Noticias de Alemania sobre Europa

Las izquierdas europeas necesitan un programa propio de reformas institucionales y de política económica concreto y viable, de mayor alcance que el que pueden ofrecer Macron y Merkel

Cataluña centra desde hace meses buena parte de la atención y las preocupaciones de la sociedad española. Hay sobradas razones para ello. De lo que suceda en Cataluña y con Cataluña en las próximas semanas y de los movimientos que realicen los principales partidos políticos y poderes del Estado español dependerán la evolución o involución de nuestro régimen político, la marcha de la economía, el bienestar de la ciudadanía y lo que acaben siendo o no siendo las Españas.

Recientemente, a 2.000 km de aquí, en Alemania, se han producido acontecimientos que podrían tener un impacto decisivo en el futuro de Europa, que es nuestro futuro. Merkel y Schultz o democristianos (CDU-CSU) y socialdemócratas (SPD) han anunciado un principio de acuerdo para formar nuevo gobierno. Otra gran coalición, sería la tercera con Merkel como Canciller, que en esta ocasión tendría que atender dos flancos de alta sensibilidad y notable impacto político.

Por un lado, en el ámbito alemán, impedir que la extrema derecha siga creciendo y extendiendo su antieuropeísmo y xenofobia en la sociedad alemana. Alternativa para Alemania (AfD) tuvo casi 6 millones de votos en las últimas elecciones federales de 24 de septiembre de 2017 y puede acabar convirtiéndose en un factor de inestabilidad incorregible. Tras el fuerte retroceso electoral experimentado por democristianos y socialdemócratas en las últimas elecciones (ambos perdieron algo más del 15% de los votos respecto a las anteriores), Merkel emprendió negociaciones con liberales y verdes para formar un nuevo gobierno que finalmente han fracasado. Ahora, tanto Merkel como Schultz intentan, al resucitar la gran coalición, evitar la convocatoria de unas nuevas elecciones que podrían ahondar el fuerte desgaste de sus respectivas formaciones políticas y acabar con las carreras políticas de ambos personajes.

Por otro lado, en el terreno europeo, atender los requerimientos del presidente francés, Macron, y de la Comisión Europea para reformar las instituciones europeas, con el objetivo de que el euro deje de ser un problema y se convierta en un instrumento de estabilidad y desarrollo para el conjunto de los socios. Y de paso, suavizar las políticas de austeridad con un nuevo impulso de inversión modernizadora y mejorar la aún grave situación de las economías y sistemas financieros del sur de la eurozona para frenar las pulsiones disgregadoras que nutren soberanismos insolidarios que cuestionan la continuidad del proceso de unidad europea. Nacionalismos exacerbados que ofrecen una respuesta equivocada (proteccionista y xenófoba) a una globalización desregulada y ultraliberal que promueve modelos de crecimiento no inclusivos que, desde hace décadas, multiplican la desigualdad y la precariedad laboral en los países capitalistas avanzados, al tiempo que consolidan la pobreza y la exclusión social.

Aquí, en España, también en Cataluña, seguimos viéndolas venir o, peor aún, ni viéndolas venir. España no tiene voz propia ni una posición visible ante los problemas que deben encarar la eurozona y, por extensión, la Unión Europea (UE). Lo peculiar es que esa falta de presencia y de propuestas no son patrimonio exclusivo de Rajoy o su Gobierno y, más en general, de los sectores y grupos de poder a los que representan; al fin y al cabo, la crisis y las políticas de austeridad y devaluación salarial no han perjudicado en nada los intereses ni han socavado el poder o la posición de los sectores privilegiados. Esa falta de propuestas es también una característica particular de nuestras izquierdas que, en ausencia de un programa de reformas o, al menos, una visión de conjunto sobre los problemas que afrontan la UE y el euro, sólo sacan a relucir a Europa en contadas ocasiones, cuando hace las cosas mal, y con el limitado objetivo de desgastar a sus rivales políticos. Apenas se analizan y explican las conexiones entre las deficiencias institucionales y de política económica europeas y las necesidades básicas, de estructuras y especializaciones productivas, de la economía española. Esa dejadez de la izquierda ha tenido como consecuencia la consolidación en la ciudadanía española de un ideario a propósito de la UE que mezcla desinterés y adhesión infantil (o rechazo, también infantil, en sectores minoritarios) a Europa, una Europa fragmentada que impulsa las diferencias productivas, la divergencia de rentas entre los Estados miembros y el aumento de la desigualdad en el interior de cada Estado miembro. Dejadez y adhesión emocional que dificultan pensar de qué forma el proyecto de unidad europea podría volver a funcionar e ilusionar.

Recuperar los apoyos que ha perdido el proyecto europeo requeriría que los principios de solidaridad y cohesión económica, social y territorial se hicieran reales en beneficio de todos los Estados miembros y del conjunto de la ciudadanía europea, en lugar de, como sucede ahora, en beneficio de unos pocos socios y de una minoría social que acapara una parte creciente de las rentas y patrimonios, generando un crecimiento frágil, no inclusivo y poco respetuoso con el medio ambiente y los recursos naturales. El fortalecimiento del proyecto de unidad europea requeriría, en definitiva, un programa alternativo de reformas de carácter progresista que hoy no existe.

