#TEMP
miércoles. 29.06.2022

La crisis del socialismo francés

Los diputados socialistas díscolos con la austeridad han aprovechado la cita socialista en La Rochelle para lanzar un Llamamiento titulado “Pour que Vive la gauche!”.

Ni París está ardiendo ni nadie, que yo sepa, trata de llevar a Hollande a la hoguera. La situación es menos dramática, aunque no por ello menos grave para Francia y para Europa. El Partido Socialista francés (PS) vive una profunda crisis, la desunión es creciente y se extiende a todos los niveles de la organización, la crispación aumenta y los puentes que facilitaban la coexistencia entre las diferentes corrientes y sensibilidades internas se han roto. Muchos afiliados, diputados, dirigentes y, finalmente, varios ministros han manifestado públicamente que las políticas que promueve el Gobierno de Valls, recortes de los gastos sociales y reducciones en los costes laborales y fiscales que soportan las empresas, son ineficaces e injustas.

Lo que empezó siendo un problema de orientación política ha pasado a convertirse también en un problema mucho más peliagudo de identidad. Está en juego el futuro del socialismo francés, su influencia, credibilidad, aptitud para integrar un amplio abanico de corrientes y sensibilidades progresistas y de izquierda y capacidad para gobernar con un proyecto propio, autónomo del que propugnan la derecha política y el poder económico.

El 1 de abril de 2014, el nombramiento de Valls como primer ministro significó para muchos socialistas franceses un inaceptable cambio de rumbo o de prioridades y acentos en las políticas gubernamentales. La acción y propuestas del nuevo Gobierno generaron críticas y resistencias. No solo en los extramuros izquierdistas y radicales del PS, también en su interior. En lugar de remitir, la reciente crisis gubernamental y la constitución de  un nuevo Gobierno socialista, también con Valls como primer ministro, pero depurado de los ministros que manifestaron públicamente su oposición a las políticas de austeridad, han extendido y exacerbado las críticas.

Dediquemos algunas líneas más a describir lo ocurrido e intentar comprender su significado.

Hace apenas cinco meses, Hollande y Valls apostaron por realizar un viraje político que pretendía dejar patente su compromiso a favor de la reducción del déficit público y la recuperación de la rentabilidad y la competitividad de las empresas francesas. Eligieron esa opción en lugar de cualquier otra. Hollande y Valls contaban con poder hacer ese giro manteniendo el apoyo de las diversas corrientes de izquierdas existentes en el seno del PS y preservando la unidad del partido. No ha sido así y su fracaso en este terreno es absoluto.

El conflicto, que comenzó en el seno del PS y de su grupo parlamentario, acabó afectando también al Gobierno. Hollande ha optado por reafirmar la autoridad de Valls y desprenderse del lastre que significa para ambos la presencia de ministros díscolos en el Gobierno. Hollande y Valls han impuesto un nuevo Gobierno que gana en homogeneidad (ya veremos si en solidez), pero divide al partido. Han elegido esa opción entre otras muchas también posibles. Y esa decisión de replegarse tras el ala derecha del PS ha generado más resistencias y enfrentamientos aún más agrios en las filas socialistas.

No se trata de demonizar a Hollande o de mostrarle una adhesión inquebrantable; se trata de intentar examinar con la mayor objetividad  lo ocurrido y propiciar, con datos, argumentos y razones, un debate digno de tal nombre que contribuya a entender  lo que ha pasado y lo mucho que se juegan el socialismo francés, con sus inevitables efectos en la socialdemocracia europea, y el conjunto de la izquierda en la tarea de defender una alternativa viable a las políticas de austeridad predominantes en la eurozona y responder a los intereses y necesidades de la mayoría social y de las personas que están siendo tan duramente golpeadas por las políticas de austeridad.

Antes de proseguir con la descripción de los hechos más recientes, conviene hacer un paréntesis para destacar un aspecto de lo ocurrido: diputados, ministros, dirigentes y militantes del PS se atreven a discrepar y alzan la voz, critican a su Gobierno cuando hace políticas y leyes que consideran contrarias a lo que prometieron a sus electores y son capaces de votar en contra o dimitir. No son simples brazos de madera, ni culos de hierro para los que no hay agua hirviendo capaz de despegarlos de sus poltronas, ni utilizan palabras huecas para no desentonar o no significarse. ¿No es digno de admirar? ¿No les produce una sana envidia a los miembros del PSOE que socialistas franceses que ocupan puestos de gran responsabilidad en el aparato del partido, el Parlamento y el Gobierno se atrevan a disentir, defiendan públicamente las razones que sostienen sus puntos de vista, pugnen por cumplir los compromisos adquiridos con sus electores y corran el riesgo de no salir en la foto por defender sus ideas?

Observemos con algo más de detenimiento cómo Hollande y Valls han resuelto la reciente crisis gubernamental.

En primer lugar, nombraron a Macron como ministro de Economía en sustitución del discrepante Montebourg. ¿Es que no puede ser un banquero ministro de Economía en un Gobierno socialista? Sí, naturalmente, aunque a nadie se le puede escapar que es una decisión que genera inquietud y que resulta fea desde el punto de vista de la estética política, más aún en los tiempos que corren, tras conocerse con precisión la responsabilidad del sistema financiero y, más concretamente, de los bancos de inversión en la incubación y explosión de la crisis financiera global. Pero el problema mayor no tiene que ver con la estética, sino con el mensaje político que se envía a la sociedad y al interior del PS al sustituir a un ministro crítico con las políticas de austeridad por un ministro que ha declarado públicamente la necesidad de recortar el gasto social, apoyar la rentabilidad de las empresas y flexibilizar el mercado laboral. Para conocer más detalles, leer la entrevista publicada por Le Point el pasado 28 de agosto (“Dérogation aux 35 heures: Emmanuel Macron jette un pavé dans la mare”). Las declaraciones de Macron, realizadas justo antes de su nombramiento como ministro de Economía, como no tardó en señalar el gabinete de Valls para intentar quitar hierro a sus palabras, muestran hasta qué punto está comprometido con las políticas de austeridad.

