lunes 26.08.2019

21-D: Un baño de realidad

La actuación del Gobierno de Rajoy ha proporcionado argumentos y un nuevo relato al independentismo, que no ha tenido que hacer apenas esfuerzos para justificar los errores cometidos

Todas las hipótesis han quedado viejas. También las ensoñaciones que forman parte del quehacer político durante las campañas electorales. Pasó el tiempo de las encuestas y los deseos. Llegó la hora de la realidad y de la política. Y del diálogo entre ambas, realidad y política, para intentar encontrar soluciones que permitan transformar las instituciones y facilitar (o dificultar, si no hay diálogo ni acuerdo) el bienestar social y el buen funcionamiento de unas instituciones acogedoras que sirvan de protección a la ciudadanía.

La sociedad catalana se ha pronunciado en condiciones anormales, con la Generalitat intervenida y los principales candidatos del bloque independentista en la cárcel o en Bruselas, pero ha podido votar en paz y libertad; al menos, con un grado suficiente de paz y libertad para considerar indiscutible y legítimo el recuento de apoyos conseguidos por las distintas ofertas políticas. Ahora, los partidos tendrán que dilucidar cómo transforman en acción y colaboración política esos apoyos.  

Los resultados electorales del 21-D

Una parte de las incógnitas han sido despejadas por el voto de la ciudadanía catalana. Brevemente:

1.- La masiva participación electoral (un 81,9%) supera todos los límites anteriores (el 77,4% de 2015). Superior, incluso, al hasta ahora máximo histórico de las elecciones generales de 1982 (80,7%), cuando en momentos de alta tensión política en España, tras el intento de golpe de Estado militar del 23-F, la ciudadanía era consciente de jugarse el ser o no ser de la ruptura democrática con el franquismo y la posibilidad de una vuelta atrás, a los tiempos obscuros y salvajes de la dictadura. Nadie podrá hablar a partir de ahora de mayoría silenciosa o silenciada. Si había voto oculto ha aflorado, repartiéndose entre las diferentes opciones, y ha terminado consolidando la polarización.    

2.- Con el 99,9% escrutado, el bloque que protagonizó en los últimos 5 años el impulso independentista mantiene sus posiciones y obtiene 2,06 millones de votos y 70 escaños (la mayoría absoluta se sitúa en 68 escaños de un total de 135). Suma el 47,3% de los votos y el 51,9% de los escaños. Pese al batacazo de la CUP (que con 4 escaños, pierde el 43% de los votos obtenidos en 2015 y el 60% de los escaños), el independentismo suma más votos que en las autonómicas de 2015, pero 2 escaños menos. Se habla mucho de la derrota independentista, pero los datos distan mucho de confirmar tal derrota: el bloque independentista ha vuelto a ganar por mayoría absoluta de escaños las elecciones.

3.- El conjunto de fuerzas que apoyó la aplicación del 155 obtiene 1,89 millones de votos y 57 escaños. Suma el 43,3% de los votos y el 42,2% de los escaños. En este bloque se han producido las dos mayores sorpresas de estas elecciones: primera, el sonado triunfo de C’s, que rentabiliza los apoyos obtenidos en la sociedad catalana por la aplicación del 155 y se convierte en la fuerza más votada (tras aumentar en casi un 50% su número de votos y escaños); y segunda, el descalabro del PP (última fuerza parlamentaria en Cataluña, tras perder cerca del 50% de los votos obtenidos en 2015 y el 73% de los escaños). El voto útil contra el independentismo se ha concentrado en C’s a costa, principalmente, del PP. El PSC, por su parte, no revalida las buenas perspectivas que ofrecían las encuestas pese a aumentar en un 15,5% sus votos y conseguir un escaño más que los 16 obtenidos en 2015. El avance del bloque contrario al independentismo ha sido pequeño, con un importante trasvase de votos en su interior que fragiliza las relaciones entre sus tres componentes y prima los intereses particulares de cada uno de ellos. La derrota del PP es nítida y tendrá consecuencias fuera de Cataluña.

4.- CeC-Podem obtiene unos malos resultados, con 323.695 votos (apenas un 7,4% del total) y 8 escaños (pierde un 12% de los votos respecto a su antecedente de 2015 y un 27% de los escaños logrados entonces), que le impiden liderar un cambio sustancial en la dinámica política que alimenta la confrontación social. ¿Podrá reponerse CeC-Podem de este mal trago? ¿Podrá recuperar parte del impulso que ilusionó a buena parte de las fuerzas del cambio en la sociedad catalana? 

