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martes. 31.01.2023

El Estado del Bienestar, una vez más

Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial y la  reconstrucción de una Europa destruida, el proyecto de una Europa Unida se ha asociado a ideas de libertad, paz, convivencia, pluralidad cultural e identitaria, democracia, progreso científico y desarrollo económico y social. En este último campo la idea de Europa a quedado indisolublemente unida al Estado del Bienestar (en adelante EB).

Este último, de forma general, se ha identificado como un conjunto de políticas articuladas en grandes servicios públicos de carácter universal, garantía de la igualdad en el punto de partida e intensa redistribución de la riqueza. Ha sido común asignar la paternidad y defensa del EB a la Socialdemocracia y al Socialcristianismo luterano europeos. Ese criterio pudo ser correcto durante el extenso período de crecimiento económico experimentado durante  medio siglo en que se creó y expandió el proyecto de la Unión Europea, sorteando las diferentes crisis periódicas del capitalismo.

Sin embargo, la primera gran crisis del capitalismo monopolista globalizado puso de manifiesto la deserción de la Democracia Cristiana alemana y del conjunto de la derecha europea, a través de las políticas  impuestas desde los centros políticos y económicos de poder en la UE, con un ataque directo al EB y la recomposición y crecimiento de la apropiación de excedente y acumulación capitalista.

La prédica de la derecha acerca de la insostenibilidad del EB, a partir de sus  recortes y  de la privatización progresiva de los grandes servicios públicos, en dirección convergente con la crítica de la democracia representativa actual –por parte de aliados insospechados– han logrado que la derecha siga en el poder en la UE, deconstruyendo el EB.

El Brexit con su inocultable defensa y exaltación de los intereses del capital financiero –legales o paradisíaco fiscales – y la decisión del Presidente Trump de desmantelar ese modesto proyecto de sanidad pública– Obamacare – así como su respaldo a todas las fuerzas centrífugas en la UE, son prueba eficiente de que el EB no sólo es un estorbo para los intereses estratégicos del capitalismo sino su principal adversario. Y que EB y UE son términos indisolubles de un mismo proyecto, por lo que conviene no olvidar esa dimensión a nivel geopolítico y estratégico internacional.

Así las cosas, la paternidad y su ejercicio han recaído en  manos de la Socialdemocracia  europea. Es generalizada la llamada a reconstruir el EB que se cree compatible con el sistema social de producción y acumulación capitalista poniendo de ejemplo la fructífera convivencia de tantos años. Sin embargo, partiendo de esas premisas, la tarea excede los límites de la mera recomposición del EB, lo que exige formular nuevas propuestas para seguir avanzando en la construcción de una sociedad más igualitaria y democrática, que garantice el ejercicio de derechos y libertades individuales y colectivos.

El actual modo social de producción basado en la dictadura del mercado tiende, de forma expontánea, hacia la insostenibilidad, la desigualdad y la apropiación y acumulación privadas.

¿Tiene sentido plantearse el “progreso económico” sin  progreso social? Parece que la respuesta negativa es la procedente, basta echar una mirada por ahí.

Esta última crisis del capitalismo nos recuerda, una vez más, que el sistema de consumo, apropiación y acumulación individual está en la base de sus crisis periódicas.

El tradicional modelo del Estado del Bienestar, colocando a los grandes servicios públicos universales en la esfera de la producción y consumo sociales, modera la dinámica económica capitalista, crea condiciones de equilibrio y cohesión social y, también, favorece el “progreso económico” y facilita la salida de las situaciones de crisis con mayor grado de justicia.

Para avanzar hacia una sociedad cohesionada alrededor de valores de solidaridad, a la luz de la experiencia, se hace necesario que el espacio social a través de la oferta y consumo o disfrute de bienes y servicios de forma “colectiva” vaya adquiriendo primacía frente a la producción y consumo individual de bienes y servicios.

