sábado 24.08.2019

Anotaciones en los márgenes de un debate electoral fallido

En un escenario político tan fragmentado pierden relevancia los programas electorales partidistas y ganan en importancia las consultas y los pactos postelectorales de los que surgirán el programa o las guías de acción del nuevo Gobierno

Tampoco los principales líderes políticos han sido capaces de debatir las propuestas o proyectos de la España que quieren impulsar en la próxima o próximas legislaturas. Dos debates fallidos en dos televisiones diferentes arrojan parecidos resultados: superposición de monólogos con sus respectivos argumentarios, preguntas retóricas, ruidos y fuegos artificiales que buscaban más ser pasto de habladurías en las redes sociales que elementos de reflexión o aclaración que animen a votar con cierto conocimiento de causa. Supongo que tal circunstancia estaba ya descontada por la ciudadanía y que nadie que estuviera convencido de ir a votar deje de hacerlo.

Pese a que los fans y los respectivos jefes de prensa de las cuatro opciones políticas consideren sublimes las actuaciones de sus respectivos líderes, creo que añadieron más indecisos al gran bolsón existente. Menos broncos de lo esperado, los dos intentos de debate se han desarrollado por cauces previsibles.

Sánchez aprovechó su posición como presidente del Gobierno durante los últimos diez meses para reivindicarse y solicitar el voto para seguir intentando un diálogo razonable con el movimiento independentista catalán, dentro de los cauces legales vigentes, y prometer más medidas para combatir la desigualdad y favorecer un reparto más equitativo e inclusivo del crecimiento económico. No olvidó agradecer el apoyo recibido de Unidas Podemos y, en el segundo debate, entró en el cuerpo a cuerpo de los insultos y descalificaciones con Casado y, especialmente, con Rivera.

Sánchez ha sido dueño de sus palabras y de sus silencios, consciente de que no le convenía adelantar sus próximos pasos. Ya se ve como futuro presidente y no quiere tener ataduras ni compromisos públicos respecto a futuros pactos. Preferiría un gobierno exclusivamente socialista con la incorporación de independientes cercanos a Unidas Podemos y a posiciones liberales centradas (incorporando a su Gobierno alguna pieza mayor, próxima a C's, para darle la puntilla a Rivera), pero no cierra ninguna puerta a otros escenarios posibles.

Iglesias adoptó una incómoda posición de mesura y responsabilidad política que, quizás por la falta de tono de sus intervenciones en TVE, le hacían caer en respuestas monótonas y sin frescura en su afán de esgrimir el librito de la Constitución y leer su articulado para fundamentar sus propuestas políticas. Una vez podría haber sido apreciado como un buen golpe de efecto frente a tanto constitucionalista de pacotilla, pero la reiteración lo hicieron cansino. Al día siguiente, en Atresmedia, se olvidó del librito y recuperó presencia y credibilidad sin sumarse al jaleo. El problema de fondo es que su posición actual no da para más: sólo puede reivindicarse si, subido a los hombros de Sánchez, los números dan para participar de alguna forma en el próximo Gobierno del PSOE.  

Las dos derechas presentes han ido directamente a la yugular del líder socialista, unidas en una atrabiliaria denuncia de Sánchez como el mayor traidor, representante de terroristas vascos e independentistas golpistas catalanes, y como el mayor peligro de la democracia, la igualdad de los españoles y la unidad de España. En la disputa por encabezar la alianza de las tres derechas que protagonizó Rivera, Casado tuvo que hacer méritos propios y acabó participando en la tarea de embarrar el debate. El problema que tienen ambos es que la extrema derecha ausente es clave para que su estrategia de acoso y derribo a Sánchez pueda hacer pie en una mayoría electoral y en una base social que, en parte, se ha reconectado con el franquismo sociológico a través de Vox, que ya determina y condiciona buena parte de las propuestas que hacen las tres derechas.    

No deja de ser enormemente preocupante, por mucho que sea habitual o esperado, que los principales líderes políticos no se escuchen ni se atrevan a exponer con claridad las dificultades y los límites que van a encontrar para desarrollar la acción política gubernamental que pretenden llevar a cabo. En un escenario político tan fragmentado pierden relevancia los programas electorales partidistas y ganan en importancia las consultas y los pactos postelectorales de los que surgirán el programa o las guías de acción del nuevo Gobierno.

Pasados desencuentros no resueltos, desconfianzas mutuas y el predominio de tácticas diferenciadoras que buscan ventajas y rentabilidades electorales inmediatas han impedido que el PSOE y Unidas Podemos se presenten en la campaña y a los debates con una propuesta explícita de cooperación en la defensa de unos objetivos comunes que, con mayor o menor claridad y desarrollo, ya están en sus respectivos programas electorales. Tal cooperación explícita habría permitido dar confianza a la mayoría social, ilusionar y activar el apoyo de la mayoría progresista y construir una mayoría parlamentaria comprometida con el cumplimiento de esas propuestas.

PP y Cs, por su parte, siguen empeñados en basar su unidad en la defensa de alucinadas e interesadas esencias de una España inexistente que sólo puede hacer pie si cuenta con el apoyo de la extrema derecha neofranquista. Aturdidos por el ascenso de Vox, siguen los argumentos y la agenda de prioridades de la extrema derecha, para lo que no tienen más remedio que negar verdades e intentar hacer creer a sus potenciales votantes interesados bulos o sospechas, cuando no descaradas mentiras.

