Es difícil sistematizar el desapego a una institución tantas veces centenaria y tantas veces reiterativa de vicios de poder y de soberbia

No corren buenos tiempos para la familia reinante de los Borbones. En algún momento se habrá pensado que el tiempo todo lo cura, que una dinastía de más de 300 años puede y tiene derecho a evolucionar en entornos económicos, políticos, sociales y culturales nada propicios para la herencia como modo de reproducción del poder. En este caso, la de sangre porque ya sabemos que las otras herencias siguen marcando como es y como se organiza una sociedad, la española y cualesquiera otra. Soy republicano, menos por tradición familiar, aunque la hay, que por la convicción de que la monarquía es en gran parte culpable del tipo de país en el que vivo, de su atraso en múltiples ámbitos y de sus arranques de autoritarismo siempre en defensa del status quo. Es difícil sistematizar el desapego a una institución tantas veces centenaria y tantas veces reiterativa de vicios de poder y de soberbia.

Entiendo perfectamente que era altamente complicado que una persona que atesoraba una tradición de más de 300 años de golfería se convirtiera en un típico padre de familia, con las preocupaciones y deseos de cualquier padre de familia, similar a la mayoría de los padres de familia de nuestro país (sé que este es un lenguaje patriarcal pero la Constitución Española lo es también el el Título II, por mucho que se haya pregonado durante décadas la obligación casi moral de modificarla para acabar con los restos de la Ley Sálica). Dudo que si eso hubiera ocurrido me hubiera convertido en monárquico pasivo aunque siempre mantendré esa duda: ¿qué opciones hubiera seguido si la familia Borbón española se hubiera asemejado a la sueca, noruega u holandesa?. Tal vez mi republicanismo hubiera sido sentimental y, en recuerdo a los ancestros, nominalmente nostálgica. No lo sé porque uno no puede vivir realidades paralelas diametralmente diferentes. La vida, no sabemos si en el futuro la ciencia lo permitirá, no nos ha dado esa oportunidad.

Más de 300 años de golfería, sobre todo si se hereda un poder absoluto (y absolutamente corrupto) y se han vivido tantos años entre lisonjas y adulación, es un impedimento notable para transitar en pocos meses de una dictadura a una monarquía constitucional homologada al resto de las europeas. En todo caso, sí para saber navegar entre la realidad y la apariencia. La primera, la de la continuación de la tradición dinástica golfera, siempre oculta y ocultada. Nunca podremos valorar la gran aportación a la podredumbre actual del silencio de los medios de comunicación españoles, de las emisoras de radio y diarios que callaron cuando debieron hablar. Nos referimos a la prensa (¿se puede decir del régimen) que nunca denunció la golfería, donde la sentimental es seguramente la menos importante, haciéndonos vivir en la apariencia de una monarquía reformada, moderna y consciente de sus limitaciones constitucionales. El País, ABC, El Mundo, La Vanguardia...la SER, La COPE, RNE. No sé lo que hubiera ocurrido si durante estos 43 años todo lo relacionado con los Borbones no hubiera sido tabú y se hubieran aireado sus caprichos de gente mimada por el poder y por la convicción de su impunidad. Tal vez la monarquía hubiera entrado antes en crisis, quizá hubiera posibilitado su saneamiento y su adaptación forzosa a la realidad del siglo. Nunca se sabrá. Los medios de comunicación dominantes entonces, los mismos que ahora siguen callando ante la difusión de las cintas de una antigua amante del rey emérito, ocultaron la verdad irresponsablemente.

Una de las consecuencias más dramáticas de la espesa mentira en la que hemos vivido estos últimos 43 años, es que en nuestro país se encarcela o se intenta encarcelar a personas por decir la verdad (y a otras por manifestarse, por intentar que una huelga tenga éxito o por opinar sobre tal o cual personaje histórico). Valtonyc está huido de la justicia española por cantar lo que todos sabemos, Cassandra Vera pasó por un calvario judicial por algún chiste sobre Carrero Blanco, hay cantantes pendientes de juicio o de condena. Es difícil saber los objetivos de la Ley Mordaza: frenar la conflictividad social, ahogar la libertad de expresión, poner puertas a Internet... La reforma del artículo 135 de la Constitución Española en el tórrido agosto de 2011 fue una imposición externa, por mucho que en nuestro país los neoliberales estaban, y siguen estando, en una especie de limbo dado que ocurra lo que ocurra ellos ya lo previeron. Pero la Ley de Seguridad Ciudadana no encajaba tanto en los cánones democráticos de la Unión Europea, al menos en los de sus socios fundadores. Su aprobación fue tardía (2015), demasiado para un país ya acostumbrado a los recortes y a la respuesta de una parte importante de la sociedad. Desde entonces la libertad de expresión renquea y la crítica cultural a la institución de la monarquía termina en no pocas ocasiones en los tribunales. La grave crisis en la que vive instalada los Borbones, la contestación social a su legitimación y a su necesidad, y la imposibilidad de controlar los medios de opinión de esa gran colmena llamada Internet, puede que esté detrás de la génesis de la ley.

Vivimos unos tiempos en los que difícilmente se puede ocultar la verdad. O las verdades. También en los que la sociedad reacciona activamente con indignación, ironía e Ingenio ante la mentira desvelada . Nada se puede ocultar a las redes sociales. Estas son también una trampa pero la luz que irradian es tan potente y la realidad que desvelan tan grotesca, que difícilmente podremos concluir que su efecto es nocivo para la sociedad. Solo por constatar el silencio de los medios de comunicación tradicionales y "serios" ante el escándalo creciente que asola la monarquía nos podemos alegrar de su existencia. Ya no se trata de autores que en los años ochenta o noventa denunciaban la conspiración del silencio, que rodeaba los manejos de la monarquía española con pruebas más o menos convincentes. Ahora nos encontramos con pruebas irrefutables que acusan y sin embargo los mimos medios de comunicación prefieren el descrédito profesional a la verdad y a la imparcialidad que deben a sus lectores.

No sé el tiempo que le queda a la monarquía española, si viviré su ruina definitiva o la vivirán mis hijos. Expresa unos valores que no deseo y que no comparto. Los valores de más de 300 años de golfería, impunidad y soberbia. Tampoco llego a captar muy bien lo que se recitan como valores republicanos. En mi caso los asocio más al conocimiento histórico que a la herencia familiar, que la hubo. Más a la lectura y a otras formas de organización social que al triste destino de las dos repúblicas españolas. Lo que sí tengo claro es que hay que salir de la monarquía de alguna manera. Al menos en mi caso, me lo debo a mí mismo. No puedo soportar la visión de 43 años de mi vida envueltos en una espesa niebla de mentiras, de autoengaños y de podredumbre. Sabía que los Borbones habían sido unos ladrones durante más de 260 años, ¿por qué deberían haber dejado de serlo durante 43 años?. Y Valtonyc huido a Bélgica por decir la verdad?. ¿Por qué no habría de decirla yo?