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miércoles. 08.02.2023

A propósito del debate en Podemos

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Foto: Flickr Podemos

Vistalegre II va a determinar la vía y el alcance del cambio posible en los próximos años 

Ya se han publicado los documentos de las principales corrientes de Podemos que aspiran a dirigir la formación y orientar su actividad en tiempos que van a ser cruciales para definir las posibilidades del cambio que necesita la mayoría social o, en sentido contrario, de una restauración política asentada en un bipartidismo renovado. Y con la publicación, han comenzado las naturales controversias, aportaciones y transacciones entre propuestas para Vistalegre II. En las redes sociales abundan dimes y diretes que, desgraciadamente, pondrán sordina a los textos que intentan ganar el apoyo de los círculos y las personas inscritas. Lenguaje tóxico, cacofonías ideológicas y excesivos ecos pueden acabar impidiendo que se distingan las distintas voces y se aprecien las legítimas diferencias existentes, en un momento que es imprescindible conocer y discutir las razones, críticas y argumentos que se aportan para elegir e integrar los mejores.

El debate de los documentos que sustanciarán Vistalegre II se produce en una coyuntura de encrucijada política para el país y para Podemos, un partido que no puede definir por sí solo el cambio al que aspira la mayoría social pero que se ha convertido en la clave para ampliar o reducir la potencialidad del cambio y ganar o perder posiciones en la sociedad y en las instituciones. La tarea del debate político que ha comenzado en Podemos es aclarar las diferencias existentes; precisar, más allá de las metáforas a que nos tienen acostumbrados, su alcance y principales contenidos para que los inscritos puedan participar en la discusión y se inclinen por una u otra posición con más y mejor información y conocimiento. Ese es el reto. Y no incumbe solo a las personas que se han inscrito en Podemos. Vistalegre II va a determinar la vía y el alcance del cambio posible en los próximos años. 

Hay corrientes y dirigentes de Podemos que identifican el debate como un peligro de división o un factor que fragmenta y debilita al proyecto de cambio y a la propia organización. Y reaccionan, de forma precipitada, intentando abortar o controlar el debate con una búsqueda rápida de un texto consensuado entre los principales líderes que impediría una imprescindible discusión de clarificación de la acción política y los perfiles estratégicos de las diferentes posiciones. Olvidan que lo que debilita y divide no es el debate sino las malas formas, el temor a exponer las diferencias, la suficiencia de los que creen que no tienen nada que aprender en el contraste de pareceres y razones. No sería bueno para Podemos rehuir la controversia o cerrar en falso, en aras de la unidad, un debate que hay que realizar porque es absolutamente imprescindible para no repetir los errores cometidos a lo largo del pasado año.

Hay algo aún peor que no debatir las diferencias que existen, el que se tengan que justificar las personas o corrientes que quieren debatirlas. La discusión permite encauzar democráticamente las diferencias y, tras aclararlas, integrarlas en un proyecto político común. Pero para que la discusión sirva a ese cometido hay que crear un clima propicio, hay que intentar hacer un esfuerzo de pedagogía y argumentación, evitar preguntas retóricas o capciosas, respetar a las personas que disienten y no simplificar en demasía los términos del debate, especialmente lo que piensan los otros.

Por ejemplo, no están a un lado las corrientes que quieren ganar y al otro, las que se contentan con una digna derrota; las que quieren pactar con el PSOE frente a las que quieren arrinconarlo y reducirlo; las que apuestan por reforzar el liderazgo de Iglesias y las que quieren sustituirlo en la secretaría general; las que desean ser útiles desde las instituciones contra las que quieren una movilización permanente en las calles que acabe con el régimen. No hay colaboradores frente a resistentes. Ni agentes de la socialdemocracia que intentan revivirla contra comisarios comunistas que quieren reconstruir la Internacional. Esos dilemas son interesados y simplificadores y, en consecuencia, falsos. Y los falsos dilemas conducen a debates empobrecedores que aclaran poco, distorsionan la discusión y no permiten integrar nada.

Hay que aceptar de buena gana que hay diferencias legítimas y necesidad de aclararlas y debatirlas. Y en nada contribuyen a esos objetivos manifestaciones como las que en las últimas semanas han realizado monederos, monereos y verstrynges. Convendría, por tanto, que no se repitieran. No está mal que haya pasión en un debate tan importante y que cada cual multiplique sus esfuerzos para apoyar y difundir  las posiciones e imágenes de una u otra corriente. Pero aún está mejor intentar leer lo que han escrito los míos y los otros, compaginar el entusiasmo con un mínimo distanciamiento crítico, compartir y confrontar argumentos e impresiones y no servir de altavoz a las malas prácticas que hay que desterrar.

En todo caso, el análisis y la difamación no caben en el mismo argumento. Hay que elegir. El análisis es necesario, la difamación, no. Más necesario aún cuando la tarea es clarificar diferencias y definir con más precisión los perfiles de cada propuesta. No es difícil. Se puede hacer. Y Podemos está obligado a hacerlo bien si quiere jugar el papel dirigente al que aspira.

¿Cómo se puede, por ejemplo, identificar las posiciones de la Gestora del PSOE con las que defiende Errejón? ¿A qué viene señalar una coincidencia de intereses o posturas que es, a todas luces, falsa? Lo que señalan Errejón y la corriente que lidera es que hay que pasar a la ofensiva porque se puede debilitar a un gobierno del PP que sólo se hará fuerte si Podemos se pone a la defensiva y no ofrece iniciativas y propuestas políticas.

El PSOE no puede conciliar sus intereses internos (ser oposición) y su interés por la estabilidad del régimen político (que requiere que su papel sea sostener al gobierno del PP). Además, en ambas funciones, tanto en la de oposición como en la de apoyo imprescindible del Gobierno de Rajoy, necesita del PP. Colaboración de la Gestora del PSOE a cambio de la ayuda del PP. Así son los términos de su relación.  El Gobierno de Rajoy parece fuerte, pero no lo es porque su éxito descansa en un descalabro del PSOE que ha puesto en crisis al bipartidismo y, como consecuencia, al propio régimen político, que no cuenta con suficiente apoyo social ni está en condiciones de ofrecer propuestas que solucionen los problemas políticos, sociales, económicos y territoriales de España. El PP no tiene capacidad de ofrecer cambios que consigan recuperar parte de los apoyos sociales perdidos y reintegrar al redil del régimen a las fuerzas políticas que se han distanciado o lo han abandonado. La restauración no está en condiciones ni tiene fuerza para imponerse. Por eso hay que subrayar la necesidad de retomar la iniciativa y seguir ganando posiciones en las instituciones y en la sociedad.

Se puede estar muy o nada de acuerdo con este análisis. Lo que no se puede es salir por peteneras, tergiversar las posiciones que no se comparten y, de paso, dañar las posibilidades de entender las diferentes propuestas y de elegir la que parezca mejor. Hay que argumentar, criticar los razonamientos que parezcan equivocados, relativizar conclusiones, aparcar temas que necesitan mayor grado de maduración, aportar nuevos datos o distinta información… y un largo etcétera que se resume y se sustenta en una cultura que aprecia el debate y respeta las diferencias. Y en ese empeño está todo por aprender.

De la capacidad de incorporar en la práctica esa cultura de aceptación de la discrepancia y búsqueda de la integración a través del debate y la decisión democráticos depende la consolidación de una fuerza que empuje eficazmente a favor del cambio o, en sentido contrario, su despilfarro como una burbuja política que acabe diluyéndose en lo testimonial.

A propósito del debate en Podemos