sábado 04.04.2020

Pesadillas

Anoche ocurrió una hecatombe. Fue como si los pilares sobre los que su sustentaba mi existencia del más acá se derrumbaran como los palacios de cartón que decoran nuestro paisaje humano. Y no es que crea en el más allá. Soy un hombre de la Enciclopedia, inmunizado tal vez de las locuras de mi entorno. Un hombre de la Enciclopedia que cumple condena en el primer cuarto del Siglo XXI, como muchas otras personas que la cumplen rodeadas de calderas hirvientes y llamas carmesíes.

Lo cierto es que una hecatombe te deja desnudo, sin capacidad de reaccionar y levantarte, o de levantar la voz, exigiendo que el mundo vuelva a su cauce, el que debería ser natural, el del sosiego, el debate tranquilo, el de los amplios horizontes por los que navega la razón iluminada por la luz del mediodía, esa que disipa las sombras y nos hace refugiarnos bajo un manzano para amarnos. Pero últimamente el sol crepuscular alarga las sombras haciéndolas fantasmagóricas. Ves cabezas alargadas, brazos, piernas, troncos distorsionados, ves un paisaje en el que las palabras se contorsionan hasta parecer indecentes por extravagantes en un mundo disperso y enfrentado. Escuchas barbaridades, hueles barbaridades, ves el flamear de las barbaridades donde antes había cielo, y luz clara y sueños volanteros, como los pájaros que ensayan el primer vuelo desde el nido.

Fue una pesadilla, lugar común de las hecatombes, porque aquella puede ser un sueño que se hace realidad o la realidad misma en la que vivimos sepultados. Es difícil diferenciarlas ya. Cuando despiertas de un sueño negro y diriges la mirada a tu alrededor, los paisajes tienden a converger y a diferenciarse por matices casi imperceptibles. Entre la pesadilla del valium y la de la realidad vuelan mariposas negras, la naturaleza se extingue y las sombras ocupan eternamente lo que antes fueron solanas del paisaje y también de la realidad.

No sé qué ocurrirá cuando despierte una última vez y compruebe que ya no puedo respirar, que todo es sombra, que Las Luces habitan en ese extraño espacio del olvido y que sus libros ardieron en un cielo de crepitantes pavesas.

Eso ocurrirá sin duda. La hecatombe de irracionalismo cabalgando por las llanuras de Europa. Las ratas invadiendo las riberas de sus ríos, vadeándolos con los estériles de un pensamiento que edificó la modernidad sobre cimientos de tolerancia, de libertad y de razón. Nos queda la deriva, los vientos que nos arrastran a los arrecifes, ese lugar creado sobre la mentira y el control de los sentimientos. Esos cánticos que inflaman el corazón antes de lanzarnos contra los otros...

Como escribe Eco en su ensayo breve "Contra el fascismo", "en la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento del progreso de los conocimientos. Para el ur-fascismo (el fascismo eterno) , el desacuerdo es traición".

Anoche soñé con la destrucción. Los bárbaros regresaban y el mundo se detenía. El hambre, la guerra, la xenofóbia, el racismo, el fusilamiento del pensamiento y los pensadores, las tumbas colectivas, los ramos de flores anónimos, las lecturas a solas... Al despertar comprendí que fue una pesadilla, pero, confrontado con el mundo del Siglo XXI, son ya pocos los que no creen que la realidad actual se tiña de barbarie, de esa barbarie que, como escribió también Eco, permite que "a los que carecen de una identidad social cualquiera, (...) les dice que su único privilegio es el más vulgar de todos: haber nacido en el mismo país. Es este el origen del «nacionalismo». Además, los únicos que pueden ofrecer una identidad a la nación son los enemigos".

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