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jueves. 18.08.2022

El 20-D veremos qué resulta de todo esto

Todas las encuestas publicadas en los últimos días arriman el ascua de las previsiones a su sardina electoral.

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Todas las encuestas publicadas en los últimos días arriman el ascua de las previsiones a su sardina electoral, pero todas ellas reflejan que la indecisión y la incertidumbre impiden prever con cierto rigor el reparto de escaños que saldrá de las urnas el próximo 20 de diciembre. Aunque buena parte del pescado está ya vendido o apalabrado, el último Barómetro del CIS señala que un 25% de las personas encuestadas no piensa ir a votar y que casi un 42% de las que han decidido acudir, aún no saben a quién votarán o no han querido mostrar sus preferencias.

En principio, PP, PSOE y Ciudadanos acapararán buena parte de los escaños y, un escalón más abajo, Podemos, que sigue pugnando por acercarse al ovillo de cabeza, también logrará un notable número de asientos en el Parlamento. Si en el reparto de escaños la disputa está muy reñida, aunque por ahora ganan las opciones de derechas, en el reparto de votos la situación parece menos clara. Las fuerzas políticas que la ciudadanía sitúa en el amplio espectro de la izquierda podrían rondar en número de votos los obtenidos por las derechas, pero en la transferencia de votos a escaños el sistema electoral desequilibra los resultados parlamentarios a favor de la derecha.

En definitiva, nada de lo realmente importante está decidido. La sensación de victoria o derrota, la capacidad de acción política durante la próxima legislatura y las posibilidades de formar parte del próximo Gobierno de España se van a jugar en los detalles, en unos centenares de miles de votos que aún están en el aire y en la habilidad que muestre cada fuerza política para dialogar, facilitar y acordar alianzas postelectorales.

Decía Keynes que lo inevitable no sucede nunca y lo inesperado, siempre. La advertencia permite ampliar el ángulo de visión de lo que cabe esperar. Y a reconocer lo inesperado, si finalmente acontece. Quedan pocos días para el 20-D, pero mucho tiempo para que haya sorpresas y giros de entidad.

Por muy diversas razones y acontecimientos, en los últimos dos o tres meses se ha extendido el desánimo entre parte de la ciudadanía de izquierdas acerca de las posibilidades de un cambio sustantivo del mapa político que sea capaz de modificar la jerarquía de prioridades impuestas por las instituciones europeas y gestionadas a partir de mayo de 2010, primero por el Gobierno del PSOE y después por el del PP. Son muchos los sondeos de opinión que dan cuenta de la pérdida de apoyos del PP y del PSOE y de sus dificultades para recuperar los votos perdidos. Y al mismo tiempo que cuantifican ese retroceso, de forma más o menos distorsionada en función de los intereses de las entidades que encargan y pagan las previsiones, las encuestas contribuyen a menguar las posibilidades de que las fuerzas partidarias de un cambio sustantivo dirijan la formación de un Ejecutivo del que no formen parte la derecha del PP ni la de Ciudadanos. 

No compartí el excesivo optimismo que durante los primeros de 2015 colocaba a Podemos en cabeza de la carrera electoral ni comparto ahora el excesivo pesimismo sobre el escenario político que alumbrarán las urnas el próximo 20-D.

La ventana de oportunidad abierta por el distanciamiento de una parte significativa de la ciudadanía respecto al bipartidismo se ha achicado y no parece posible que por ella se cuele un Gobierno que represente la ola de indignación y las aspiraciones populares y democráticas alentadas por el 15-M. De igual modo, es innegable que PP y PSOE han sufrido una notable erosión de representación, credibilidad y legitimidad. Los dos dinosaurios de la política española siguen ahí, pero el bipartidismo ha sufrido una gran sangría y parece herido de muerte.

PP y PSOE han sido los grandes protagonistas de la corrupción y los responsables de la gestión de las políticas de recortes y austeridad que no han permitido solucionar ninguno de los graves problemas afrontados. En lugar de arreglar lo que no servía o no funcionaba, han empobrecido a la mayoría, han deteriorado derechos laborales y sociales, han favorecido de forma manifiestamente injusta a los grandes grupos empresariales y han contribuido a engordar rentas y patrimonios de una exigua minoría. Antes del estallido de la crisis económica, durante varias décadas, PP y PSOE fueron los principales sostenedores y beneficiarios de un sistema político y electoral que surgió de una compleja y trabada transición política a la democracia que alumbró una Constitución que requiere una urgente y profunda reforma.

Hace un año, el cúmulo de casos de corrupción y los recortes parecían inclinar a la mayoría social a pasar página, apoyar a nuevas formaciones políticas y abrir un nuevo capítulo orientado a impulsar la calidad democrática del sistema político y a cambiar las prioridades y los contenidos y objetivos de las políticas económicas. Sin embargo, desde hace unos pocos meses, la pulsión por el cambio se desdibuja y muestra un perímetro insuficiente. La resistencia a seguir cediendo terreno que demuestran el PP y el PSOE y al ascenso de las expectativas de Ciudadanos muestran la nueva situación.

IU merece un paréntesis o un párrafo aparte en este relato. Desgraciadamente, la posición de IU es diferente a la de los cuatro partidos que se disputan los papeles protagonistas y la orientación política de la próxima legislatura. Más que de posibilidades o dificultades electorales, habría que hablar de la amenaza que representan para IU-UP los resultados electorales que pueda obtener el próximo 20-D. Planteado con más crudeza, IU se juega su supervivencia como organización política autónoma tras el previsible batacazo electoral que le espera. Hay demasiados sectores en IU interesados en que su formación coseche unos malos resultados. Y hay demasiado descontento que utilizará esos malos resultados para intentar ajustar cuentas con las caras visibles que protagonizan la campaña electoral de IU-UP.

