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viernes. 09.12.2022

Elogio de la pluralidad, la integración y la mesura

podemos
Pleno del Congreso. Foto: Flickr

Creí que el espíritu favorable al reencuentro que se asocia a estas fiestas navideñas impondría un compás de espera en las insensatas disputas internas que viven PSOE y Podemos. Disputas que, tal y como se desarrollan en los últimos días, debilitan y suponen para ambos partidos pérdidas de legitimidad, votantes y simpatías. Pensé que un pequeño paréntesis en la manifestación pública de las discrepancias llevaría a que las aguas se calmaran, no se tomaran decisiones disciplinarias camufladas y los responsables de tomarlas reflexionaran sobre las mejores formas de abordar los innegables problemas políticos, organizativos y de orientación que existen. Se hubiera ganado un poco de tiempo que podría haberse aprovechado para calibrar con más rigor y sosiego las discrepancias y las respuestas y propuestas que pudieran aliviar los problemas, no agravarlos.

No ha sido así. Las direcciones efectivas de ambos partidos arrinconan a discrepantes y justifican su desplazamiento de anteriores puestos de responsabilidad sin clarificar en nada los inescrutables desacuerdos políticos de los que tratan de desembarazarse con tan malos modos. Sin explicar las razones de lo que es, porque así lo aparenta, una descarnada lucha por aumentar su poder y quitárselo a sus contrincantes internos. Su inexplicable actuación nos da pistas sobre el interrogante clave de estos últimos meses: ¿por qué gobierna Rajoy? Y si los responsables de esos comportamientos poco sensatos persisten en el camino emprendido, estaremos meses y años preguntándonos ¿cómo pudo el PP recomponer tan rápidamente sus filas y los lazos de confianza con sus votantes?, ¿cómo puede el PP afrontar con tan buenas perspectivas las próximas elecciones? Para entonces, explicar razones o motivos ya no tendrá mucho sentido.

Las discrepancias en el PSOE y en Podemos forman parte de un movimiento general que puede terminar abriendo puertas a las posibilidades de cambio real en nuestro país o, en sentido contrario, sirviendo de puente a la recuperación de un bipartidismo remozado.

Por un lado, la Gestora de Susana Díaz tiene planes de reanimar al PSOE, colocándolo a la sombra del Gobierno de Rajoy para obtener algunas concesiones (aumento del salario mínimo o mayor protección de las familias sin recursos frente a los cortes de suministro eléctrico) que permitan ir deshaciéndose de rivales y críticos internos y aislar la acción política en el Parlamento de Unidos Podemos y las confluencias. A eso se reduce su ofrecimiento de coser lo que está roto. Al tiempo que arrincona a toda opción que aspire a disputarle el liderazgo se esfuerza en mostrar la insolvencia e irrelevancia política de Podemos y su incapacidad para trasformar sus votos en medidas a favor de la mayoría social y en acciones que limpien y democraticen el régimen político. Para ello, no puede confrontar en demasía con el Gobierno de Rajoy y necesita construirse, contando con el beneplácito del PP, un espacio institucional propio, diferenciado del de la derecha. Difícil tarea, pero posible. Por eso es tan importante que dentro del PSOE se mantenga la resistencia a la Gestora y se siga intentando cambiar el rumbo que ha marcado, hasta devolver la palabra y el poder de decisión a las bases.

Por otro lado, Podemos vive una disputa respecto a la orientación política que aparece desplazada al terreno organizativo, no termina de concretarse en diferentes propuestas de acción política o solo se deja entrever en la utilización de metáforas que no favorecen el debate y desplazan la atención y los argumentos al árido campo de lo organizativo y al resbaladizo ámbito de la confianza y las lealtades. El momento crucial de esa disputa se vivió hace apenas una semana, con la votación sobre las normas que regirán la II Asamblea Ciudadana estatal de Podemos del próximo mes de febrero: 40.830 votos (41,57%) para la propuesta respaldada por Iglesias; 38.419 votos (39,12%) para Recuperar la Ilusión, que contaba con el apoyo de Errejón; 10.313 (10,50%) para Podemos en Movimiento, de Anticapitalistas. En total, 99.077 votos.

Los resultados fueron muy buenos, tanto por el grado de participación como por el equilibrio de fuerzas que mostraba entre las dos corrientes principales. Las pulsiones a favor del arrinconamiento de las posiciones que defienden “los otros” quedaban debilitadas y deslegitimadas. Había en el resultado un mandato claro: respetar la pluralidad y los espacios que a cada propuesta le concedían los votos. Y a partir de ahí, parecía más fácil que se desarrollaran la integración proporcional, el trabajo en común para responder a las necesidades de la gente y la búsqueda de un mayor grado de articulación y representación de la mayoría social real del país.

