lunes. 04.03.2024

La banalización del debate político

La ciudadanía no debería ahorrar críticas a una utilización de los mensajes electorales que sigue siendo de bajo vuelo.

Podría ser en este curso electoral cargado de citas con las urnas. Cualquier día, algún político se parará a pensar un minuto su respuesta o pedirá tiempo para sopesar los pros y los contras de la iniciativa a propósito de la cual se le pregunta. Y llegará el momento en el que la ciudadanía sepa valorar en lo que vale ese silencio.     

Las dudas y los interrogantes a propósito de los programas y propuestas de los partidos deben recuperar el espacio conquistado por las certezas, las convicciones inamovibles y las adhesiones inquebrantables.

Los protagonistas de los escenarios en los que se desarrollan los mítines electorales apelan constantemente al sentido común. También debates y tertulias políticas, o lo que sea ese cruce de consignas, promesas imposibles de cumplir, exabruptos y mentiras, se pueblan de llamamientos al sentido común. No parece mala cosa ni, de entrada, criticable. Pero no estaría de más que si no lo hacen tantos políticos en activo, fuéramos los receptores de sus discursos los que señalemos la confusión entre sentido común y simpleza en la que tan a menudo incurren. 

La ciudadanía no debería ahorrar críticas, a diestra y siniestra, a una utilización de los mensajes electorales que sigue siendo de bajo vuelo y de escaso aliento transformador de la práctica política y de las relaciones entre la ciudadanía y sus representantes políticos. Es muy difícil que pueda avanzar la regeneración del régimen de partidos políticos y las formas de participación política de la ciudadanía si los líderes y candidatos de las diferentes opciones políticas no contribuyen a destripar y analizar con rigor y espíritu crítico sus propias palabras, actuaciones y propuestas. Y de paso las de sus correligionarios. Espíritu crítico y analítico que es imprescindible para abordar la realidad que se quiere cambiar y los complejos problemas económicos y sociopolíticos que deben solucionar.

Viene esto a cuenta de los argumentos transformados en mantras que la derecha repite a todas horas. Valga uno como muestra: si los que han gastado más de la cuenta no se ven obligados a ajustarse el cinturón y pagar las deudas que les han permitido vivir por encima de sus posibilidades volverán a endeudarse, si pueden, otra vez. E insisten en su particular e interesado sentido común: el aumento de los costes laborales asfixiaría a millones de pequeños empresarios que no pueden trasladar a los precios ese incremento de costes y haría perder competitividad a los que pudieran repercutirlos. Al final, serían la actividad económica y el empleo las variables que soportarían, ajustándose, la decisión de incrementar los salarios. Solo el aumento de los beneficios empresariales hace posible aumentar la inversión, la actividad económica y el empleo. Ya lo han oído muchas veces, ¿verdad? 

Pero la derecha no está sola en el terreno de las ideas poco desarrolladas o matizadas. Se lo escuché el otro día a un líder de Podemos en un comentario televisivo: para pagar las deudas hay que estar vivo; si una economía no crece hay que pensar que no va a poder pagar sus deudas. Y a continuación, suministró otra píldora de sentido común: si la demanda no aumenta no puede haber crecimiento de la actividad económica ni creación de empleo; para que haya más demanda hay que aumentar los salarios. Les suena la lógica, ¿no?

Si al leer las anteriores muestras de simpleza considera alguna de ellas inobjetable o digna de consideración, sin interrogarse al tiempo sobre las condiciones, restricciones o factores que deberían concurrir para que esas propuestas (subida generalizada de los salarios o, en sentido contrario, reducción aún mayor de los costes laborales) tuvieran los impactos deseados, tendría un ejemplo de primera mano del daño que puede causar la simpleza argumental. 

La lista podría ampliarse, porque afecta a múltiples terrenos y a todo el espectro político. A veces, el esfuerzo explicativo es aún menor. Basta con una onomatopeya para colocar la idea. Un austero “tic-tac, tic-tac”. O un “pim-pam, propuesta” algo más pinturero, como corresponde a su autor.

Así de simple es el sentido común que tantos manejan, al que casi todos apelan y al que tan pocos renuncian para sostener sus posiciones. ¿Están condenados los líderes políticos a utilizar argumentos que son, la mayoría de las veces, simplezas que tratan de revestir de sentido común? ¿Estamos condenados a que los planteamientos y consignas con los que tratan de construir opinión, identidad partidista y pertenencia a un determinado proyecto político estén construidos con esas simplezas?  

Hay que exigirles algo más. Pueden hacerlo. Hay candidatos, como Carmena, Colau, Gabilondo, García Montero… que ya lo hacen. Y muchos más que podrían hacerlo si existieran la exigencia y el ambiente social propicios.   

La ciudadanía puede y debe contribuir a dignificar el debate político. Entre todos podemos conseguir que los líderes políticos y sus partidos realicen un mayor esfuerzo a la hora de convencernos de que sus propuestas se pueden aplicar y van a servir para mejorar nuestra sociedad y la vida de la mayoría. Es una tarea imprescindible y en la que caben todos, desde las personas que tienen decidido su voto hasta las que tienen claro que tampoco en esta ocasión merece la pena utilizar su voto para desalojar a la derecha y los corruptos de sus posiciones de poder.

Hay que animar a los que quieren ser nuestros representantes a que precisen algo más los objetivos que proponen y reconozcan el carácter etéreo, inacabado o contradictorio de algunas de las medidas con las que pretenden alcanzarlos. Y podemos hacer valer un poco más nuestro voto. Que es mucha o poca cosa según se mire, pero es el instrumento básico con el que la mayoría influye e intenta defender sus ideas e intereses. Vale la pena obligar a que los candidatos se lo trabajen un poco más. No deberían dar por descontado ni un voto. 

La banalización del debate político