domingo 16/1/22

La piel de Madrid

Lo que urge en estas fechas es poner al frente del Ayuntamiento a una persona amante de lo público, honrada y sensata.

Madrid parece una ciudad diseñada por un loco y gobernada por bandoleros. Ni lo uno ni lo otro son fenómenos casuales, pero dejemos eso por ahora. Lo que urge en estas fechas es poner remedio a esa situación colocando al frente del Consistorio a una persona amante de lo público, honrada y sensata, que acometa la ciclópea tarea de agilizar la gestión administrativa y acabar con sus zonas opacas, pero que también sea solidaria y defensora de los más débiles, porque en Madrid, capital del capital, hay mucha gente precisada de ayuda.

Sería preferible que fuera una persona que no habite en una de esas aisladas, climatizadas y vigiladas zonas residenciales de la periferia, que son reservas para ricos pijos y para enriquecidos horteras, sino que viva en Madrid y sienta -padezca- sus problemas como un vecino más. Una persona que conozca la ciudad y que la quiera conocer aún mejor, y no me refiero sólo a sus entrañas administrativas, a los entresijos de la burocracia, que indefectiblemente conocerá en cuanto aterrice en el cargo, sino la ciudad por la que transitan los ciudadanos, los automovilistas, los peatones; la piel de la ciudad.

Una persona que prescinda de la escolta y del coche oficial, de los que tanto han abusado nuestros últimos munícipes, que eche pie a tierra y camine por las calles de Madrid con ojos críticos, pues los simples paseos bastan para percibir el abandono, los desmanes y una desidia municipal de décadas. Madrid como ciudad ha sufrido el maltrato de sus ciudadanos, a los que no hay que perder de vista, pero sobre todo ha sido víctima del expolio a que la han sometido sus gobernantes.

El alcalde o alcaldesa de mi preferencia debería visitar, si no los conoce, los suburbios de la ciudad, porque es donde se han aplicado antes y con más rigor (con la policía y la excavadora) las medidas dictadas por el espíritu clasista y neoliberal del Consistorio. Arrabales en los que la ciudad pierde su nombre (con la venia de Francisco Candel) y se mezcla con la industria (cada día menos) y con el campo, donde la migración foránea y la marginación autóctona se unen en la misma pobreza; lugares donde el trazado urbano son simples sendas de polvo en verano y de barro en invierno, las viviendas son chabolas y el trabajo es la busca, en sentido barojiano, de residuos, cartones, botellas y chatarra o diversos mercadeos, que conforman una economía de supervivencia más que sumergida, pues la principal ocupación de cada jornada es sobrevivir un día más, y donde el metafórico día de mañana es sólo la fecha siguiente en el calendario que plantea el inmediato desafío de trampear como se pueda.

Ya no hay traperos como los que cantaba Serrat -Soc el drapaire…-, con el saco al hombro o con el carro desvencijado y el burro maltrecho, pero hay mucha gente que se busca la vida de forma parecida.

La visita debería continuar por las muchas barriadas de trabajadores, los barrios donde duerme la savia del capitalismo, de donde partían cada día, hasta que estalló la crisis, miles de vidas entregadas al trabajo por cuenta ajena y donde hoy miles de parados esperan empleo. En los barrios, abandonados y sucios, la crisis no ha terminado ni la recuperación se nota, pues el paro de sus vecinos persiste y se siguen cerrando tiendas y negocios pequeños, mientras en el corazón de la ciudad, como parte de grandes operaciones inmobiliarias, se prepara la construcción de varios centros comerciales de alto standing, a pesar de que Madrid es la capital europea que cuenta con más instalaciones de este tipo.

La visita mostrará al viandante que el centro de la ciudad se va despoblando de vecinos y es conquistado por las empresas; un fenómeno que ocurre en otras grandes ciudades nacionales y europeas (gentrificación). En la silenciosa disputa por el territorio entablada entre los especulativos fines privados, por un lado, y los objetivos públicos y las necesidades de los vecinos, por otro, el gobierno local y el autonómico han optado por apoyar los lucrativos fines de los grupos de presión, con lo cual el corazón de la ciudad se va transformando con prisas pero sin pausas en un parque temático del capitalismo comercial y financiero.

Favorecido por el centralismo congénito de la derecha gobernante (todo en la Puerta del Sol o en su cercanía), el centro histórico deviene en lugar para trabajar, para visitar, para consumir o para divertirse, pero no para vivir; ocupado durante el día por turistas, oficinistas y empleados del sector de los servicios y, cuando cae el sol, por trasnochadores, en las llamadas zonas de copas (y orines), que son un azote para los vecinos, y por la gente sin casa ni lecho, que duerme al raso o bajo un techo de cajas de cartón. Esos desdichados, que, según Ana Botella, dificultan las labores de limpieza, y que Esperanza Aguirre quiere expulsar de las calles, porque alejan a los turistas (la pela es la pela) y dan una mala imagen de la ciudad (pero sobre todo de quien la gobierna). Los soportales de la Plaza Mayor, los cajeros de las sucursales bancarias o los umbrales de los comercios de la Gran Vía alojando gente durmiente son ejemplos de la enorme diferencia de rentas emergida con la crisis y de la doble cara del centro de Madrid: de día hay bullicio y corre el dinero, y por la noche se asoma la miseria y por unas horas comparte las calles con los juerguistas.

