martes 14.07.2020

Enseñanzas del desempeño económico de la eurozona en 2015

Las políticas de austeridad y devaluación salarial siguen siendo un lastre para la reactivación económica.

Las políticas de austeridad y devaluación salarial siguen siendo un lastre para la reactivación económica de la eurozona. Los factores que permitieron en 2015 un modesto crecimiento del 1,5% en el PIB de la eurozona fueron: la depreciación del euro, la notable reducción de las tasas de interés y, sobre todo, la muy fuerte disminución de los precios del petróleo y el conjunto de las materias primas. Así y todo, la eurozona sigue presentando una insuficiencia de la demanda interna que se expresa en un notable superávit de la balanza por cuenta corriente que supuso en 2015 un 3,7% del PIB y que se concentra en Alemania (excedente corriente del 8,3% de su PIB) y otros socios como Holanda (superávit del 10,5% del PIB) o Austria (2,6% del PIB).

La economía de la eurozona sigue mostrando falta de dinamismo endógeno. Y lo peor es que el contexto internacional en 2016 está siendo más desfavorable que el de 2015, debido a la prolongación del menor crecimiento de China y el resto de países emergentes y a su impacto negativo sobre el comercio internacional, los desajustes que pueda provocar la divergencia entre las políticas monetarias que aplicarán en 2016 la Reserva Federal (más restrictiva) y el BCE (más expansiva), el exceso de liquidez mundial provocado por políticas monetarias muy expansivas y la intensificación de desordenes geopolíticos y migratorios provocados por los actuales conflictos bélicos y el terrorismo. En las últimas dos semanas, tanto el Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional han ajustado a la baja (en torno al 3%) sus previsiones de crecimiento de la economía mundial en 2016, mientras mantienen las de la eurozona en un modesto 1,7%. 

A partir de la segunda mitad de 2013 la eurozona superó su segunda recesión desde que en 2008 estalló la crisis global, pero el crecimiento conseguido desde entonces ha sido relativamente bajo pese a los nuevos factores favorables que aportó el entorno exterior. A partir de la segunda mitad de 2014, gracias al descenso del precio de  las materias primas y a la política monetaria expansiva del BCE se ha producido en la eurozona un indiscutible progreso de la demanda de los hogares y la inversión productiva de las empresas y una neta recuperación de empleo; pero ese progreso sigue siendo precario y, sobre todo, muy insuficiente. La reacción de la oferta productiva doméstica al incremento de la demanda sigue siendo débil y la depreciación del tipo de cambio del euro apenas ha favorecido las exportaciones hacia países ajenos al euro. Las exportaciones de la eurozona crecieron a un ritmo similar al del comercio mundial, pero la depreciación del euro también encareció las importaciones y, como consecuencia, reforzó el exceso de ahorro en la eurozona.    

De no haberse producido el impulso de la demanda doméstica sustentado en la disminución del precio del petróleo y demás factores señalados antes, el crecimiento de la eurozona en 2015 habría sido insignificante o de unas pocas décimas, en lugar de ese reducido 1,5% de crecimiento estimado del PIB. Las políticas de austeridad, desregulación del mercado laboral y devaluación salarial, lejos de impulsar el crecimiento que vaticinaban los partidarios de los recortes, han seguido suponiendo un freno a la recuperación económica propiciada por condiciones tan favorables.  

Alemania y los otros países con superávit corriente (Holanda y Austria, principalmente) estarían en inmejorables condiciones macroeconómicas para estimular su demanda doméstica mediante políticas presupuestarias, pero Alemania sigue practicando una política restrictiva orientada a lograr superávits de sus cuentas públicas. Peor aún, los gobernantes alemanes siguen empeñados en extender un equilibrio presupuestario estricto a todos y cada uno de los países de la eurozona y en dificultar que la Comisión Europea  impulse una política común de inversiones productivas que favorezcan la modernización del capital productivo y la cualificación de la fuerza de trabajo, permitiendo así reducir la creciente brecha en estos terrenos entre la eurozona y EEUU.

Los factores que propiciaron el crecimiento de la eurozona en 2015 

A mediados de 2014, el precio del petróleo tipo Brent comenzó a bajar desde una media mensual de 82,5 euros por barril en junio hasta los 57,3 euros de diciembre del mismo año. Un año después, el 31 de diciembre de 2015, el precio se situaba en 36,5 euros y ha seguido bajando en estos primeros días de 2016, hasta situarse en la segunda mitad del mes de enero por debajo de los 30 euros. La reducción en dólares del precio del petróleo fue aún más intensa, pero la depreciación del euro redujo parte de su impacto en la eurozona. Al tiempo, los países exportadores de petróleo redujeron sus ingresos y han comenzado a recortar gasto público para controlar su déficit presupuestario. Como consecuencia, también las exportaciones de la eurozona hacia esos países se han visto afectadas. En todo caso, el efecto neto para la eurozona de la reducción en el precio del petróleo y otras materias primas fue positivo y se estima que ha podido significar un punto de crecimiento del PIB en 2015.

