sábado 29/1/22

La última tempestad

25N Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer


Volvió sobre sus pasos. Contempló los restos de la última batalla. Las había perdido todas y ahora no encontraba un lugar donde agarrarse cuando llegara la próxima tempestad

Recogió las fotografías esparcidas por el suelo, los cristales de la copa que aquel extraño había hecho añicos sobre el aparador, la camisa desgarrada, secó con una servilleta de papel el suelo encharcado de güisqui, las lágrimas derramadas a lo largo de los años, pero sobre todo se arrodilló buscando su alma pisoteada, pateada y arrinconada en cualquier esquina. La buscó desde el amanecer, removió las sábanas y las mantas, arrojó la almohada al suelo, rasgó el colchón pero allí no estaba. Nunca hubo calor en aquel sitio: ¿para qué esconderse allí? Luego, vació todas las botellas en el fregadero. El olor a alcohol impregnó durante días la cocina. Pero en el fondo de las botellas vacías, tampoco estaba su alma.

“¿Y en la habitación de los niños?”, pensó.

Entró en la habitación de Jaime. Se recostó en la cama. Miró los pósteres de la pared. Nirvana, una rosa blanca en un vaso con agua, las llaves sobre el escritorio, la fotografía de Ana apoyada en los libros, novelas, poesía, El Grito en la carpeta, Neruda… En la habitación de Jaime se podría haber cobijado su alma. Era un lugar de paz. El único sitio que respetaba aquel energúmeno con el que se había casado veinte años atrás. Pero su alma no podía estar allí contemplando a Jaime mientras dormía. Le producía terror que su marido supiera que aquel pudiera ser su rincón de paz, el único lugar de la casa a donde los gritos y los puños no habían llegado nunca. “¿Que no me vea aquí”, pensó. Y salió corriendo de la habitación. Huyó no por ella, sino por Jaime, ese adolescente que se encerraba en el cuarto de baño cada vez que su padre regresaba borracho a casa, y con el que no quería ir ya los domingos al fútbol ni bajar a patear el balón en la plaza del barrio. Si aquel energúmeno se enteraba de que su alma se reconfortaba en la habitación de Jaime, que no sentía ese dolor en el pecho cada vez se sentaba en la silla de su hijo, que cuando leía los poemas de Neruda su boca esbozaba una amplia sonrisa, no la dejaría volver a pisarla, la echaría a patadas a ella y a su alma, el único sitio donde ambas solían coincidir en contadas ocasiones.

Luego estaba la otra habitación, la de María. Pero de ninguna manera podía su alma encontrar allí sosiego. Aquella habitación era la más terrible de la casa. Por allí solía merodear la bestia. Al principio del matrimonio y después, cuando María cumplió los once años. Aquella habitación parecía siempre estar en tinieblas a pesar de que era muy luminosa. Daba a un jardín de jacarandas. En primavera parecía un mar violeta y los ruiseñores cantaban al amanecer. María tenía quince años, unos ojos verdes profundos y tristes y unos deseos irrefrenables de huir y llevársela con ella. Pero siempre la detuvo. ¿Dónde iban a ir?, ¿a quién se lo contarían?, ¿quiénes las creerían? Nadie. Los perversos suelen ser hermosos por fuera, encantadores, siempre con una sonrisa en la boca. Solo actúan cuando se encuentran a solas con la víctima. Entonces, ya no hay escapatoria. Ver la puerta cerrada, la luz filtrándose por la rendija del suelo, un lejano “mamá, mamá”. Y más cerca, a escasos centímetros de tu oído, los reproches a media voz, luego los gritos y los golpes sordos, para que luego los vecinos no digan que qué escandalosos.

Y finalmente quedaba la cocina y los cuartos de baño. Pero allí tampoco había vida. En los cuartos de baño alguna vez la hubo. Hasta que aquel energúmeno reventó por fuera los cerrojos y se negó a reponerlos. No encontraría su alma en ninguno de aquellos lugares. Más que otra cosa eran velatorios con cirios. Ella sola contemplando su pálido rostro detrás de un cristal reluciente rodeado de crisantemos y música fúnebre.

Volvió sobre sus pasos. Contempló los restos de la última batalla. Las había perdido todas y ahora no encontraba un lugar donde agarrarse cuando llegara la próxima tempestad. Rompió las fotos que había recogido del suelo, luego las cartas de su noviazgo. Se vistió en un suspiro y salió a toda prisa al instituto. Cruzó el jardín de jacarandas. El cielo era de color violeta y los ruiseñores cantaban al mediodía. Sonrió a todo aquel con el que se cruzaba. Su rostro se doró con el sol, sus cabellos se soltaron al viento. Parecía que su alma había vuelto a su cuerpo y ahora ambas sabían su destino, el mismo para ellas y para sus hijos.

Jaime y María esperaban en la puerta del instituto. La vieron llegar. La vieron hermosa, la vieron con una cabellera negra ondulada por el viento.

–No volvemos a casa, hijos. El diablo vive en ella.

No dijeron nada, pero aquel día un compañero de clase de María, que la vio entrar en el cuartel de la policía del barrio, se enamoró de sus ojos verdes profundos y alegres.

La última tempestad