Macron, antes de convertirse a mediados de 2012 en secretario general adjunto de la presidencia de la República y ser uno de los artífices de la nueva orientación económica del primer Gobierno Valls, desarrolló su trabajo, aprendizaje y fulgurante carrera profesional como banquero en unos de los principales bancos de negocios del mundo (Rothschild & Cie Gestion), en contacto directo con los intereses, demandas al poder político y preocupaciones de las grandes empresas en su objetivo de maximizar su rentabilidad y optimizar sus cargas fiscales. Macron asesoró delicadas y complejas operaciones de fusión y adquisición de empresas en las que el empleo es siempre una de las variables en juego. La más importante, la adquisición de una filial de Pfizer por parte de Nestlé, le hizo millonario o como el mismo declaró le procuró un holgado abrigo financiero que le ha permitido ganar independencia económica y olvidarse de la engorrosa preocupación de cómo lograr el dinero para pagar sus gastos.

Por otra parte, la banca Rothschild ha tenido la inveterada costumbre de colocar a alguno de sus directivos o socios en puestos de poder político ante cada cambio de Gobierno. Las puertas giratorias también funcionan en Francia. Macron las ha cruzado en dirección al Gobierno y, probablemente, volverá a cruzarlas en sentido contrario. Así son las cosas. Puede que el PS quede al final hecho unos zorros, pero para Macron su paso por el Ministerio de Economía será un peldaño más en su ascenso profesional.

Tras el nombramiento de Macron como ministro, Valls tuvo otro gesto de parecido calado y orientación. Su primer acto público, al día siguiente de dar a conocer la composición del nuevo Gobierno, fue acudir a la universidad de verano de la patronal francesa (Medef), donde los empresarios asistentes se mostraron entusiasmados y le ovacionaron en pie repetidas veces, por lo que había hecho y por su decisión de mantener su política económica y seguir actuando a favor de las empresas. Solo la tímida petición de Valls para que utilizaran la reducción de costes laborales y fiscales para crear empleo, en lugar de para aumentar los dividendos a los accionistas, fue escuchada con frialdad y en silencio. Resulta difícil creer que Valls no percibiera la importancia y el alto contenido simbólico de ambos gestos. Más bien, resulta obligado pensar que su pretensión era reafirmar su posición, cerrar el paso a las críticas y dejar muy clara su respuesta a cualquier tipo de desafío interno.      

Si en campo contrario, entre los patronos del Medef, la forma en la que se había cerrado la crisis gubernamental y el propio Valls fueron recibidos con unánime aprobación, en su propio campo, en la universidad de verano del PS celebrada en La Rochelle los días 29, 30 y 31 de agosto, la acogida no ha sido tan buena. Una fuerte división de opiniones y un gran malestar entre muchos de los asistentes se hizo patente a lo largo de los tres días y en el mitin de cierre del propio Valls, que fue recibido y escuchado con división de opiniones, entre silbidos y pateos de una parte de las corrientes de izquierda y aplausos y grandes aplausos de sus partidarios. Y eso que la dirección del partido a lo largo de los tres días y el propio Valls en su discurso y en declaraciones previas trataron de limar asperezas y apelaron a la responsabilidad de todos y a la importancia de mantener la unidad, sin por ello descuidar su propósito de hacer patente que la posición mayoritaria en el PS es la de defender el cambio de Gobierno y la posición política de Valls.

Los diputados socialistas díscolos con las políticas de austeridad han aprovechado la cita socialista en La Rochelle para reunir a sus simpatizantes, reafirmar sus críticas, renombrar a su colectivo (“Vive la Gauche!”) y lanzar un Llamamiento titulado “Pour que Vive la gauche!”. Pues eso, que viva la izquierda que se opone a las políticas de austeridad, defiende los intereses de la mayoría social y cumple sus compromisos con los electores.

El nuevo Llamamiento es una de las muchas manifestaciones en las que se concreta la profunda división del PS y el notable rechazo que despiertan entre los socialistas los recortes y las políticas de austeridad. El movimiento político que pudieran generar los  promotores del Llamamiento dista mucho todavía de ser una alternativa consistente al dúo Hollande-Valls o el germen de esa alternativa. Tienen que pasar muchas cosas para llegar a serlo y que las diferentes sensibilidades de izquierdas que perviven en el PS muestren su intención y capacidad de colaborar entre ellas, pero vale la pena seguirle la pista a ese intento de convergencia de las corrientes socialistas de izquierda. En ese Llamamiento de La Rochelle se puede leer lo siguiente:

… “Los aplausos del Medef no serán nunca el criterio para saber si estamos haciendo bien las cosas.”… “Ante las desigualdades que desestructuran la sociedad, los excesos financieros o los dramas que genera el paro, nuestras respuestas no son las de la derecha. Frente a las audacias aparentes, preferimos las reformas de fondo, con alternativas claras: la reforma fiscal a la que nos habíamos comprometido, una segunda ley bancaria que sea útil a la economía real, las bases de un nuevo modelo de desarrollo social, ecológico y numérico.”…  “La izquierda se debe a su misión transformadora, con la justicia y la igualdad como brújulas”. Amén.

La crisis del socialismo francés