sábado 24/10/20

Ocho de Marzo

Ocho de Marzo. Hay mujeres que sobrevuelan las ciudades sin que notemos su presencia. Otras nos susurran al oído que somos polvo en las moquetas de los palacios. Aquella otra nos señala la perversión del lenguaje o la enorme vastedad de nuestra ignorancia.  Quizá el Siglo XXI sea el último de la desigualdad, o tal vez nos equivoquemos y tengamos que dejar primero el capitalismo para hablar de las cosas que realmente nos importan. Y mientras tanto hay mujeres que sobrevuelan  las ciudades y contemplan la plasticidad y el color de sus azoteas. Las antenas, la colada tendida, el viento agitando las sábanas, el palomar, la anciana tomando la luz de la luna mientras recuerda el pasado, la guerra, el frío y el hollín de los años muertos, la subordinación en una sociedad libre rendida por las armas.

Ocho de Marzo. Llevamos velas a la tumba de ese dios que manda obediencia. Leemos el Nuevo Testamento con gafas violetas: El otro, el del pantocrátor, lo arrojamos a la hoguera. El papel se consume entre los sarmientos, las palabras de la intolerancia arden entre blasfemias, se hacen nada después de tantos siglos de forrar de ideología transcendente todas las cadenas que hemos arrastrado sin descanso. Por la mañana, cuando los rescoldos del fuego templan el azul del cielo, apartamos los tizones y dibujamos en nuestros rostros los símbolos de la insumisión. Ya nunca seremos esclavas. Y nuestro grito suena extraño en el mundo, como el caudal de un torrente subterráneo abriéndose paso en la tierra antes de reventar y anegar con una lluvia violeta toda la raigambre del patriarcado.

Ocho de Marzo. Los días se mueven a embestidas. Y aquella niña que se escondía en el brazal en primavera para leer un libro alquilado a real, o que se subía a la higuera para contemplar desde lo alto el horizonte mientras recitaba un poema o el extracto de una súplica por una vida distinta,  empuja también para mover el mundo despojándolo de sus idolatrías y del cristal que divide y clasifica a las personas, marginando a unas, subiendo a las altares a otras. Ese mundo que afirma que el espejo del patriarcado refleja fielmente la realidad sin preguntarse qué artesano lo construyó, con qué materiales y a quién condenó a no poder ver dibujada su inmensa belleza bajo la cuajada de estrellas.

Esa niña que ahora es anciana, o que se marchó con el viento del tiempo…

Hay sueños encadenados que cada Ocho de Marzo son un poco más libres en las plazas del mundo. Y mujeres que sobrevuelan las ciudades, los desiertos, los campos y los océanos, que se reúnen en las nubes y hablan de lo humano, que lo divino y sus mentores ardieron en la hoguera de sarmientos y ya poco se puede decir, y deciden que unidas el patriarcado empequeñece, y que sus discípulos se convierten en ridículas marionetas, y sus rezos tornan sordos y ya solo mueven de sus tumbas a obscenos dictadores de los terrenal y de los celestial.

Y buscando en el dial Rock FM siempre nos tropezamos con el rosario de Radio María, también un Ocho de Marzo. Y entonces pulsamos de nuevo el dial y la voz potente de Janis Joplin irrumpe en la cabina del coche, y al fondo, en las lejanas montañas, la tormenta ilumina sus cumbres. Mi hija me mira y dice: nos estamos haciendo grandes, nos estamos haciendo libres. Asiento con la cabeza mientras observo las orlas violetas de las nubes adueñándose del mundo.

Ocho de Marzo