Dos ausentes y dos ausencias

La irresponsabilidad de Casado y Rivera y de sus respectivos partidos al legitimar lo que ya representan Abascal y sus huestes y el daño que hacen a nuestra convivencia supone una aventura de alto riesgo que no nos podemos permitir

En el presunto debate han brillado con luz propia dos grandes ausentes, el independentismo catalán y la extrema derecha neofranquista.

El primer ausente, el independentismo catalán, ha sido convertido por las tres derechas en parteaguas o línea divisoria entre la España que embiste y la España que intenta pensar y resolver los problemas, tanto los que reducen el bienestar y las oportunidades de la mayoría social como los que afectan especialmente a una sociedad catalana dividida y polarizada que se juega sus posibilidades de mantenerse o reconocerse como la sociedad plural que es y la capacidad de defender su convivencia y resolver democráticamente sus diferencias. El independentismo catalán, que no es un movimiento homogéneo ni en sus estrategias y pretensiones inmediatas ni organizativamente, es un interlocutor imprescindible para encontrar una salida democrática al doble conflicto, con Catalunya y entre la sociedad catalana, que se ha convertido en el epicentro del debate y la crisis territorial. Una interlocución que no se podrá realizar si se le excluye de los debates o se ve obligado a dialogar desde la cárcel o desde fuera de España.

Al segundo ausente, la extrema derecha neofranquista, no le ha hecho falta comparecer para conseguir su principal objetivo: entronizar la sospecha y la mentira como armas políticas legítimas contra los adversarios políticos de su reconquista de una idea alucinada y franquista de España que degrada la convivencia y la democracia e inocula en nuestra sociedad el virus del odio y el miedo contra las personas inmigrantes y los creyentes musulmanes, utilizándolas como ariete contra cualquier compatriota o fuerza política que tenga una concepción sobre España diferente a la suya. La irresponsabilidad de Casado y Rivera y de sus respectivos partidos al legitimar lo que ya representan Abascal y sus huestes y el daño que hacen a nuestra convivencia supone una aventura de alto riesgo que no nos podemos permitir. Y toda la ciudadanía debería estar sobre aviso.  

Y unos apuntes finales sobre dos temas claves en el futuro inmediato de España que no han aparecido en ninguno de los dos debates: Europa, que parece no existir ni ocupa el más mínimo espacio en las preocupaciones u objetivos de los líderes políticos; y la evidente desaceleración del crecimiento económico mundial, con sus inevitables impactos sobre la economía española.<

Europa parece seguir siendo para los principales dirigentes políticos un tema de política exterior. Lo reservan a las elecciones al Parlamento Europeo, sin comprender que la marcha de las reformas de las instituciones europeas, la política monetaria del BCE, la crisis de la globalización neoliberal, desde que Trump ha impuesto sus criterios e intereses de superpotencia, o la desglobalización comercial en marcha son temas de política interior que condicionan la política económica y los márgenes de acción política. Mal vamos si nuestros principales líderes no tienen nada que decir ni que proponer sobre lo que está ocurriendo en Europa, sus deficiencias institucionales y el fracaso de las políticas de austeridad y devaluación salarial impuestas.

La ralentización de la actividad comercial y productiva mundial tiene múltiples causas y raíces profundas que van a reforzarse en los próximos meses, con sus inevitables impactos sobre la economía española. El próximo Gobierno de España va a tener más dificultades en lo que resta del año y en 2020 para aumentar los ingresos tributarios, tener bajo control las cuentas públicas, contar con márgenes fiscales para revertir los recortes de bienes públicos y atender las necesidades de los sectores más vulnerables o en riesgo de exclusión y afrontar un posible aumento de la prima de riesgo y las tasas de interés de la deuda pública que volverán a colocar a España en una posición de extrema fragilidad. Los partidos han construido sus programas económicos suponiendo la continuidad de la relativa bonanza económica de los cuatro últimos años y no han adaptado sus expectativas y posibilidades de acción política al nuevo escenario de desaceleración económica y mayores riesgos de nueva recesión.

No sería responsable terminar estas notas sin expresar, al margen de lo ocurrido en el fallido debate televisivo, un par de ideas: primera, la utilidad del voto al PSOE para parar los pies a una derecha envalentonada, aventurera, simplona y autoritaria; y segunda, la doble utilidad del voto a Unidas Podemos para lograr vencer las resistencias de Sánchez a considerar a UP como un socio preferente al que le conviene incorporar a su Gobierno si pretende un cambio progresista en beneficio de la mayoría social y reforzar a la ciudadanía y a las fuerzas progresistas que defienden la convivencia y la democracia frente a sus enemigos conscientes e inconscientes.  

El coste de oportunidad de no ir a votar el próximo domingo puede resultar excesivo. Los abstencionistas no dejarán de pensar en los próximos cuatro años que perdieron la ocasión de impedir que las tres derechas tuvieran un diputado más que hizo viable un gobierno derechista que mató las posibilidades de convivencia y consolidó las políticas antisociales.

Anotaciones en los márgenes de un debate electoral fallido