En términos sencillos: que el Estado de Bienestar supere, al menos,  el 50% de la economía. Sí, que la acumulación de capital “social” sea mayor que la privada. Y no hay por qué temer a la inadecuación de la oferta a la demanda en el área social de la economía, el mercado es previo al capitalismo y lo sobrevivirá, los instrumentos están disponibles.

Es evidente la exigencia de una profunda reforma que permita acceder a  niveles de presión fiscal  (en España apenas alcanzamos el 35% en los mejores momentos) que refuerce la estructura de provisión pública y universal de bienes y servicios, claramente redistribuidores, al tiempo que se incorporen nuevos sectores, como la I+D+i y la sostenibilidad medioambiental en el nuevo Estado del Bienestar.

Fiscalidad que vuelva a poner  acento en las ganancias del capital, a la vez que permita un control del capital financiero introduciendo formas de gestión que garanticen la transparencia, eviten las aventuras especulativas, hagan efectiva la participación de accionistas e impositores y sean sometidos a rigurosas formas de control estatal para que cumpla el papel de aportar financiación a la economía real y participar equitativamente en el sostenimiento fiscal del Estado.

Estado del Bienestar y Democracia política y económica participativa

La democracia representativa actual se ha mostrado incapaz, en general,  de enfrentar con éxito las condiciones generadas por la crisis reciente, lo que debe llevar a los socialistas a analizar y experimentar fórmulas de participación  que  doten de mayor eficacia al voto para la elección de los representantes políticos y acerquen más a los ciudadanos a las instancias de toma de decisión, gestión y control de las políticas públicas.

Con referencia al EB, la participación efectiva de usuarios y beneficiarios es la vía más eficaz para que la gran mayoría de la ciudadanía incorpore como propio, valore y defienda el papel de los servicios universales  para la vida colectiva y personal. Dejar la gestión y su control sólo en manos de los mecanismos burocráticos del Estado, aleja al ciudadano de la responsabilidad compartida que debe estar en la base de la relación oferta-demanda de los servicios públicos universales. Y permite distinguir con claridad su diferencia con las relaciones de intercambio en la esfera de la economía privada en que prima el individualismo mercantil: ciudadano con derechos frente a ciudadano cliente.

Pero el EB, en la nueva perspectiva, debe ir acompañado de cambios necesarios en el plano de las relaciones sociales de producción, para dotarlo de la fortaleza necesaria frente a los embates ideológicos, económicos y políticos del capitalismo.

La última revolución tecnológica  en curso, ha provocado cambios radicales en todas las esferas de la acción humana y particularmente en el campo de la economía. El fenómeno de globalización más allá del impacto en el comercio mundial y la relocalización de actividades productivas de bienes y servicios, ha modificado radicalmente la composición y formas de operación del capital financiero.

A nivel microeconómico esto a supuesto someter, por un lado, a las empresas a una permanente exposición a una competencia agresiva y la consiguiente adaptación a los nuevos requerimientos tecnológicos y organizativos para incrementar la productividad y mejorar su posición competitiva, mientras se observan cambios en la naturaleza de la composición orgánica del capital.

Estos dos fenómenos, complementarios, introducen factores objetivos que debieran ir acompañados de cambios en el papel y posición de los diferentes actores. La repetida, hasta el cansancio, exaltación del papel crucial del Capital Humano en la economía del conocimiento, otorga una nueva posición a los trabajadores y los empuja a asumir una responsabilidad personal y colectiva en el presente y futuro de la empresa. La sustitución del empresario-capitalista decimonónico por accionistas  no identificables, representados por brókers o intermediarios sin ninguna preocupación por la continuidad empresarial, más allá de su interés financiero, ha reemplazado al tradicional propietario-empresario por gestores asalariados.

