Vuelven los populistas. Los miembros del Tribunal Supremo ya los otean Carrera de San Jerónimo arriba 

Vuelve el populismo. Las togas del Tribunal Supremo ya lo otean Carrera de San Jerónimo abajo. Las banderas flamean al viento. Comienza a hacer frío, el gélido frío que anuncia las manifestaciones a las puertas de los poderes del Estado. Tal vez también vuelvan las banderas a las calles, a engalanar ventanas y balcones. Vivimos en un país que siempre busca al enemigo interior en las reacciones frente a las injusticias. El mago saca un conejo de la chistera, secciona un cuerpo, lo separa. Algún espectador sube al escenario y confirma que el serrucho tiene filo, que las piernas están a un lado, y la cabeza al otro, que entre ambas extremidades no hay nada, solo aire. La gente aplaude aunque sabe que solo son trucos visuales. El Tribunal Supremo emite tres sentencias que son como conejos blancos, con orejas alargadas y ojos bondadosos. Los saca de la chistera de la Sala de lo Contencioso-administrativo y los conejos nos miran y nosotros sonreímos (después de tanto sufrimiento social, los conejos son bienvenidos, en realidad cualquier cosa es bienvenida siempre que sea un guiño a los derechos de la ciudadanía). Aplaudimos, nos abrazamos, nos damos la enhorabuena. El Tribunal Supremo no se dedica a la magia, sus miembros tienen los ojos cansados de tanto estudiar, algunos están gordos, aunque también los hay que hacen deporte, corren al amanecer o al anochecer, se preocupan por sus vecinos, se ufanan de ser independientes e incluso tienen la extraña costumbre de crear grupos de chat en el WhatsApp. Nosotros los admiramos: diseccionan la ley, leen entre líneas, utilizan numerosos métodos de interpretación de los textos legales. Encima han estudiado mucho. Se encerraron en casa durante tres o cuatro años para estudiar el temario de juez, seguramente visitaban a la persona con la que querían compartir el resto de sus vidas los domingos de seis a ocho, tomaban mucho café y miraban de reojo a los amigos que se iban de fiesta los viernes y los sábados por la noche. Gente seria, decente, ilustrada, que siempre se acuerda de Montequieu, cuando les va las cosas bien y sobre todo cuando les va mal. ¿Cómo no se puede pensar que los conejos que sacaron de la chistera estaban sanos, diseñados con ingentes lecturas y la duda metódica? Tres conejos blancos que no llevaban grapados en la oreja la etiqueta del poder económico, tres conejos blancos con el mejor derecho en la sangre, con los ojos azulados y una mirada que te derrite.

Por fin se hace justicia, pensamos. Los miembros del Tribunal Supremo saben lo que se llevan entre manos. El hipotecado no tiene que pagar el Impuesto de Actos Jurídicos Documentados, tiene que hacerlo el banco. La mujer sostiene la balanza: un conejo en un platillo, otro en el otro. El tercero juguetea con la venda que cubre sus ojos. Tres sentencias, tres conejos. ¿Qué podemos temer? Hacemos los números, nos frotamos las manos. ¡Qué hermoso escenario! Mil, dos mil, dos mil quinientos euros que vuelven a casa por Navidad. ¡Qué grande es la vida!

Entonces nos dicen que son tres conejos blancos aislados, que en las conejeras los hay negros y son muchos más, que los blancos son una ilusión óptica, cosa de magos populistas (ahora los hay muchos y envalentonados), que esto se arregla como hacían las abuelas los domingos por la mañana: una zapatilla y un golpe seco detrás de las orejas del conejo. Y si alguien protesta es porque es populista, y si alguien duda de que se trate de un truco de mago es porque es populista, y si alguien se manifiesta el sábado es porque es populista, y si alguien habla de desvergüenza, de lucha de clases, de los de arriba y los de abajo es porque es populista, y si alguien afirma que "poderoso caballero es don dinero" es porque además de ser populista ha leído a Quevedo.

Vuelven los populistas. Los miembros del Tribunal Supremo ya los otean Carrera de San Jerónimo arriba. Seguro que no llevarán banderas, esas mismas que cuelgan de las fachadas de la sede del Alto Tribunal junto a tres conejos desollados un martes por la noche ante la mirada de un país estupefacto, tanto que pasarán varios días hasta que se vuelva a hablar de Cataluña.