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viernes. 07.10.2022

Nacionalismos

siglo XX

El nacionalismo tiene ese extraño poder de resucitar en el regazo de la intolerancia, de retroceder a cámara rápida desde las metrópolis a los árboles aislados en el bosque

Estamos como si voláramos pero no pudiéramos. Hay algo ahí abajo, a ras de suelo, que nos lo impide. Miramos y no vemos nada, tocamos con la mano el suelo, los zapatos, la hierba alrededor y nada. Hay gente que dice que estamos bien asentados, sobre pilares firmes, sobre un sustrato de roca dura como el pedernal, y que la seguridad que nos da el no poder volar es un bendición, no sabemos si terrenal o celestial, pero bendición al fin. Estamos rodeados de gente ilustrada que teoriza sobre muchos y luminosos mundos (ya lo escribió Eluard) y otra no tanta que usa el hormigón armado para que los anclajes a la realidad sean seguros. Entre ambas estamos las tribus que erramos entre las dunas. Somos muchas tribus, vestimos ropajes distintos, comemos de manera desigual pero nunca olvidamos recitar una plegaria religiosa o profana por Julen o por cualquier drama que nos conmueva (y en este mundo los hay muchos y terribles).

En definitiva, todo se reduce a querer un mundo mejor sin saber como conseguirlo. Posiblemente este sea el dilema de todos los tiempos: cómo ser mejores sin obligar a los otros a serlo a nuestra manera. Por lo menos el dilema de los que llegan a preguntárselo porque por el árbol de la historia se han descolgado verdaderas bestias inhumanas. El Siglo XX es ejemplo de esas fisonomías humanas, muy semejantes a las nuestras, que llevaron el terror y la muerte a toda la tierra. Fumando a pipa, pintando a acuarela en una plaza, mirando a Dios desde el agujero más recóndito del Universo o concluyendo que los ratones de campo son más puros que los de ciudad.

Parece que es el momento de la recuperación de los símbolos arrumbados en el trastero de la memoria. Por algún motivo extraño alguno de ellos cotizan al alza en el mercado electoral. El peligro que entraña jugar con ellos no parece motivo suficiente para el retraimiento. Desde la Ilustración, y antes, sabemos que hay artilugios que entrañan oscurantismo y dominación, que sobre ellos hay que enfocar un haz de luz para contemplarlos en su absoluta contrariedad y desecharlos sin más. El nacionalismo es uno de esos artilugios terribles de los que deberíamos deshacernos. El propio y el ajeno, porque utilizando lo bueno que nos legó el cristianismo, que nunca fue ni será su concepto de la carne, siempre vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Y tendentes como somos a enloquecer cuando el miedo entorpece la razón, nos recreamos en los lienzos más apocalípticos de Goya y nos vemos como cruzados, cuando en realidad no somos más que gente hundida en el fango que espanta el temor a garrotazo limpio.

El nacionalismo tiene ese extraño poder de resucitar en el regazo de la intolerancia, de retroceder a cámara rápida desde las metrópolis a los árboles aislados en el bosque. Tiene la magia de extraer lo peor de nosotros mismos y de convertir las medianías en caudillos irredentos y, sobre todo, en convencernos que la mejor forma de amarnos es formar rebaños, prietos y firmes, camino del matadero. No voy a mencionar aquí, o sí, la frase de Samuel Johnson que pronuncia Kirk Douglas en la mítica Senderos de Gloria: “el patriotismo es el último refugio de los cobardes” (al final ha sido que sí).

Parece que la vacuna testada contra el nacionalismo es más nacionalismo, que frente a una trinchera nacionalista no hay mejor receta que otra trinchera nacionalista, que entre ambas hay una zona muerta por la que vaga la clientela desairada del mercado electoral, buscando certezas eternas entre los nubarrones que ocultan el futuro. Es esa zona muerta que normalmente se utiliza como matadero y que a veces llena urnas. En eso estamos. Frente a tantas luces negras, solo queda la esperanza de un patriotismo universal o, incluso, ese otro patriotismo del que están dando ejemplo tantas y tantas personas que trabajan contrarreloj para rescatar a Julen en Totolán. Porque si el nacionalismo saca lo peor de cada uno de nosotros, la solidaridad actúa en sentido contrario, pero esta parece cotizar a la baja en este país y en este momento.

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