En el capitalismo clásico la legitimación del monopolio de la “Dirección” en la toma de decisiones devenía de la propiedad del capital: identificación empresario-capitalista. Esa fuente de legitimación se ha desdibujado a tal punto que los gestores, “Fat Cats” , se han independizado totalmente de la supuesta dependencia del accionariado, subordinando los intereses de la empresa a los especulativo-financieros de la maraña de fondos de inversión, fondos de pensiones y otros engendros, como a sus propios intereses personales.

Si el Capital Humano se define como el principal capital de las empresas, no es difícil descubrir al propietario: los trabajadores. Se ha operado, pues, un cambio substancial en la mercancía Fuerza de Trabajo de la primera revolución industrial y el taylorismo, en que cada trabajador ocupaba un puesto definido y sólo se le exigía mayor o menor intensidad en su actividad, a la exigencia actual de estar alerta a los cambios tecnológicos y organizativos y hacer un esfuerzo permanente de actualización competencial que va más allá de su aplicación a su puesto de trabajo circunstancial, requiéndosele - además– que aporte sus ideas a la mejora integral de la empresa. Existe, así, una nueva fuente de legitimación, en este caso para la participación de los trabajadores en la toma de decisiones.

Como vemos, se ha operado un proceso de requilibrio de legitimidades

Se puede objetar que lo aquí expuesto no es aplicable a la PYME donde el empresario es además el “dueño” de la empresa. Ante esa objeción conviene analizar dos aspectos. Es verdad que los recursos propios de esas empresas, generalmente, son propiedad del empresario y/o de un puñado de accionistas reconocibles, pero si leyéramos con atención sus balances veríamos que el pasivo exigible (acreedores financieros y proveedores) se llevan la parte del león. Por otra parte, la segunda legitimación, la del Capital Humano, dada la limitación de ese tipo de empresas para contratar consultorías o mini-Gatos Gordos, adquiere mayor importancia.

Se trata ahora de que el sindicalismo oriente su estrategia pasando de una posición defensiva frente a las exigencias empresariales de “flexibilidad” interna y “devaluación” salarial, a una posición activa en pro de dotar a las empresas de capacidad de adaptación y anticipación a los cambios, mejora de la productividad y de su posición competitiva y aseguramiento de la sostenibilidad empresarial.

La contrapartida no puede ser otra que el avance en la creación de ámbitos de acceso a la información y participación en la toma de decisiones a todos los niveles, para ir haciendo realidad el principio de Codecisión.

Esta nueva legitimidad exige, para su ejercicio, que los trabajadores asuman de forma efectiva su nuevo papel. A los sindicatos les compete, a través de la propia pedagogía de la acción y la formación sindical, crear la conciencia de la responsabilidad personal en la vida laboral y profesional, identificar el interés de cada trabajador con la suerte de la empresa y de cada uno de sus componentes. Sólo asumiendo responsabilidades compartidas se legitimarán las pretensiones de participación en la toma de decisiones y revisión de las pautas retributivas.

Por último, la ampliación del Estado de Bienestar debería ir acompañada de una política  sostenida de promoción de figuras empresariales de trabajo asociado , para avanzar en el papel de los ciudadanos en la esfera productiva a través de formas comunitarias y colaborativas que vayan superando los códigos individualistas de relación.

En la perspectiva de la evolución de la actual revolución tecnológica y el nuevo tipo de formación social  a la que vamos, la democracia política y social no será plena sin el complemento de la democracia económica. Las economías avanzadas de hoy no tienen asegurado un papel claro en la economía mundial de mañana.

 La lucha política por la construcción y desarrollo del Estado del Bienestar y la profundización de la democracia política, conjuntamente con la lucha de los trabajadores organizados por la democratización de las empresas y la redistribución del excedente, deben seguir siendo la brújula de los socialistas democráticos. No creo que debamos recrear la socialdemocracia para refundar el capitalismo, ni dar el salto mortal para su liquidación instantánea, en todo caso, al menos, lograremos avanzar en el camino de su transformación.

El Estado del Bienestar, una vez más