¿Fracaso del independentismo o fracaso del PP?

En las semanas previas al 21-D era habitual hablar del fracaso del independentismo. Formaba parte del sentido común del mundo no independentista. Tras el 21-D, lo obvio deja de serlo y se revela como una opinión más que discutible. Los votos obtenidos por las candidaturas independentistas han hecho fracasar la estrategia impositiva que negaba la consistencia y la influencia social del independentismo, al tiempo que pretendía fragmentarlo y reconducir una parte, a fuerza de represión y presión judicial, hacia el viejo catalanismo responsable y comprometido con la gobernabilidad de España.

Hoy tiene mucho más sentido hablar del fracaso del PP y del gobierno de España en su objetivo primordial de arrebatar al independentismo sus posiciones institucionales, tras maniatarlo y descabezarlo por la vía judicial. La magnitud de ese fracaso se mide por los votos que ha perdido el PP, pero también hay que resaltar que no ha conseguido doblegar al PSC, que ha mantenido ciertas distancias y parte de sus diferencias con el PP y C’s, ni dificultar en lo más mínimo el espectacular avance de C’s, que terminará por reflejarse también, en perjuicio del PP, fuera de Cataluña. Peor aún es que la actuación del Gobierno de Rajoy ha proporcionado argumentos y un nuevo relato al independentismo, que no ha tenido que hacer apenas esfuerzos para justificar los errores cometidos, forzando la legalidad, olvidando las garantías y los derechos de la oposición en el Parlament o ignorando a la mitad de la sociedad catalana.

Ahora, el fracaso del PP, de su anticatalanismo rampante, la falta de realismo al gestionar el conflicto con Cataluña, los excesos represivos y la ausencia de propuestas políticas que estructuren un proyecto de convivencia, proporcionan al bloque independentista nuevos argumentos para volver a utilizar el mito de un pueblo catalán unido. La victoria electoral del independentismo puede servir de nuevo para obviar la innegable realidad de una sociedad muy plural, que incluye múltiples formas de concebir su identidad nacional y que vive con crispación y como intentos de imposición las diferentes propuestas políticas que abogan en muy diferentes direcciones por el inmovilismo, la reforma constitucional o la construcción de un Estado independiente.

Ahora, el bloque independentista puede volver al punto de partida, repetir la fórmula que ya ha comprobado que no puede conducir a una Cataluña independiente y alimentar de nuevo las ilusiones que nos adentrarían aún más en el túnel de un conflicto estancado que terminará deteriorando con extrema dureza, si se mantiene, la convivencia y la economía catalanas. Y que nadie piense que la economía española o, incluso, la economía comunitaria podrían encajar con facilidad un deterioro de la convivencia y la actividad económica en Cataluña. Pero el bloque independentista también puede utilizar el bálsamo electoral para repensar su estrategia, asumir los errores cometidos, tratar de sumar más apoyos y de evitar rechazos internos y externos para una nueva fórmula que asiente la institucionalidad catalana y suponga avances en el fortalecimiento de sus competencias. ¿Sabrá replantearse su estrategia? ¿Podrán los líderes independentistas cambiar el paso al movimiento social que han impulsado? De ello depende el curso del conflicto, pero la estrategia del PP ha sido nefasta para contribuir a ese cambio. Y su fracaso, clamoroso.         

Limitar los daños y favorecer una nueva dinámica política

Ninguno de los dos bloques que han propiciado la polarización y la confrontación social ha obtenido un respaldo nítido de la mayoría social, pero ambos bloques han obtenido un apoyo suficiente para mantener bloqueda, si así lo quieren, la situación política

El resultado electoral señala que, aún polarizada e inmersa en una confrontación de difícil arreglo, no existe en Cataluña una mayoría social que avale las posiciones del independentismo o la pretensión de imponer la independencia sin contar con la legitimidad, la legalidad o los apoyos suficientes. Menos apoyos aún tienen las fuerzas que han apoyado una intervención de la Generalitat sustentada en una discutible interpretación del artículo 155 de la Constitución Española.   

