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miércoles. 28.09.2022

La estabilidad política como valor en alza

¿Por qué la corrupción sistémica ha supuesto tan bajo coste electoral para el PP? ¿Cómo se explica que una tasa de desempleo del 20% quede sepultada por los sainetes que protagonizan los partidos políticos? ¿Por qué el aumento de la pobreza entre las personas que acceden a los nuevos empleos tiene tan poca relevancia y es asumido con tanta indiferencia por la opinión pública?

Esas o similares preguntas pululan en las redes sociales y en todo tipo de reuniones y encuentros, a poco que la comunicación se extienda más allá de las formalidades y los interlocutores conserven un poso de sensibilidad social. Y, tras las preguntas, perplejidad y dificultad de contrastar las diversas hipótesis con datos fiables que reflejen con alguna aproximación el complejo panorama político y socioelectoral que se intenta interpretar. El enjambre de respuestas que, a menudo, se apunta refleja más estados de ánimo que una reflexión pausada sobre los muy diferentes impactos de la corrupción y la crisis sobre la ciudadanía y sus distintos grupos y categorías sociales. 

Estamos ante preocupaciones que merecen más atención y análisis. A nadie se le escapan, más allá del desgaste sufrido por el bipartidismo y de los límites electorales mostrados por las opciones políticas que intentan un cambio sustancial, las dificultades que encuentran las organizaciones populares de carácter progresista para traducir la indignación y el malestar que viven amplios sectores sociales en movilización. No digamos si, además, nos referimos a una resistencia eficaz; es decir, a una movilización capaz de mejorar la vida de la gente o impedir su deterioro. Ha aumentado la pasividad y la indiferencia de la opinión pública frente a la corrupción, la pobreza y la exclusión o, para ser un poco menos imprecisos y más justos, ha crecido una mezcla de impotencia y cansancio en el sector social favorable al cambio que se parece mucho a la indiferencia. ¿Es así? ¿Hay un debilitamiento de las pulsiones sociales favorables al cambio? En mi opinión, esa debilidad es evidente. Y es preocupante que las fuerzas políticas favorables al cambio no reconozcan esa tendencia y, en consecuencia, no se interroguen sobre cómo afrontarla. 

No hay respuestas inequívocas capaces de explicar esa deriva hacia un clima social menos favorable al cambio y más propicio a la resignación. Hay, no obstante, alguna pista que ayudaría a entender parte de esa indiferencia y, aún más revelador, sus expresiones políticas de apoyo electoral al PP y, tanto o más importante, de paulatino deslizamiento de parte de la dirección y el electorado socialistas a favor de la abstención que abandera la Gestora del PSOE con el objetivo de evitar unas terceras elecciones a costa de facilitar la continuidad de Rajoy el PP en el Gobierno.

La pista a seguir es la nueva situación por la que atraviesa la crisis económica. Tanto los nuevos datos de recuperación económica, que no desmienten los robustos factores de crisis que subsisten, como la percepción de esos datos que se está instalando en buena parte de la sociedad autorizan a hablar de nueva situación.  

No se trata de intentar explicar lo resistente que se muestra el voto al PP (y a otras fuerzas que representan otras tantas variedades de la continuidad) o el cambio de posición de la mayoría del Comité Federal del PSOE por la nueva situación económica, sino de apuntar la nueva relación entre recuperación del crecimiento y temor a un cambio político que pueda abrir la puerta a una nueva fase recesiva. Relación que puede explicar o arrojar algo de luz sobre la convivencia de sentimientos encontrados: indignación y conformismo; deseos de cambio político y miedo a una nueva fase de estancamiento económico, recortes y aumento del desempleo; repugnancia por la corrupción y minusvaloración de su alcance o entidad; voto al PP y a otras expresiones políticas de continuidad y fuerte apoyo electoral a partidos y confluencias que pretenden un cambio sustancial. 