Europa, la UE y el euro pueden llegar a ser un refugio o un escudo protector que permitan resistir en mejores condiciones futuras crisis financieras, económicas o militares con altas capacidades desestabilizadoras y destructivas. La UE y el euro pueden ser, además, instrumentos eficaces para embridar la globalización y ofrecer una alternativa que no es compatible con el proteccionismo y el cierre de fronteras. Alternativa que ningún Estado miembro por separado, tampoco Alemania, está en condiciones de impulsar.

merkel macron

¿Tienen algo que decir las izquierdas sobre las propuestas de reforma y relanzamiento europeísta que Macron ha puesto encima de la mesa y que Merkel y Schultz, según el principio de acuerdo recién firmado, aceptan como un punto de partida para reformar la eurozona en estrecha colaboración con Francia? Macron resumió su propuesta de impulso europeísta en dos medidas: establecimiento de una unión presupuestaria y creación de un Ministerio de Finanzas en la eurozona. Ambas propuestas tendrán que pasar por el filtro político de Alemania para definir su alcance (la gran coalición permitiría abrir la puerta a esas reformas, pero no asegura alcanzar unos mínimos ni su consecución) y por el filtro de una compleja discusión técnica para diseñar sus contenidos e implementación, con los pasos intermedios y los tiempos necesarios, seguramente largos, para llevarlas a cabo.       

Para lograr el equilibrio de las cuentas públicas y exteriores, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento y la multiplicación de medidas de supervisión y sanción no sólo han sido insuficientes, se han revelado como contraproducentes, ya que en nada han contribuido a reducir los notables superávits por cuenta corriente de Alemania y Holanda ni a impedir, como consecuencia, el sesgo recesivo que introducen esos superávits en el conjunto de las economías comunitarias. Ni nada pueden hacer para transformar el exceso de ahorro de la eurozona en demanda efectiva e inversión productiva modernizadora. Hace falta una unión presupuestaria que permita compartir deuda pública actual y futura; lo cual no podría significar, tanto por razones políticas como económicas, una perpetuación de las transferencias desde Alemania a los países del sur de la eurozona. Pero esa mutualización de deuda exige como condición política nuevas cesiones de soberanía para definir objetivos y aplicar políticas económicas comunes, especialmente en relación con el equilibrio de las cuentas públicas, que necesariamente deberían ir acompañados de un organismo ejecutivo común y de un órgano de control democrático sobre su labor. ¿Es ese un camino practicable?

Cuando se despeje en Alemania la incógnita de la gran coalición, las izquierdas españolas, como las europeas, deben redefinir su papel y sus propuestas 

Además de sopesar la viabilidad del camino de reformas que pueden liderar y emprender en unos meses Merkel y Macron, cuando se despeje en Alemania la incógnita de la gran coalición, las izquierdas españolas, como las europeas, deben redefinir su papel y sus propuestas. ¿Serán una parte poco influyente, subordinada al nuevo bloque de poder que representan Macron y Merkel, de la estrategia reformista que impulsarán Alemania y Francia? ¿Se contentarán con difundir inflamados discursos sobre la necesidad de otra Europa que se quedan en la superficie de los problemas y en nada cambian la cansina marcha de una Europa en la que las elites económicas seguirán marcando su dirección y ritmo? ¿Serán capaces las fuerzas progresistas de ofrecer una alternativa a esa estrategia de las elites para conseguir que las reformas sirvan a la mayoría social y al conjunto de los Estados miembros?

Las reformas que lideren en su momento Macron y Merkel podrían aumentar la  estabilidad al euro, mejorar en algo la situación económica de los países del sur de la eurozona e impedir que las fuerzas de extrema derecha antieuropeísta sigan su ascenso. No es poca cosa, pero una alternativa de izquierdas debe ser algo más y no puede contentarse con respaldar las propuestas o la estrategia reformista de la derecha y el centro-derecha europeos.

Las izquierdas europeas necesitan un programa propio de reformas institucionales y de política económica concreto y viable, de mayor alcance que el que pueden ofrecer Macron y Merkel. Hay demasiados objetivos, vinculados a las necesidades de la mayoría social, que no pueden encontrar su sitio en un programa diseñado por las elites y al servicio de las elites. Objetivos como los siguientes: lograr que los principios de solidaridad y cohesión social orienten las tareas de las instituciones europeas y se plasmen en medidas prácticas; alcanzar verdaderas capacidades fiscales europeas al servicio de la innovación, la redistribución equitativa de rentas, la protección social, el fortalecimiento de los bienes públicos y el apoyo institucional a una producción respetuosa con el medio ambiente; consolidar el pilar de los derechos sociales en los tratados europeos; reforzar la democracia en las instituciones europeas, en los ámbitos locales, regionales y nacionales y, también, en las empresas a través de la negociación colectiva y el diálogo social; impulsar la presencia de Europa como un actor principal en el desarrollo de políticas sociales y ecológicas globales.

¿Tenemos las izquierdas alguna concreción de un programa y unos objetivos progresistas para la reforma de las instituciones y las políticas europeas? ¿Hay, al menos, una mínima preocupación por su carencia o insuficiencias? ¿Se han puesto en marcha algunos recursos y medidas para desarrollar un verdadero programa de reforma de las instituciones y políticas de la eurozona? Mucho me temo que en las próximas elecciones al Parlamento Europeo de 2019 apenas se hablará de Europa y el euro, de los problemas que impiden su buen funcionamiento y de las medidas concretas que se proponen para superar esos problemas. En los márgenes de un debate centrado de nuevo en nuestros principales problemas políticos y sociales (la corrupción, el paro, la pobreza…), el tema europeo se verá reducido de nuevo a la proclamación de frases rotundas, vacías de contenido y de sentido político. Sería muy importante que esos temores no se confirmaran.