La reducción del pago anual por las importaciones del petróleo y la energía hasta el 3% del PIB de la eurozona (con una reducción de alrededor de 2 puntos desde el 5% que alcanzó en 2012) permitió que los hogares transformaran el suplemento de renta real en crecimiento de su demanda de bienes y servicios, sin disminuir sus tasas de ahorro ni abandonar la senda de desendeudamiento emprendida. Y de igual manera, las empresas sometidas a la presión competitiva de las importaciones pudieron aligerar esa presión y aumentar sus márgenes de beneficios, gracias a un encarecimiento en euros de las importaciones que desvió parte de la demanda hacia los bienes producidos en la eurozona. Buena parte de esos beneficios empresariales extras se transformaron en inversión, sin necesidad de aminorar la autofinanciación de las grandes empresas (que les permite aumentar su autonomía respecto al sistema financiero y bancario) ni el ritmo de su desendeudamiento. Y algo parecido ocurrió con las empresas exportadoras, pues aunque solo aumentaron sus ventas en pequeña medida y no en todos los mercados exteriores, la reducción de costes en  el consumo intermedio de energía en medio punto del PIB pudo trasladarse íntegramente a sus cuentas de resultados y tuvo un efecto positivo sobre la inversión productiva privada, que aumentó en un 0,7%.

Sin embargo, el alto nivel de endeudamiento de los agentes económicos privados (y su necesidad de desendeudarse), la mayor aversión al riesgo y la prudencia o falta de confianza en la recuperación económica puesta en marcha en 2014 dificultan que los incentivos a la demanda se concreten en demanda efectiva y se transformen en mayor actividad económica. Por otro lado, los incentivos a la demanda que logran concretarse en crecimiento del producto requieren, especialmente en los países del sur de la eurozona, de un aumento de las importaciones (y adquisiciones intracomunitarias) que reducen la contribución de la demanda externa a la reactivación económica y debilitan los impactos positivos provocados por la mejora de la demanda interna. En 2016, la situación podría ser algo peor, ya que a la persistente debilidad de la demanda interna de la eurozona causada por la estrategia conservadora de austeridad y devaluación salarial impuesta a los países del sur de la eurozona se suman las múltiples incertidumbres que afectan a la situación económica y geopolítica mundial y a la consiguiente desaceleración del comercio mundial y del crecimiento de las economías emergentes.

La disminución del precio del petróleo también fortaleció la tendencia a la baja de la inflación (el IPC armonizado de la eurozona creció un 0,1% en 2015) y, como consecuencia, favoreció un pequeño incremento de los salarios reales y la renta real de los hogares que produjo un aumento de unas pocas décimas del porcentaje que representa la demanda de los hogares en el PIB de la eurozona. Sin embargo la persistencia de una preocupante tasa media de paro del 11% en el conjunto de la eurozona y la obsesión por la desregulación del mercado laboral siguen obstaculizando la recuperación de los salarios reales y, por consiguiente, que el consumo de los hogares sea un factor efectivo de recuperación de la actividad económica.   

El estancamiento del nivel general de precios de consumo supone un obstáculo añadido a los derivados de las políticas de devaluación salarial aplicadas en los países del sur de la eurozona que dificultan el aumento de los salarios nominales. Sin esas condiciones extraordinarias, que colocaron las tasas de inflación de la eurozona en cifras negativas la mayoría de los meses entre mayo de 2014 y enero de 2015, el BCE habría tenido mayores dificultades para justificar y poner en marcha las políticas de Quantitative Easing (QE) destinadas a intentar acercarse a su objetivo del 2% de  inflación. La debilidad de la inflación y del crecimiento del producto contribuyó a rebajar la oposición política de los sectores más dogmáticos de los economistas neoliberales, atrincherados en el Bundesbank y en la mayor parte de las instituciones comunitarias, que a regañadientes se han visto obligados a reducir su beligerancia en contra de las medidas de expansión monetaria y compra de deuda por parte del BCE, anunciadas en la segunda mitad de 2014 y puestas en marcha en marzo de 2015.

El efecto más positivo del QE fue la reducción de las tasas de interés de la deuda soberana de los países periféricos, al margen de los avatares sufridos por Grecia a propósito de su tercer rescate, y la reducción sustancial de sus primas de riesgo. Las compras de deuda soberana de los países de la eurozona por el BCE lograron disminuir el riesgo soberano y las tasas de interés a largo plazo, junto a un significativo alivio de la carga financiera que habían ocasionado la relativa e interesada inacción previa del BCE y los altos niveles de endeudamiento alcanzados.  