La economía española lleva algo más de 2 años con un ritmo de crecimiento intertrimestral de alrededor de 0,8%, lo que supone tasas anuales ligeramente por encima del 3% desde finales de 2014. Es un crecimiento que dobla el de Alemania o el de Francia y cuadruplica el de Italia. No es ficticio, aunque se trate de cifras macroeconómicas. Es un crecimiento fuerte, pero no inclusivo: las rentas asociadas a ese mayor crecimiento son captadas fundamentalmente por los beneficios empresariales, las rentas del capital y, muy importante, una fracción significativa de asalariados de alta y media-alta cualificación y remuneración (en servicios a las empresas y en algunas ramas manufactureras) que está conectada al mercado mundial y expuesta a la competencia externa. Desde el punto de vista social tiene gran importancia otra característica del actual crecimiento económico: es intensivo en la creación de empleos poco cualificados, precarios, mal remunerados (en servicios a las personas que están a resguardo de la competencia exterior), pero que proporcionan rentas y esperanza a las personas que los consiguen y a su entorno. Personas y entornos que temen que esa nueva tendencia, que asocian a la continuidad política, se tuerza o se debilite.

Es un crecimiento que impulsa la desigualdad de rentas, a favor del capital y en contra del trabajo, y la bipolarización del mercado laboral, concentrando los empleos en los extremos: por un lado, una parte menor (pero no insignificante) de empleos cualificados de alto valor añadido y salarios elevados; por otro, una parte mayor y creciente de empleos poco cualificados, con bajos salarios compatibles con situaciones de pobreza. Y en medio, un todavía importante sector en retroceso, que no trasmite sus condiciones de trabajo y salarios a los nuevos empleos que se crean y que teme no llegar a cobrar pensiones decentes o, peor aún, perder sus actuales empleos si la situación se tuerce.

Con un mucho de exageración esa bipolarización del mercado laboral se identifica con desaparición de las clases medias o, en una versión más ajustada, como retroceso de los antes mayoritarios sectores con ingresos cercanos a la renta mediana; pero lo más relevante es que no se trata de un conflicto entre el 1% y el 99%, sino de un fraccionamiento mayor y más igualado en términos cuantitativos de los diferentes componentes o sectores que viven situaciones particulares y sufren dolores específicos no compartidos. En el terreno político, la bipolarización del mercado laboral y, como consecuencia, la dispersión social también suponen un soporte, no el único ni, probablemente, el más importante, al multipartidismo, mayor tensión entre agentes políticos en su disputa por atender los intereses y aspiraciones de los sectores sociales que tratan de representar y un terreno abonado para el aumento de las tensiones sociales, políticas o territoriales. Y, como reacción, un reforzamiento del valor de la estabilidad política entre los grupos sociales no involucrados directamente en cada conflicto potencial.

Si esta pista que he señalado más arriba tuviera algún sentido y capacidad explicativa, las izquierdas deberían recolocarse en un nuevo y más amplio terreno de juego político, social y cultural, sometido a nuevos conflictos y reglas. Tendrían que afrontar una acción política mucho más compleja para intentar construir y representar una nueva mayoría social y electoral que se reconozca en una nueva cultura hegemónica que, necesariamente, será más abierta y plural que las que construyó y transmitió la izquierda en el pasado.

Las izquierdas tienen mucho que aprender en la nueva situación, tanto en la tarea de resaltar objetivos compartidos por diferentes sectores populares como en la del trabajo cooperativo con otras fuerzas para lograrlos. También tendrán que desechar muchos esquemas y ensoñaciones. ¿Estarán a la altura? El viejo mundo del bipartidismo y su acción política se desarticula; pero, lejos de desaparecer, alienta y recrea elementos inquietantes de repliegue en torno a rutinas e identidades excluyentes que pueden contribuir a su supervivencia. Y lo nuevo no termina de revelar los rasgos y contornos que aún están por hacer y afirmarse.

La estabilidad política como valor en alza