Hablamos de Cifuentes, hablamos de la marmórea piel que envuelve las mentiras, hablamos de los cuentos del poder y de la lucha de la gente humilde que se niega a que su barrio sea un gueto

Vivimos en un lugar de espejismos. Los vemos por todos lados, sobre todo cuando la soga aprieta y apenas sostenemos la vida con la punta de los zapatos. O cuando caminamos por un desierto plano, sin tan siquiera el movimiento de las olas de arena. El sol arriba, duro, compacto, eterno...  Vivimos los espejismos de las victorias y de las derrotas, del sufrimiento y de la resistencia. Y es verdad que sonreímos con ellos, con sus promesas escritas en el éter, con la esperanza de ser unos supervivientes en mitad de la nada.

Hablamos de Cifuentes, hablamos de la marmórea piel que envuelve las mentiras. Y hablamos de López Miras, de Berlín 1933, de Cartagena 1992 y, nunca la olvidaremos, de Paz Vega.

Somos viento que sobrecoge el alma de los espejismos. Y cuando la lluvia moja la superficie de un futuro que deseamos y deshace las palabras de los TFM (el siglo de las siglas, recordad a Dámaso Alonso) ya no nos queda nada, solo la ausencia, solo la melancolía. Espejismo arrastrados por el vendaval, zarandeados, convertidos en tristes corazones pisoteados por el escepticismo de la muchedumbre. ¿Qué tal mirar para otro lado, hacer visera con la palma de la mano para protegermos de la gran explosión que convirtió el sueño en materia?.

Hablamos de Cifuentes, hablamos de la marmórea piel que envuelve las mentiras, hablamos de los cuentos del poder y de la lucha de la gente humilde que se niega a que su barrio sea un gueto. Y hablamos de López Miras, de Berlín 1933, de Cartagena 1992 y, nunca la olvidaremos, de Paz Vega. También hablamos de la no violencia y de la ley que amordaza.

Una noche. El fuego destruye el Reichstag. Fue en 1933. Todavía olemos la soberanía popular convertida en ceniza, y la caza del otro, y el comienzo de la matanza. Los espejismos, los reversos de su irrealidad, ese tormenta soñada que se hace madera astillada, palmeras tumbadas, la calma del mar antes del maremoto, "por qué tres mujeres jóvenes con una carrera por delante se arriesgaron a cometer un delito en un tema que no las concernía solo porque así se lo pidió su maestro" (El País).

Su maestro, Enrique Álvarez Conde.

Hablamos de Cifuentes, hablamos de la marmórea piel que envuelve las mentiras, hablamos de los cuentos del poder y de la lucha de la gente humilde que se niega que su barrio sea un gueto. Y hablamos de López Miras, de Berlín 1933, de Cartagena 1992 y, nunca la olvidaremos, de Paz Vega. También hablamos de la no violencia y de la ley que amordaza. Y no podemos olvidar la valentía que a de presidir nuestros actos, esa verdad que arrecia como espejismo de lo ideal por las tierras de España antes de fenecer como un espantajo ante la desolación de nuestra mirada.

Vivimos en una telaraña cada vez más tupida y pegajosa. Y callamos para no hundir nuestro futuro, para proteger nuestro presente por humilde que este sea. Y en derredor, los espejismos que confundimos con la realidad. Un escenario de cartón piedra, un archipiélago de mentiras separadas por un mar turquesa, el aullido de los depredadores que nos silencian con sus crueldad. La seguridad en el horizonte, un cubo de cemento girando sobre nuestras cabezas. Arriba, imprevisible, nuestras palabras y nuestros actos.

Hablamos de Cifuentes, hablamos de la marmórea piel que envuelve las mentiras, hablamos de los cuentos del poder y de la lucha de la gente humilde que se niega a que su barrio sea un gueto. Y hablamos de López Miras, de Berlín 1933, de Cartagena 1992 y, nunca la olvidaremos, de Paz Vega. También hablamos de la no violencia y de la ley que amordaza. Y no podemos olvidar la valentía que a de presidir nuestros actos, esa verdad que arrecia como espejismo de lo ideal por las tierras de España antes de fenecer como un espantajo ante la desolación de nuestra mirada. Hablamos de la herida abierta, sangrando en el tejido social, destruyendo nuestras certezas con sus mentiras. La universidad pública, el hijo del obrero, el esfuerzo personal y la recompensa.

Una sociedad que ya no se identifica con los espejismos proyectados por el poder se torna quebradiza, débil. Lleva en su interior dinamita a punto de estallar. La mentira es inútil porque no es creíble. Baja el río tumultuoso, baja con el aluvión desbordando y fructificando en nuevos espejismos en horizonte, del color de la flor de la lavanda y del caramelo de los crepúsculos del desierto.

Las puertas del desierto, las que alguna vez deberemos cruzar para entrar en el lecho de la floresta.

Hablamos de Cifuentes, del Reichstag 1933, de Cartagena 1992, del fuego que purifica el pasado destruyendo el rastro del pecado. Hablamos del gobierno de los mediocres y, por supuesto, de la muerte que nos acecha a cada instante, en cada lugar. La muerte de la verdad y el imperio de los espejismos: España 2018.