La dirección efectiva de Podemos, encabezada por su secretario general, estaba obligada a mantener la convivencia y el delicado equilibrio de fuerzas que permite seguir desarrollando las tareas y darle tiempo al tiempo para que las opciones estratégicas que existen en su seno puedan clarificar sus posiciones, medir sus respectivos apoyos y precisar las mejores fórmulas de extensión de las buenas prácticas a favor de la mayoría social que se están llevando a cabo en los diferentes niveles institucionales y desde los movimientos sociales. Con más democracia interna, proporcionalidad y respeto a la pluralidad se podían superar las difíciles tareas de clarificación política e integración que están pendientes.

Se ha elegido otro camino. Había un mandato y posibilidades de convivencia fructífera, pero la tentación de neutralizar las posiciones que se identifican con la secretaría política que dirige Errejón parece haber sido más fuerte. Si se sigue por ese camino, Podemos se empobrecerá y las fuerzas del cambio se debilitarán. No es un simple problema de reacomodar las piezas o de más o menos legitimidad en el reparto democrático de espacios de poder interno entre mayorías y minorías. Se trata del difícil engarce de la diversidad en una organización que no puede prescindir de ninguna de sus partes y necesita sumar los ingredientes que faltan si quiere llegar a ser un factor positivo en la articulación de las fuerzas políticas y sociales que permitirían un cambio favorable a la mayoría social. Se trata de facilitar una mayor pluralidad y, al tiempo, una mayor capacidad de integración de todos los componentes que ya están y de los que aún faltan.

Como muestra del mal camino emprendido basta un botón. Lo he elegido, entre muchos, de un reciente artículo de Monereo, diputado de Podemos por Córdoba y persona cercana a Iglesias, titulado “Podemos: el final de la inocencia”. Dice así: “Lo nuevo es que el sector o corriente identificada con Íñigo Errejón tenía un arma y la ha usado: hacer pública la ruptura del equipo dirigente forjado en Vista Alegre I y buscar el apoyo de unos medios de comunicación y de unos poderes dispuestos, cueste lo que cueste, a levantar una alternativa desde dentro a Pablo Iglesias. No valoro, constato el hecho.”

Evidentemente, no es un hecho, es una interpretación en toda regla. Una apreciación que busca un objetivo: señalar como enemigo interno a la corriente de Errejón y a todo el que valore positivamente la diversidad o critique el método de lograr la unidad mediante el desplazamiento de los discrepantes de sus puestos de responsabilidad. Y ese objetivo conlleva, aunque no se sea consciente de ello, otra meta tanto o más perjudicial y de aún peores consecuencias: eludir todo debate político por simplificación. Según Monereo, las discrepancias no se sitúan, como parecía por los documentos votados hace unos días para Vistalegre II, en torno a la conveniencia de un mayor o menor grado de pluralidad y la necesidad o no de una integración proporcional de las diferentes posiciones políticas. Tampoco, a la forma de articulación de una alternativa política capaz de disputar el poder institucional al PP y hacer posibles hoy las políticas que necesita la mayoría social y los sectores excluidos de nuestra sociedad. Todo queda reducido en el artículo de Monereo a una disputa entre un “nosotros”, prestos a disputarle el gobierno y la hegemonía a las clases dirigentes y decididos a lograr la ruptura con el Régimen del 78, y un “ellos”, Errejón y sus afines, que aceptan “ser masa de maniobra subalterna de la operación de restauración en curso” o como señala más adelante “ser sujetos pasivos en manos de las clases dominantes en sus disputas de poder”. Sencillamente, si la pretensión es que haya debate, tales afirmaciones y valoraciones son contraproducentes. Y en ningún caso deberían recibir el respaldo del secretario general, que en un tuit a propósito del artículo afirmaba: “La lucidez y la decencia de Manolo Monereo nos son imprescindibles en momentos como éste”

Si los que tienen la obligación de integrar la discrepancia y propiciar el debate se convierten en pirómanos y simplifican, hasta hacerlas irreconocibles, las posiciones de la otra parte anulan, al convertir a los que no piensan lo mismo en enemigos internos, cualquier posibilidad de discusión. Iglesias tiene la obligación de no seguir escalando los problemas y parar un daño que se produce de forma tan gratuita.

Convendría un poco más de sosiego. Dejar atrás el ruido para que se empiecen a escuchar voces y propuestas. Alentar un debate tranquilo e integrador. Intentar no debilitar el proyecto de cambio del que forma parte Podemos, pero que no es de Podemos. Entrar en los problemas, no eludirlos. Y añadir unas gotas de distancia crítica en los cambiantes postulados que se defienden y en los hiperliderazgos que se han construido. Así ganan el cambio y la mayoría social. Dividiendo o ninguneando, pierden.

Iglesias, Errejón, todas las personas que integran Podemos y sus votantes (yo, entre ellos), deberían intentar parar el daño y la insensatez que se están produciendo. O, al menos, no echar más leña a un fuego destructivo que puede controlarse fácilmente con un poco más de mesura, democracia y capacidad de integración.

Elogio de la pluralidad, la integración y la mesura