, pero apenas se manejan como soporte o acompañamiento de los argumentos que se esgrimen. Syriza, tras la derrota y la escisión que protagonizaron los sectores contrarios a lo que denominaban su capitulación y traición, obtuvo un 35,5% de los votos. Con una mínima pérdida de nueve décimas respecto a las elecciones de enero de 2015 que  permitieron a Syriza acceder por primera vez al Gobierno. Los otros partidos de izquierdas que denunciaron la capitulación de Syriza y proponían la salida de la eurozona consiguieron un porcentaje total del 9,3%: los comunistas del KKE subieron una décima y consiguieron un 5,6%; la Unidad Popular escindida de Syriza, apenas un 2,9%; y Antarsya, la extrema izquierda anticapitalista, una mejora de dos décimas que elevó su marca electoral hasta un total del 0,9% de los votos. No resulta tan difícil extraer de esos resultados una sencilla lección. La mayor parte de la ciudadanía griega que confió en enero de 2015 en Syriza para intentar acabar con los recortes y la austeridad y volvió a respaldar en referéndum la negativa de Tsipras a aceptar las condiciones de un nuevo Memorándum, tan nefastas y antipopulares como las de los dos anteriores rescates, siguió confiando en Tsipras y en Syriza para cruzar otro desierto de más austeridad y recortes.

Antes que extraer pretendidas lecciones estratégicas, convendría comprender lo más sencillo: la posición en la que colocaron los votos a cada partido y el muy desigual respaldo electoral que lograron sus respectivos programas y propuestas. Y ya puestos, también convendría intentar entender algo menos simple: los partidos tradicionales que gestionaron los dos primeros planes de rescate y las abusivas políticas de austeridad impuestas desde mayo de 2010 hasta enero de 2015 mantuvieron su cuota electoral. En las elecciones generales de septiembre de 2015, la derecha de Nueva Democracia ganó tres décimas, hasta situarse en el 28,1%; y los socialdemócratas del Pasok, aliados en esta ocasión con Izquierda Democrática (un partido residual con igual origen que la mayoría de Syriza) subieron 1,1 puntos porcentuales para lograr un extremadamente modesto 6,3%. Por otro lado, la extrema derecha de tintes fascistas, que en el caso griego se llama Amanecer Dorado, incrementó ligeramente en siete décimas su cuota electoral, logrando un significativo 7% de los votos, y se mantiene como amenaza y ejemplo de los monstruos políticos nacionalistas y anti-europeístas que están contribuyendo a engordar las políticas insolidarias y antisociales que imponen las instituciones europeas y los poderes que las manejan.

Pese a la inclinación sectaria que muestran algunas de las organizaciones participantes en la inevitablemente limitada, inconcreta y contradictoria propuesta del Plan B para Europa, la iniciativa contiene aspectos muy positivos que merecen ser apoyados y desarrollados. Habrá otra ocasión para concretar y analizar el interés, los elementos positivos y el potencial que contiene el aún incipiente Plan B. 

A propósito del Plan B para Europa