Hay mucho por hacer y mucho que evitar o ganar en la próxima legislatura

La probable remontada incompleta de Podemos no va a producir, seguramente, un vuelco electoral, pero el mapa político va a experimentar un cambio formidable como resultado del hartazgo ciudadano con las políticas y los políticos sufridos en los últimos años. Entiendo que para mover a votantes remisos o inclinar hacia una opción a los miles de votos indecisos sea obligado transmitir ilusión y repetir que se sale a ganar o que se puede ganar. Y que tanto los líderes que repiten tales argumentos como la mayoría de las personas que los escuchan saben que se trata de retórica. Supongo que también entenderán que un desproporcionado hincapié en ese juego de inflar expectativas puede acarrear efectos colaterales dañinos sobre votantes que terminen creyéndose que el momento de ganar es ahora o nunca. Sobre todo si la distancia de esas previsiones de victoria con los votos que finalmente se obtengan es excesiva.

Conviene, por ello, que las personas de izquierdas que no participamos directamente en la campaña electoral ni estamos obligados a utilizar esa retórica ni el correspondiente argumentario de campaña mantengamos cierta distancia crítica respecto a los tópicos, pongamos un contrapunto de serenidad frente a sectarismos y malas babas y ofrezcamos unas perspectivas algo diferentes a las que ofrecen dirigentes que se la juegan y que viven intensamente la campaña electoral como escenario de disputa o reafirmación de sus posiciones y de diferenciación con las de sus competidores.

Aunque las izquierdas que representan a la ciudadanía que desea acabar con la corrupción, democratizar el sistema político y romper con las políticas de recortes, austeridad y devaluación salarial no ganen ni puedan constituir Gobierno, la ciudadanía va a tener en los próximos años más posibilidades de control sobre la acción del Gobierno y va a disponer de nuevos márgenes y de mayores posibilidades de condicionar la actividad parlamentaria y las decisiones gubernamentales. Y van a existir fuerzas políticas relevantes, como Podemos en el conjunto del Estado y otras fuerzas o coaliciones de izquierdas en varias comunidades autónomas, muy permeables a las iniciativas ciudadanas. Habrá mayores oportunidades que en los últimos años de alentar una acción política y una movilización popular capaces de trabar las medidas antisociales de un Gobierno de derechas o con hegemonía de derechas, aunque hipotéticamente llegue a contar con la participación del PSOE.

Que finalmente se demuestre que aún no ha llegado el tiempo de acceder y manejar los instrumentos de poder que ofrecen la mayoría parlamentaria y el Gobierno de España no significa que no se puedan seguir socavando las bases de apoyo social y electoral que aún conserva la derecha y que son las que le permiten aplicar las políticas de recortes, austeridad y devaluación salarial. Se puede ser muy útil desde la oposición en la defensa de los intereses populares y los derechos de la mayoría y hacer de ese ejercicio opositor una potente herramienta que demuestre la utilidad del voto de izquierdas y permita que la mayoría social se pronuncie a favor del cambio y prosiga su alejamiento del bipartidismo y de las políticas que aplican las derechas.

Se han reforzado las posibilidades de que la vieja derecha de Rajoy y la nueva derecha de Rivera sumen más escaños que el conjunto de las opciones de izquierdas. También es posible que un PSOE proclive a pactar con la derecha y aceptar buena parte de las restricciones que en política económica imponen las instituciones europeas obtenga más votos y escaños que un Podemos más inclinado a poner en primer término las necesidades de la gente y a respetar la voluntad de la mayoría social. Sin embargo, que tales acontecimientos sean factibles no significa que sean inevitables ni, mucho menos, que la distribución definitiva de escaños ya esté fijada.   

No hay ninguna necesidad de renunciar antes de tiempo a la formación de un Gobierno al servicio de la mayoría social, pero frente al ahora o nunca hay que cultivar la responsabilidad y el afán por contribuir, desde el lugar que coloquen las urnas a cada fuerza política, a la tarea de democratizar el sistema político, eliminar la corrupción y reivindicar los derechos a empleos decentes, viviendas, rentas suficientes y bienes públicos de calidad como objetivos de la política económica de cualquier Gobierno que finalmente se constituya.

Hay fuerza social suficiente para mantener vivas las opciones del cambio. La mayoría social muestra de múltiples formas su indignación con lo hecho por el PP y el PSOE en los últimos años, desconfía de sus promesas de cambio y ha desplazado ligeramente hacia la izquierda la posición política de la ciudadanía. Ese desplazamiento se va a traducir en millones de votos. Las izquierdas van a conseguir, en todo caso, un peso electoral y parlamentario significativo que facilitará a las fuerzas sociales y políticas favorables al cambio jugar un papel relevante en las tareas de definir el nuevo curso político, marcar una nueva jerarquía de prioridades y redistribuir la autoridad y la iniciativa políticas a favor de la ciudadanía.

Y en ese nuevo ambiente, se va a requerir de la inteligencia y la cooperación de todas las fuerzas progresistas y de izquierdas en presencia para afrontar los graves problemas de muy diferente naturaleza que deberá afrontar el nuevo Ejecutivo. Y ahí sigue, como amenaza, el duro y complejo conflicto político con las instituciones europeas que puede estallar en cualquier momento si, como parece probable, insisten en sus presiones para mantener la injusta y antisocial estrategia conservadora de salida de la crisis basada en la austeridad y la devaluación salarial.

El 20-D veremos qué resulta de todo esto