Con la ciudad concebida como “oportunidad de negocio”, el paseo muestra la continua remodelación urbana y la superposición de planes urbanísticos (nunca rematados), que, impulsada por la especulación del suelo, ha configurado un urbanismo salvaje, en el que los intereses de los vecinos se han sacrificado al negocio de constructores y promotores inmobiliarios de turno, porque, al menos en España, cada régimen político tiene sus constructoras preferentes: en la dictadura eran Banús, Huarte, Agromán, Urbis, FOC o Ferrovial, y en la democracia neoliberal, los sucesores de aquellas (OHL, ACS, FCC, Reyal Urbis, Metrovacesa, Ferrovial, Martinsa), mostrando en uno y otro caso la ventajosa simbiosis de política y economía, de Estado y Mercado, de políticos y accionistas y la correspondencia entre donativos a los partidos y los contratos opacos y las adjudicaciones a dedo.

Modernizar ha sido entregar suelo público a los especuladores (y a la Iglesia), desproteger edificios históricos, erigir construcciones inútiles y reducir el parque público de viviendas, algunos cientos de ellas vendidos a fondos de inversión, llegados a España como buitres para quedarse con los despojos.

El paseo del o de la alcaldable por Madrid le ofrecerá el espectáculo de las calles sucias, sin barrer en semanas, el asfalto rajado y con hierba en las grietas, las aceras llenas de heces caninas y de orines humanos (la conducta de muchos madrileños dista de ser ejemplar), las papeleras rebosantes y los contenedores de vidrio y papel saturados, con los residuos depositados alrededor; las plazas son duras, como aparcamientos para peatones, mientras los parques, los jardines y las zonas verdes (¿verdes?) se desertizan y presentan un lamentable abandono. La flora descuidada y falta de riego, y las podas, cuando se hacen, son tardías; incluso un parque emblemático como el Retiro presenta un notorio abandono, con cientos de árboles que suponen un peligro para las personas. Todo ello da cuenta de los deficientes servicios prestados por las empresas privadas que se ocupan (?) de dichos menesteres y del escaso control del Consistorio sobre los adjudicatarios de las contratas.

En su paseo, el, o la alcaldable tropezará, como cada quisque, con los postes, que incluso son de madera, sosteniendo los cables de la compañía de luz o del teléfono, como si estos monopolios no hubieran tenido tiempo ni ganancias suficientes para haberlos enterrado hace años. Y si alza la vista y mide, percibirá a ojo de buen cubero que la altura de las farolas impide cumplir correctamente su función, pues iluminan las copas de los árboles y dificultan el sueño de los vecinos situados a la altura del tercer piso, pero mantienen las aceras en penumbra, con lo cual se entrega un dineral al monopolio eléctrico y a las calles les falta luz. Seguramente el negociante que vendió al concejal de turno las farolas más altas de Europa (o quizá del mundo, somos postineros), no pensó en iluminar las calles sino en el dinero que le iban a proporcionar las toneladas de farolas que trataba de encajar al consistorio. Otro tanto debió de hacer el que endosó al equipo de Álvarez del Manzano los horripilantes chirimbolos y los millones de bolardos que maltratan a los peatones a la altura de las rótulas y las espinillas o incluso más arriba (es un peligro para la raza española el erecto bolardo escrotal, que quizá haya influido en la baja tasa de natalidad). Y el mismo cálculo hizo quién vendió al cursi de Gallardón las dos tuneladoras (el órgano perforador crea la función perforante) y los cientos o miles de toneladas de granito que sirvieron para empedrar las aceras de muchas calles del centro “chic” y de la zona “pepera”, y sustituir el jardín que había frente a las Cortes por un promontorio de piedra, que para evitar que se convierta en un despeñadero de viandantes, ha sido rematado por unas jardineras de gusto abominable.  

Es posible que el o la alcaldable haya prolongado el paseo y en un momento dado, queriendo saber dónde está, haya mirado hacia la esquina de la calle buscando el rótulo con el nombre de la vía. Es fácil que su mirada se pierda en el vacío, porque en Madrid faltan cientos, quizá miles de placas con el nombre de las calles. Además de indicar que colocarlas en las fachadas de las casas es antiguo, apropiado para peatones pero poco útil para quienes se desplazan en coche. En cualquier caso, mejor es la placa que nada.

Del tráfico de vehículos más vale no hablar porque daría para varios libros. Basta señalar el caos circulatorio provocado por la orografía y la mala planificación a causa de la adición de barrios con urbanismo propio, que no conectan unos con otros, y a la conjunción de planificación burocrática (la hipercanalización y el centralismo), mediocridad, rutina administrativa y la correspondiente cuota de corrupción, en una ciudad enclavada en una meseta casi vacía, pero encogida en sus dimensiones (el Madrid de los ratones), donde las calles son estrechas y el sentido circulatorio no se revisa. Basta circular y mirar para darse cuenta de que más que costosas y faraónicas infraestructuras hacen falta intervenciones de detalle para mejorar la circulación en los barrios. Y también limitar el tráfico en zonas y días, y según modelos de vehículos, pues Madrid supera con mucho los límites de CO2 establecidos por la Unión Europea. El remedio Botella fue suprimir las estaciones de medición del centro y situarlas en la periferia. Por cierto, ¿qué fue de la patrulla verde?

Este pequeño paseo por la piel de Madrid tiene un riesgo: que el candidato o candidata a ocupar la alcaldía, a la vista de lo que tiene por delante, abandone su proyecto e incluso fije su residencia lejos de la capital.

La piel de Madrid