domingo 25/10/20

Noticias de la Unión Soviética

He leído con la atención que se merece el artículo “Sin noticias de la Unión Soviética”, de José Luis Ibañez Salas, con ocasión de los 25 años de su desaparición como nación de naciones, como imperio o como quieran los hombres o los dioses denominarla. Lo cierto es que la Unión Soviética, desde una perspectiva actual, debería haber dejado de encabezar noticias desde los dos o tres días posteriores al 6 de noviembre de 1917. Me refiero como experimento político. Tal vez la tragedia el siglo de los extremos alargara durante demasiado tiempo la fascinación de parte de la clase obrera por la Revolución Rusa. Ciertamente el País de los Soviets no fue ni a años luz un lugar cómodo para la misma, pero lo mismo se podía decir de los países capitalistas de la época.  La explotación fue inherente a los dos supuestos modelos sociales antagónicos y si en algún momento Occidente optó por humanizar las relaciones laborales y económicas, algo tuvo que ver el terror que producía el fantasma del comunismo a las clases propietarias. No obstante, resulta erróneo en mi opinión fundir en una misma clase de maldad el comunismo y el nazismo alemán. Es un recurso fácil hacerlo, tanto Hitler como Stalin fueron dos asesinos monumentales. También resulta cómodo equipararlos por los resultados, ambas ingenierías sociales fueron de una terrible crueldad. Pero el credo de uno y otro no son comparables, a no ser que queramos incluir en el mismo paquete al cristianismo o a ciertas manifestaciones extremas del colonialismo y del imperialismo en las que anduvieron implicadas las democracias liberales.

Dicho lo dicho, y en contrario de lo opinado por José Luis Ibañez Salas, yo tuve noticias, y sigo teniéndolas, de la Unión Soviética después del espectáculo televisado, radiado y escrito de su desaparición. Y es incluso posible que él mismo también las haya tenido si hacemos caso a su referencia a un escritor de culto como es Vasili Grossman, del que cita Vida y destino y no, por ejemplo, Por una causa justa. Se podría mencionar también la terrible Todo fluye o su artículo sobre Treblinka que Antony Beevor incluyó en Un escritor en guerra: Vasili Grossman en el Ejército Rojo: 1941-1945, libro este último que me lo descubrió como uno de los grandes escritores rusos del Siglo XX. Del Infierno de Treblinka nunca podré dejar de recitar el siguiente fragmento:

“El espíritu de economía, la exactitud, el cálculo, la pulcritud pedantesca, son todos ellos rasgos plausibles que poseen muchos alemanes. Aplicados a la agricultura o a la industria, dan sus frutos. El hitlerismo aplicó estos rasgos al crimen contra la humanidad y los SS del Reich procedieron en el campo de concentración polaco exactamente como si se tratara del cultivo de coliflores o de patatas”.

Realmente, desde los primeros años de la Revolución se tuvo noticias de la Unión Soviética. Tanto de  sus intelectuales, artistas y escritores que se equivocaron apoyando tan terrible experimento como de los que no lo hicieron y malvivieron o murieron asesinados por el stalinismo y sus ramificaciones posteriores. Hablo de Bulgakov y su Caballería Blanca, EL maestro y Margarita o Morfina, de La patria de la electricidad y otros relatos de Platónov, de Bábel, de Solzhenitsyn, de Pasternak,  del sin duda oportunista Ehrenburg. O de Sholojov y El Don apacible traducido majestuosamente por Laín Entralgo, entre otros.

A la Unión Soviética, a la grandeza de un pueblo milenariamente oprimido, se puede llegar de infinitas maneras. No solo mediante la acumulación de grandilocuencias o condenas que abrillantan un artículo para solaz de las generaciones educadas en el neoliberalismo del Siglo XXI. Por llegar, he llegado a tan vasto territorio, al tiempo que visitaba también la Albania de Enver Hoxha,  de la mano de Ismail Kadaré y El ocaso de los dioses de la estepa. Y por supuesto que no me arrepiento de haber tenido noticias de la Unión Soviética antes, durante y después de su caída, porque, como escribiera Grossman “Rusia había visto muchas cosas en mil años de historia. Durante los años soviéticos el país había sido testigo de victorias militares mundiales, enormes construcciones, ciudades nuevas, presas que detenían el curso del Dniéper y el Volga y canales que unían los mares, la potencia de los tractores, de los rascacielos... La única cosa que Rusia no había visto en mil años era la libertad”.

Tal vez por eso un pueblo lo intentó y se equivocó, pero tampoco es menos cierto que por debajo de ese terrible régimen carcelario que abarcaba veintidós millones de kilómetros cuadrados había grandeza. Leyendo Vida y destino se sufre el profundo silencio de tan vastos espacios, el susurro obligado en las conversaciones de decenas de millones de personas pero también su libertad interior y profunda honestidad. La grandeza de los pueblos no suelen tener mucha relación con la mezquindad de sus dirigencias, pero esta cualidad no es propia de las dictaduras, también lo es de las grandes democracias habidas y por haber. Tal vez frente al cartelismo propagandístico soviético habría que presentar el cuadro Los sirgadores del Volga de Ilya Repin, al menos para saber que era aquello que hizo que un pueblo pudiera caer en aquel terrible y sangriento error llamado Unión Soviética: ser tratado como animal de carga.

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