Montón debe dimitir ya. Miles de estudiantes que han llenado durante años las aulas de la URJC se lo exigen desde el silencio y la indignación. No todo vale en político

Yo realicé un máster en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC). Comenzaba una andadura sindical, que me ha hecho intelectualmente más rico y en la práctica más escéptico, en una Administración Pública, en ese espacio de "la ciudad del trabajo" donde se predica constantemente que no hay discriminación por razón de sexo. Venía de una mala experiencia: por dos veces se le había negado a una compañera embarazada un contrato de trabajo porque se afirmaba que los puestos ofertados eran incompatibles con la salud del feto y de ella misma. Todo un monumento a la discriminación directa por razón de sexo prohibida por el artículo 14 de la Constitución Española. Habría que añadir que por entonces estaba reciente la entrada en vigor de la Ley Orgánica de Igualdad; habría que añadir que mis constantes referencias a que había que aplicar en este supuesto el permiso por embarazo de riesgo, creado para socializar el coste laboral de la igualdad material entre mujeres y hombres en la empresa. Ni caso. Por dos veces se le negó el contrato en una administración pública a una mujer por el hecho de estar embarazada. Entonces, sensibilizado con la cuestión, me llegó la oportunidad de profundizar en lo que ciertos grupos refractarios, incluida parte de la Iglesia Católica, llaman "ideología de género". El máster se denominaba "Máster de género y políticas públicas de igualdad entre mujeres y hombres" y estaba organizado por la URJC y la Secretaría Confederal de las Mujeres de CCOO.

¿Qué puedo decir de un máster a distancia, por entonces era un título propio de la URJC que no tenía el carácter de oficial a efectos académicos, que duró dos cursos académicos y que estuvo compuesto de conferencias, módulos, trabajos de módulo, trabajo final para obtenerlo y mucho esfuerzo personal y familiar para finalizarlo? Cómo mínimo que cambió parte de mis percepciones sobre la igualdad formal entre mujeres y hombres en las Administraciones Públicas, que me permitió el acceso a herramientas de análisis social que hasta entonces desconocía y que me cambió la mirada, la famosa mirada lila, para interpretar lo que para muchos era igualdad de género y para mí discriminación evidente.

La directora del Máster era Laura Nuño, perteneciente al Instituto de Derecho Público de la URJC, dirigido por el últimamente famoso Enrique Conde. Seguramente tuve a alguna o algunas de las investigadas por el escándalo del máster de Cifuentes como tutoras de alguno de los módulos que cursé, aunque esto último no lo recuerdo. Sí recuerdo, sin embargo, la amistad y colaboración que desarrollamos las alumnas y alumnos del curso a través de la plataforma de aprendizaje "on line" (en realidad creo que fui el único hombre de la II edición del máster, aunque no puedo asegurarlo), el largo y a veces molesto procedimiento que CCOO realizó para mi selección y que buscaba mi compromiso absoluto de realizar con éxito los dos cursos del máster, las primeras lecturas ("Feminismo para principiantes" de Nuria Varela, "La mística de la feminidad", de Betty Friedman, "Política Sexual" de Kate Millet, "La política de las mujeres" Amelia Valcárcel), algunas obligadas, otras voluntarias, ese hermoso viaje por la incipiente investigación de la historia del feminismo, las sorpresas, el desentrañamiento de que no hay feminismos, hay muchos feminismos, muchas formas de acercarse al mismo, cruces de política y feminismo, de agenda política y pluralidad de puntos de partida y de metas. También trabajamos con manuales elaborados por CCOO: para realizar un diagnóstico previo a la elaboración de un plan de igualdad en las empresas y administraciones públicas, para realizar lecturas correctas de los datos (Disrealí escribió que había tres clases de mentiras: "mentiras, malditas mentiras y estadísticas"), para detectar discriminación por sexo en leyes o actos administrativos aparentemente neutros, también para concluir que una mala interpretación de la realidad laboral puede llevar a acuerdos con matices de una sutileza discriminatoria difícilmente detectable. 

Sí, yo hice un máster en la URJC. Los escándalos de los últimos meses no pueden ocultar que centenares de personas también lo han realizado en la misma universidad y sienten orgullo por el aprendizaje, por el esfuerzo, por el desentrañamiento de las numerosas caras de una realidades que considerábamos única y abordable desde un solo flanco. En mi caso fue un título propio. Todavía no lo he presentado para que se incluya en mi expediente personal de la Administración General de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia. Tal vez por desidia, tal vez porque no aporta mucho a mis posibilidades de carrera profesional aunque en lo personal haya cambiado mi mirada. 

No creo que la Ministra de Sanidad, Montón, aguante más de 48 horas en su cargo. El ejemplo de Cifuentes debería empujarla a dimitir de inmediato. No se puede defender lo indefendible, tampoco se puede enrocar a la manera de Pablo Casado. La formación académica es una herramienta de transformación, no un espacio en la pared del estudio, una sucesión de líneas en el CV o la manera de demostrar en el vacío la valía personal o profesional. El estudio, la investigación, el conocimiento en sí, deben estar al servicio de la sociedad cuando se ejerce la política, no bajo el mando de las aspiraciones profesionales personales, siempre deseables, más allá de los escrúpulos y de la dignidad personal.

Montón debe dimitir ya. Miles de estudiantes que han llenado durante años las aulas de la URJC se lo exigen desde el silencio y la indignación. No todo vale en político. Por mi parte, solo me queda decir que mi paso "a distancia" por la URJC fue fructífero al igual que para la inmensa mayoría de las  compañeras que nos acompañamos en aquella aventura que buscó dotarnos de los conocimientos y de las herramientas necesarias para hacer de nuestra sociedad un lugar más justo, democrático e igualitario.