Ese efecto benéfico del QE permitió en 2015 una relajación de los exigentes ajustes de los déficits públicos previstos que, por ejemplo, en el caso de España, impulsó el crecimiento y fue convenientemente aprovechada por el PP para abrir un paréntesis en la política de recortes que le permitió encarar en mejores condiciones la confrontación electoral del 20-D.

Principales enseñanzas de lo ocurrido en la economía de la eurozona en 2015   

Al margen de los notables efectos positivos que ha supuesto la disminución del riesgo soberano y la consiguiente menor carga financiera de la deuda pública, el efecto neto de la expansión monetaria sobre el crecimiento económico de la eurozona fue leve o neutro. Los efectos positivos del QE sobre el crecimiento del producto y la inflación no han funcionado. Quizá porque se han puesto en marcha demasiado tarde, a diferencia de EEUU o Reino Unido (RU), donde su aplicación temprana permitió reducir a partir de 2010 las tasas de interés a largo plazo y protegió a ambas economías de la situación cercana a la deflación (con tasas de interés nominal superiores al crecimiento nominal del PIB) que sufrió la eurozona entre 2011 y mediados de 2014. Además, tanto en EEUU como en RU se evitó también la reducción de los salarios nominales y, como consecuencia, que la inflación disminuyera y favoreciera un crecimiento de las tasas reales de interés a largo plazo por encima del crecimiento real del producto.   

En la eurozona, la reducción de las tasas de interés no ha relanzado el crédito bancario ni la inversión de las empresas o la compra de viviendas. La depreciación del euro tampoco ha permitido expandir las exportaciones netas.  

En resumidas cuentas, ni los incentivos a la demanda doméstica recibidos del exterior ni las políticas de expansión monetaria y consiguiente devaluación del euro han permitido impulsar la actividad económica y la inflación en suficiente medida o al ritmo necesario. Ambos factores han tenido un papel positivo a la hora de dejar atrás la segunda recesión sufrida por la eurozona desde 2008, pero no están exentos de efectos secundarios dañinos (favorecen el surgimiento de nuevas burbujas especulativas e incrementan la volatilidad de los mercados financieros, por ejemplo) ni permiten una salida de la crisis favorable a la mayoría social.

La austeridad sigue siendo una losa que impide la recuperación del empleo, la actividad económica y los salarios. Y muy especialmente en los países del sur de la eurozona que son los que tienen más necesidad de recuperar los bienes públicos perdidos y generar empleos decentes con salarios dignos. Los problemas de insuficiente modernización del capital productivo, desindustrialización y mínimos avances de la productividad global de los factores no se arreglan con políticas monetarias expansivas ni con incentivos a la demanda doméstica. Así lo demuestra la experiencia del conjunto de  la economía de la eurozona en 2015.

La peor parte de esta situación se la llevan los países del sur de la eurozona que se ven obligados a equilibrar sus cuentas exteriores mediante una presión sobre los salarios reales y la inversión pública que impide la modernización del aparato productivo. Su actual crecimiento económico se sustenta en un reforzamiento de estructuras y especializaciones productivas que requieren de un aumento de la competitividad vía precios que perpetúa los bajos salarios y el empleo precario. Para las economías del sur de la eurozona, los recortes, los bajos salarios, la desigualdad social, los empleos precarios, la desregulación del mercado laboral o la pérdida de derechos laborales y sociales no son meros factores coyunturales que permitirán más tarde salir de la crisis. Antes bien, son componentes esenciales y permanentes de una salida de la crisis auspiciada por el bloque de poder conservador que identifica el crecimiento económico con la rentabilidad empresarial, menosprecia los muy negativos impactos económicos y sociopolíticos que genera el aumento de la desigualdad social y favorece que el aumento de renta conseguido sea acaparado por una ínfima minoría propietaria del capital productivo y financiero.

No basta, como hace la derecha, con constatar o cuantificar el crecimiento económico que ha comenzado a lograrse o, peor aún, con identificar  reactivación económica y salida de la crisis. Hay que llenar de significado esas palabras: el crecimiento económico y la reactivación sirven cuando benefician a la mayoría social, favorecen la cohesión económica, social y territorial y permiten generar y sostener en el tiempo empleos decentes y salarios dignos. Hay medidas y programas económicos que permitirían una salida de la crisis favorable a los intereses de la mayoría social, pero ni son las medidas o la estrategia que ha impuesto el bloque de poder conservador que tiene la hegemonía en las instituciones comunitarias ni consisten simplemente en hacer lo contrario de lo que han supuesto las políticas de austeridad y devaluación salarial que han padecido los países del sur de la eurozona en los últimos años.

Enseñanzas del desempeño económico de la eurozona en 2015