Los votos depositados en las urnas el 21-D obligarían a fuerzas políticas democráticas a dialogar en la búsqueda de soluciones en las que el respeto a la legalidad pueda ser compatible con el respeto de los principios democráticos y la opinión de la mayoría social catalana. Volver a las andadas, es decir, al unilateralismo que practican uno y otro bloque y a la polarización que perpetúa el callejón sin salida en el que decisiones políticas irresponsables nos han situado, ratificaría la idea de unas fuerzas políticas y unos líderes más dotados para crear problemas que para solucionarlos; con más capacidad para caer en ensoñaciones simplistas que distorsionan la realidad sobre la que operan que para ofrecer y negociar soluciones políticas democráticas en sociedades plurales en las que los cambios sustanciales requieren del diálogo, la negociación y las concesiones.

Ninguno de los dos bloques que han propiciado la polarización y la confrontación social ha obtenido un respaldo nítido de la mayoría social, pero ambos bloques han obtenido un apoyo suficiente para mantener bloqueda, si así lo quieren, la situación política. Podrían, sin duda, prolongar el callejón sin salida que con tanto esfuerzo han contribuido a construir. De hecho, el bloqueo político y la confrontación social configuran el escenario político que tiene más posibilidades de abrirse paso y concretarse. Y en ese nudo se concentra el drama.

Por eso es tan importante que el PSC aumente sus distancias con C’s, que necesita de la confrontación con el independentismo para seguir creciendo, y con el PP, que requiere del anticatalanismo para disfrazar la austeridad y los recortes, su corrupción y la falta de estrategia e iniciativa políticas en Cataluña. Ambos partidos, C’s y PP, tienen enormes dificultades para ofrecer soluciones democráticas al conflicto con Cataluña e integrar en su acción política la existencia de una parte considerable de la sociedad catalana que ya no se considera parte de la ciudadanía española y no quiere saber nada del Estado español, del que ya no se fía, y al que identifica, no sin razones, con la derecha anticatalanista. Y por eso es tan importante que, pese a la fragilidad mostrada, CeC-Podem, desde la oposición y una situación de debilidad que no debería confundirse con desinterés por lo que ocurre en el terreno institucional y en el campo del diálogo político, siga buscando y proponiendo nuevos caminos y formas de construir y formar parte de una nueva mayoría política dispuesta a restañar las heridas producidas por la aplicación del 155 y por la DUI y a ampliar el campo de las preocupaciones y la acción política más allá de las simplificadoras soluciones identitarias que ofrecen independentistas o partidarios de la unidad a toda costa de la nación española.

En una situación política y social polarizada en torno a los sentimientos nacionales y los agravios identitarios hay poco espacio para los matices y otro tipo de problemas que escapan del campo de lo nacional o identitario, es cierto. Pero los muchos y graves problemas económicos y sociales que afectan a Cataluña, al igual que al conjunto de la UE, siguen estando ahí, a la espera de una atención suficiente y de fuerzas políticas que ofrezcan propuestas de solución. Y del mismo modo, es imprescindible dotar a la sociedad de una percepción más realista y diversificada de las amenazas existentes en un mundo globalizado que no afectan sólo ni principalmente a la soberanía nacional ni pueden encontrar soluciones en las propuestas soberanistas. La consecución de mayores niveles de soberanía nacional no presuponen mejores instrumentos ni ofrecen mayores posibilidades de gestionar y regular las fuerzas globalizadoras en beneficio de la mayoría social, porque, conviene recordarlo, la globalización va a seguir actuando y condicionando la economía y la soberanía de Cataluña, al igual que las de España y el conjunto de los Estados miembros de la UE.

Y al tiempo que esa percepción diversificada de la realidad gana peso, para desbloquear la situación hay que seguir afinando las propuestas que permitan avanzar en la realización de una reforma constitucional que se aproxime a lo que reclama la mayoría social catalana y de un referéndum negociado y legal que permitan expresar, con suficientes garantías democráticas, la opinión y la decisión de la ciudadanía catalana.  

Porque España es una nación peculiar: está obligada a reconocer en su seno realidades nacionales diferentes para fortalecerse y sobrevivir. Y Catalunya es también una nación peculiar: está obligada a reconocer los muy diferentes sentimientos e identidades nacionales existentes en su seno para fortalecerse como nación y llegar a ser, si así lo desea una mayoría suficiente de la ciudadanía catalana, un Estado independiente.     

21-D: Un baño de realidad